La Revolución Francesa. La burguesía y el pre-proletariado en el XVIII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Las ciudades del XVIII, eran ya ciudades que se ensanchaban, que se edificaban intensamente, que se enriquecían, y que desbordaban su viejo emplazamiento, señalado por las murallas de antaño.
La burguesía se había convertido en un vasto público, que imponía sus deseos, sus gustos y sus reivindicaciones, mediante una intelectualidad salida de sus filas, que se había independizado del rey y de sus grandes. Sus reclamaciones eran económicas, como la unificación del mercado nacional, la libertad del trabajo y del comercio. O políticas, que se formulaban en términos de redistribución del trabajo. Pero la ambición y el interés no lo explican todo. Hubo también, un fuerte sentimiento colectivo de frustración social: la humillación burguesa ante la barrera del nacimiento.
La burguesía fue tanto más hostil a la sociedad estamental, cuanto que a su izquierda, no se sentía amenazada por las clases populares urbanas. Estas, cuya masa no dejaba de crecer, no constituían todavía lo que modernamente hemos llamado “el proletariado”. Del puro asalariado, libre vendedor de su fuerza de trabajo – el proletariado de Marx – al pequeño artesano, existían múltiples estatutos intermedios.
Las formas de producción, era aún demasiado individuales y, por consiguiente, demasiado diversas para unificar el mundo del trabajo, en un sentimiento de clase. Y por ello, las reacciones colectivas de las masas populares urbanas, solían ser reacciones de consumidores, no luchas de productores. Lo que concitaba periódicamente las cóleras de la ciudad, era el motín contra la subida de los precios y la tasa del pan, mucho más que la huelga, o que la reivindicación salarial. Importaba poco, pues, que durante el siglo XVIII, los salarios se hubieran retrasado respecto a los precios. Todavía no habían llegado los tiempos, de una organización cohesiva del asalariado. Pero que sobrevinieran, por el contrario, la crisis estacional o la escasez de los cereales; que el precio del pan se elevase sensiblemente, por encima del precio “normal” de tres céntimos la libra – siendo así que un jornal oscilaba alrededor de una libra – producía entonces la miseria popular y, enseguida, el clásico motín de subsistencias.
Pero todo esto no se contradecía con la revolución burguesa, pues los motines populares se dirigían contra el acaparamiento regio y/o aristocrático, ya que sólo los grandes poseedores de la renta territorial, podían almacenar el trigo, en espera de un mayor precio. Todo derivaba fácilmente contra el enemigo común, el privilegio, y hacia el objetivo común, la reforma del Estado monárquico. Así, la diversidad de los estatutos de trabajo, la multiplicidad de los vínculos individuales, entre el mundo de los empresarios y el de los trabajadores, en fin, las mismas violencias del pueblo bajo, todo conspiraba para incluir a las clases populares urbanas, en la clientela política de la burguesía.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.