Talleyrand. Un pasaporte. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
La “familia de Juniper Hall estaba encantada con su nueva adquisición. Charles-Maurice era un entertainer nato y, su agudeza inagotable lo convirtió, una vez más, en el centro de aquella peculiar cotterie de revolucionarios ma non troppo, en la que predominaban las mujeres, siempre elegantes, bien maquilladas y pendientes de sus finos labios. También se dejó caer en el grupo la que sería novelista de éxito Fanny Burney, quien en un primer momento detestó al recién llegado, pero que no tardó en escribir sobre él:
“¡Increíble! Monsieur de Talleyrand me ha hecho suya. Ahora me parece uno de los miembros más distinguidos y encantadores de aquella compañía exquisita”.
Señal de que su capacidad de fascinar seguía funcionando si se le concedía suficiente margen de tiempo. Generoso, corrigió las pruebas de una novela semiautobiográfica que acababa de escribir la madre de su hijo, titulada Adèle de Sénanges, y logró que se publicara.
El libro tuvo bastante éxito y permitió a la autora percibir algún dinerillo que no le fue mal. También pasó por allí, “camino de Suiza, nada menos que la mismísima Mme de Staël, cuya amistad platónica con Charles-Maurice se había hecho más fuerte ante la traición de la madre de su hijo. De hecho, el principal motivo de su visita era vigilar a su amado Narbonne y, llevárselo consigo volens nolens a Suiza, algo que no logró de momento. Talleyrand empezó a escribir largas cartas a Ginebra explicándole su delicada situación y pidiéndole algún dinero (los Necker seguían siendo muy ricos) y parece que algo consiguió. Cuando Narbonne llegó finalmente a Suiza, su plaza en el corazón de Germain había sido tomada por un suizo regicida, el apuesto conde Ribbing, uno de los conspiradores que acabaron con la vida de Gustavo III, al que no tardará en suceder Benjamín Constant, que la aguantaría 15 años.
En Surrey Talleyrand se aficionó a la pesca y, pasaba largas horas junto a la caña meditando sobre sus aciertos y errores. El 23 de enero de 1793 la Convención votó la muerte del rey. Su ajusticiamiento conmocionó a todas las monarquías del continente y no hizo ningún favor a Talleyrand, al que se consideraba uno de los responsables. Los ingleses se volvieron contra todos los agentes franceses sin hacer distingos y los liberales de 1789 se quedaron sin palabras. Talleyrand era, probablemente, el más comprometido con la Revolución. Si Inglaterra buscaba un chivo expiatorio, no tenía otro mejor a mano.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.