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Talleyrand. De camino a Brumario. I


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

“Bonaparte no era ni bueno ni violento, ni dulce ni cruel a la manera de las personas que conocemos. Aquel ser, imposible de comparar con nadie, no podía sentir ni despertar simpatía alguna”

(Madame de Staël)

Tras la carta recibida desde Italia, a la que ya hemos hecho referencia en textos anteriores, y las primeras conversaciones mantenidas entre ambos (Talleyrand y Napoleón) ulteriores misivas revelan que entre ellos nació una fuerte, aunque discreta, relación, que no hizo sino fortalecerse, en cuanto el general llegó a Paris, Y, sin embargo, desde el primer momento la relación nació viciada por la falsa idea de que el antiguo abbé se hizo del corso y, que creyó que el otro se hacía de él. Como lo superaba ampliamente en madurez, experiencia, cuna y conocimiento del mundo, ello iba a permitir a Charles-Maurice (o, al menos, eso pensaba él) guiar al soldado hacia su idea de una Francia renacida en la paz y dispuesta a perseguir su propia prosperidad, no en contra de las demás naciones, sino en armonía con ellas.

Bonaparte se presentó dando una imagen perfecta del modesto héroe republicano al que disgustaban las pompas y halagos, pero Talleyrand se dio cuenta de que no era así. Los miembros de l Directorio, peleados entre sí, lo temían porque sabían que el joven general era muy difícil de controlar y, delegaron la tarea en Barras, quien, a su vez, la delegó en Charles-Maurice. Tres días después de su primer encuentro cara a cara con el general, una mañana de diciembre de 1797 tuvo lugar l ceremonia de recibimiento del héroe en el palacio de Luxemburgo, sede del Directorio.

Talleyrand lo saludó llamándole “ciudadano Bonaparte” y considerándolo el hombre que era garantía de paz para la nación, tras lograr el armisticio firmado por él mismo con el Imperio de los Habsburgo, el ya citado Tratado de Campo Formio. “Con ello se había asegurado la admiración del pueblo francés y de la posteridad. Su victoria representaba la de todos los franceses”. Aquello gustó a los miembros del Directorio. El ministro prosiguió su discurso, cuidadosamente preparado el día anterior, porque no era bueno improvisando:

“Nadie puede dejar de ver su profundo desprecio por el esplendor, el lujo, la ostentación, esas patéticas ambiciones propias de las lamas ordinarias… lejos de temer su ambición, creo que algún día habrá que suplicarle que abandone las comodidades de su retiro de estudioso. Toda Francia será libre, quizá él no lo pueda ser nunca. El destino es así.”

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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