El nacimiento del binomio Estado-nación
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
El concepto de nación como comunidad política con derecho a contar con un Estado organizado es una de las herencias ideológicas de la Revolución Francesa. Anteriormente, existía la lealtad personal de los súbditos al monarca absoluto, y se hablaba de Estado y de Reinos. La Ilustración comenzó a cuestionar esta realidad al defender el concepto de nación vinculada al pueblo o a la comunidad, entrando en colisión con el concepto patrimonial del Estado que había desarrollado la Monarquía absoluta, aunque la versión más moderada concilió esa idea de nación con la del Estado en la versión del despotismo ilustrado. Frente a ese modelo más moderado Rousseau plantearía la idea de la soberanía nacional y la voluntad general dentro del contrato social constitutivo del Estado. Rousseau también hablaría de un incipiente concepto de patriotismo como medio para fortalecer esa voluntad general.
En los inicios de la Revolución francesa, el abate Sièyes plantearía en su famosa obra ¿Qué es el Tercer Estado?, que era el Tercer Estado o el pueblo llano la verdadera nación francesa. En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 aparece ya claramente expuesta la idea que hemos ido planteando, la de la soberanía nacional, al exponer que la soberanía, es decir, el poder, residía en la nación esencialmente, y ningún individuo, corporación o institución podría ejercer autoridad alguna si no emanaba de esa nación.
Así pues, la vieja lealtad a un monarca se sustituyó por la lealtad legal de los ciudadanos a una Constitución en el nuevo Estado. Los individuos debían pertenecer a una comunidad y compartir con otros una cultura, lengua y costumbres para poder ejercer los derechos políticos propios de todo ciudadano en ese Estado. Los ciudadanos debían sentirse identificados con el nuevo Estado a través no sólo del hecho de compartir esos rasgos comunes, sino también de la igualdad, eso sí ante la ley exclusivamente, que destruiría particularidades y privilegios, aunque también excluyendo aspectos más allá de las fronteras, es decir, del cosmopolitismo. Precisamente, el patriotismo se convirtió en una fuerza que convirtió el nacionalismo casi en una nueva religión, sustentada más por el sentimiento que por la razón, frente a los potenciales enemigos exteriores, pero también contra las mencionadas particularidades históricas fueran del tipo que fueran, es decir, institucionales, jurídicas y hasta idiomáticas.
En la época de las guerras napoleónicas las ideas del nacionalismo comenzaron a extenderse por Europa. Precisamente, la oposición y a los sistemas políticos que Napoleón impuso, propició que diversos pueblos se enfrentasen al ejército napoleónico generando la formación de conciencias nacionales, y potenciando patriotismos propios, afirmados sobre idiomas propios, pero también relación con la religión, las costumbres y las tradiciones propias.
Pero con el Congreso de Viena y el sistema de la Restauración provocaron que el incipiente nacionalismo de resistencia frente a Napoleón evolucionara hacia la conformación de una ideología o doctrina más elaborada. Y eso aconteció porque el diseño de las fronteras europeas por parte de las potencias de ese momento se realizó sobre criterios de equilibrio de fuerzas, pero sin contar con los pueblos. Así pues, el nacionalismo se conformó sobre la crítica a esas fronteras y contra los poderes que imponían su autoridad sobre pueblos que consideraban a aquellos como extranjeros, como podría ser el caso de los belgas en relación con su pertenencia al Reino de los Países Bajos, creado como Estado-tapón en el norte de Francia. Y en ese contexto se fue intensificando la identificación entre la nación y el Estado, como un binomio de enorme éxito en la Historia europea. La primera tenía que coincidir con el segundo, formulando el Estado-nación. En todo caso, conviene establecer que esta identificación, tan enraizada en Europa, no puede como inevitable, como nada lo hay en la Historia, sino que surgió por las causas y el contexto planteados.
Por otro lado, el nacionalismo no sería la única fuerza contra el sistema de la Restauración, ya que también estaría el liberalismo, confundiéndose en ocasiones ambos, aunque, bien es cierto que el nacionalismo nunca terminaría de generar una ideología estructurada, y con muchos aspectos vinculados, como ya algo hemos apuntado, a los sentimientos, frente al liberalismo, una ideología con variaciones, pero más racional y articulada.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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