Afganistán. “El Gran Juego”. VIII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Las colinas bajas y áridas del desierto, que ocupan zonas fronterizas entre Persia y Afganistán, no son un buen lugar para perderse por la noche. Hace doscientos años, era una zona que los viajeros intentaban evitar, incluso durante el día, ya que sus valles y pasos servían de refugio a bandoleros, que aprovechaban las disputas territoriales de las potencias de la región, para ejercer su actividad.
La canícula de octubre de 1837, era el fin de una larga semana para el teniente Henry Rawlinson. Llevaba tres años formando un nuevo regimiento del ejército persa, en un aislado cuartel próximo Kermanshah, al oste de Persia. Durante este tiempo, había quedado fascinado, por las inscripciones trilingües del cercano Behistán, grabadas por orden del rey Darío, y consideradas la “piedra de Roseta” de la antigua Persia. Cada tarde trepaba por una pared de roca casi vertical, o incluso hacía que lo bajaran dentro de un cesto, para hacer calcos. Luego volvía a su tienda, y pasaba la noche intentando descifrar la escritura cuneiforme persa, grabada en la pared del acantilado. Sin embargo, tuvo que interrumpir sus estudios, cuando fue enviado al nordeste, para una misión urgente. Tan sólo seis días, después de haber recibido las órdenes del consulado británico de Teherán, llevaba más de mil kilómetros recorridos a caballo.
Tanto sus acompañantes como sus caballos estaban, según el propio Rawlinson, “exhaustos y, en la oscuridad, entre el sueño y la vigilia, desorientados”. Fue entonces, al aparecer los primeros rayos del sol, sobre la silueta irregular de las montañas del Kuh-e- Sha Jahan, cuando Rawlinson vio a otro grupo de jinetes, cabalgando hacia ellos en la penumbra. “Pero al pasar a galope a su lado vi, para mi asombro, hombres vestidos de cosacos, y uno de mis asistentes reconoció entre los del grupo, un oficial de la misión rusa”.
Rawlinson supo de inmediato, que se había topado con algo importante. No había ninguna razón que explicara, por qué un grupo de cosacos armados, frecuentaba eso remotos senderos del desierto, rumbo a la frontera afgana. Y, en aquello momentos, un oficial de la inteligencia británica, tenía muchos motivos para desconfiar, de cualquier actividad rusa, en esta zona fronteriza crucial. Rawlison, que había dejado su regimiento en la India, para incorporarse al nuevo cuerpo de inteligencia, había sido enviado a Persia, con la misión específica de tratar de contrarrestar, la creciente influencia rusa en aquellas tierras. Como parte de una calculada estrategia, para que Persia volviera al redil británico, Rawlison llevaba tres años en el país, entrenando al ejército persa, y proporcionándoles gran cantidad de armamento británico.
La guerra fría entre Rusia y Gran Bretaña, en la Persia de la década de 1830, se volvió particularmente gélida en marzo de 1833, con la llegada a Teherán del refinado conde Ivan Simonitch. Como los oficiales franceses que habían llegado a la corte de Ranjit Singh, Simonitch era un veterano napoleónico, que buscaba ampliar horizontes tras Waterloo y el exilio de Napoleón. Originario de Zara – una ciudad al sur de Trieste, en la costa dálmata de la Croacia moderna – Simonitch se unió a la “Grand Armée”, justo a tiempo para la invasión de Rusia y, como tantos otros, fue capturado por las fuerzas del zar, en la desastrosa retirada invernal de Moscú. Cuando fue liberado, su tierra natal había sido absorbida por el Imperio austriaco, por lo que decidió cambiar de bando, y unirse al ejército ruso. Se le confirió el rango de comandante, y fue destinado al Regimiento de Granaderos Georgiano, donde luchó con valentía en las guerras ruso-persas. Tras ser gravemente herido por una bayoneta, durante una carga contra la guardia real persa, fue ascendido a teniente general por su valentía al haberse mantenido en su posición, pese a sus heridas. Poco después, se casó con una viuda de dieciocho años, la princesa Orbeliani, “la mujer más bella de Georgia”, y se convirtió rápidamente, en uno de los principales personajes de la administración rusa en Tiflis. Enviado a Teherán como embajador, pronto aventajaría en su misión, a su homólogo británico Sir John MacNeill, que era tan declarado rusófobo, como Simonitch tenaz antibritánico.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.