Los godos. Leovigildo. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Cuando, poco después, se produjo la muerte de Liuva en Narbona y, quedó Leovigildo como único regente, el monarca decidió “ampliar su reino con la guerra y aumentar sus bienes” (“Historia de los godos”) lo que venía a demostrar, que la expansión territorial de los jefes godos, estaba también dirigida por una afán de enriquecimiento personal, lo que les permitía comprar la fidelidad de la nobleza, a base de donaciones personales. Para ello, la pacificación interna era requisito indispensable, sin el que, cualquier intento de aumentar su poder en las provincias, estaba condenado al fracaso, por lo que Leovigildo puso todo su empeño, en aglutinar en torno a su figura, a todas las fuerzas sociales. Para ello no dudó en casarse con la esposa de Atanagildo, Gosvinta, que como viuda real, le aportaba las riquezas y las clientelas de su anterior marido. Su matrimonio fue un acto de Estado, pues el rey había estado casado (o lo estaba, como lo estaba Ataulfo cundo se casó con gala Placidia) y tenía ya dos hijos, Recaredo y Hermenegildo. Pero la unión sirvió para estrechar los lazos, entre las familias godas más influyentes de Hispania y de Narbona.
Para continuar con su proyecto, el monarca necesitaba la paz exterior, que sólo podía encontrar, mediante acuerdos con los monarcas francos. Para entonces Clovis ya había muerto y, su reino estaba dividido entre sus hijos, con los que Leovigildo se apresuró a pactar una paz, sellada con el matrimonio de sus hijas, o mejor dicho, de las hijas de su esposa Gosvinta que, al parecer, ya habían sido prometidas previamente por su padre Atanagildo. A Brunequilda la entregó a Sigeberto de Austrasia (al nordeste de la ciudad de Metz) y, a Galsvinta a Chilperico de Neustria (al noroeste, con la capital en París) los dos reinos en que estaban divididos los francos, además del de Borgoña de Guntramno. Los reyes francos reconocían a los jefes hispanos, como representantes de los antiguos monarcas de Aquitania y, consideraban sus derechos sobre una parte de las Hispanias, donde esperaban que se quedaran para siempre.
Fue entonces, cuando comenzó el acercamiento de Leovigildo a los hispanos, bajo los símbolos de una monarquía triunfante, heredera del antiguo espíritu romano. Acuñó rápidamente moneda, para subvencionar los gastos de las campañas militares. Las nuevas monedas, eran una copia de las anteriores romanas, principalmente los “solidi”, o sueldos de oro, pero con menos valor, probablemente por el menor ritmo de la explotación minera. Leovigildo se presentó en las monedas, ante su potencial pueblo, como un auténtico rey romanizado, entronizado y llevando la diadema y el paludamento, símbolo del poder restaurado, manifestación de continuidad y de territorialidad, frente a bizantinos, suevos y provinciales y, sobre todo, frente a su propio pueblo. Pero hasta ese momento, ni el tesoro real ni el propio rey, habían tenido una sede fija en Hispania y, las decisiones de “Estado”, habían sido tomadas primero desde la corte de Rávena (que había sustituido a Roma como capital del Imperio) por Teodorico el Amalo y, después probablemente desde Barcelona y Sevilla, de forma circunstancial. De ahí que, uno de los retos más importantes de Leovigildo, fuera el de encontrar un lugar, donde establecer la “sedes regia”, donde se organizase la corte y la administración, desde donde controlar al ejército, en el que convocar las asambleas y, donde depositar a salvo el tesoro regio.
Toledo se convirtió en esta sede y, con ello, alcanzó una importancia política, que hasta entonces no había tenido. Aunque en época romana, la ciudad había tenido un buen desarrollo urbano, como punto central de la Carpetania, sin embargo en las fuentes de época imperial, no alcanzó nunca gran relevancia y, tampoco tuvo una participación importante, en la defensa de las provincias frente a los bárbaros. Su importancia, en los siglos anteriores, tuvo más relación con las convocatorias de los concilios.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.