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El resurgir económico barcelonés en el siglo XVIII


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

En el siglo XVIII se produjo un extraordinario desarrollo económico en Barcelona que fue evidente a medida que avanzaba dicha centuria, pero, sobre todo, que permitió sentar las bases para que en el siglo XIX se experimentara en la ciudad y en su entorno metropolitano, el nacimiento de la Revolución Industrial. Las primeras claves estarían en la integración de Barcelona en los circuitos del comercio internacional, después de su larga atonía en los siglos XVI y XVII, y por la importancia que se derivó de la exportación de aguardientes.

Durante el siglo XVIII, el comercio de Barcelona vivió un cambio fundamental. Ya en la Edad Media la ciudad había comerciado en el Atlántico, y con el descubrimiento de América hubo un cierto comercio indirecto a través de Sevilla, pero de una importancia relativa. Aunque desde el punto de vista institucional y jurídico la llegada de los Borbones supuso el fin de las estructuras políticas propias del Principado, en lo económico permitió la apertura al comercio con América. En 1745, la fragata Nuestra Señora de Montserrat sería la primera embarcación catalana en poder recalar en América. En el año 1756 se fundó la Real Compañía de Comercio de Barcelona, que obtuvo el monopolio comercial con Puerto Rico, Santo Domingo y la isla de Margarita. En 1764, la Junta Particular de Comercio obtuvo del rey Carlos III la autorización para poder comerciar directamente con el Caribe, después con Luisiana en 1765 y ya con toda América en el año 1778. Cataluña desarrolló una intensa relación comercial, especialmente con Cuba. Allí acudieron muchos catalanes, los que se terminaron por conocerse como los indianos, que regresaron muy ricos a Barcelona. A eso se unió la potenciación de los intercambios comerciales con el norte de Europa. Pero, además, gracias a la paz firmada entre España y el Imperio otomano en 1785, pudieron llegar mercancías que procedían de la China.

En relación con el comercio y el transporte interiores fundamental fue el hecho de que en 1763 se inaugurara el servicio que dos veces por semana unía Barcelona con Madrid a través de un sistema de diligencias. Otro hecho capital económico tuvo que ver con la creación de la Real Compañía de Pesca de Barcelona a finales de la centuria, estableciéndose factorías en la Patagonia, obedeciendo a los intereses del despotismo ilustrado de impulsar un ramo productivo que tenía incidencia en el abastecimiento de alimentos de la población, además de para recuperar el esplendor del pasado en esta materia y, por fin, intentar arrebatar a los ingleses su preponderancia en el suministro de pesca salada, que se sustentaba en su dominio de Terranova, cedida en el Tratado de Utrecht.

En el comercio mediterráneo de Barcelona un nuevo producto adquirió un protagonismo creciente. Se trataría de las telas de algodón estampadas, las conocidas como indianas. Durante la segunda mitad del siglo XVII estos tejidos, procedentes inicialmente del Asia más lejana, pero también de la más cercana, como en Alepo o Esmirna, se fueron difundiendo en el Mediterráneo occidental. Marsella y Livorno se convirtieron en los puertos redistribuidores. Las indianas llegarían a Barcelona en las primeras décadas del siglo XVIII, convirtiendo a la ciudad en uno de los mercados más importantes y también en un nuevo centro redistribuidor para toda España.

Al consolidarse este mercado, en Barcelona comenzarían a surgir en la segunda mitad del siglo XVIII iniciativas para fabricar en la misma ciudad los tejidos estampados con lo que se podrían sustituir las importaciones y fomentar las exportaciones. Así nació una nueva industria, resultado de una financiación mixta, es decir, con capital mercantil pero también del artesanal autóctono. Comerciantes, tenderos y maestros artesanos se pondrían de acuerdo para poner en marcha las nuevas fábricas de indianas. Al principio se recurrió a la tecnología foránea, pero muy pronto la práctica y la investigación harían que en Barcelona se acumulen los conocimientos necesarios para la elaboración de colores y para mejorar el proceso de estampación.

Así pues, Barcelona se introdujo con fuerza en los circuitos comerciales internacionales. Gran parte de este éxito tuvo que ver con la exportación de aguardientes a los mercados del norte europeo y en la reexportación de tejidos de esa parte del continente y también del Mediterráneo hacia América. Se importaba de América, azúcar, café, cacao, algodón y tabaco.

Desde el punto de vista institucional se creó en Barcelona en el año 1758 la Real Junta Particular de Comercio, más conocida como Junta de Comercio, que luego en 1847 pasaría a ser la Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio. La institución fue clave en la difusión de las nuevas técnicas productivas, es decir, que jugó un fundamental papel difusor del progreso tecnológico en Cataluña porque importó máquinas, trajo técnicos y especialistas del extranjero y envió a artesanos, menestrales y trabajadores fuera, especialmente a las fábricas de Lyon para aprender nuevas técnicas, estableció escuelas de hilados, tejidos, de fabricación de telares y promovió concursos y premios.

El Decreto de Nueva Planta que se estableció en Cataluña suprimió el Consulado de Mar, así como la Universidad. Los comerciantes y menestrales pidieron, en consecuencia, que había que recuperar la institución que había ayudado a fomentar el comercio y la producción artesanal tradicionalmente en Cataluña desde la Edad Media. Fernando VI fue receptivo a esta idea, y por eso se creó en marzo de 1758 la Junta, mientras que sus ordenanzas serían aprobadas por Carlos III en 1763. En el año 1767 la Real Junta ocupó la sede del antiguo Consulado de Mar.

Las grandes realizaciones de la Junta, además de lo expuesto, fueron las fundaciones de la Escuela de Náutica en 1769, y la Escuela de Diseño (1775), que terminaría convirtiéndose en la Academia de Bellas Artes. Ya al comenzar el nuevo siglo, en 1805 se crearían las Escuelas de Química y Taquigrafía. Por fin, en 1807 se pondría en marcha la Escuela de Botánica.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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