El Nilo Azul. El poder de Teodoros. VI
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Rassam escucha la diatriba (de la que escribimos ayer) sin un comentario y, Teodoros pone fin a la entrevista, nombrando a su chambelán, Samuel, cicerone de sus huéspedes y, asegurando que atendería todos sus deseos. A la mañana siguiente, tiene lugar una segunda entrevista. Se informa a Rassam, de que se habían enviado órdenes a Magdala, para liberar a los cautivos. Y Teodoros le libra una respuesta, a la carta de la reina Victoria. Un extraño documento. En él, Teodoros se autocalifica de “ignorante etíope” y, pide perdón a la reina: “Aconsejadme, pero no me culpéis, oh reina…”. Con todo, no puede dejar de lado sus afrentas y, Rassam se ve obligado a soportar otro largo exabrupto de lamentos. Escogiendo el momento propicio, Rassam saca los candelabros. Son bien recibidos y, ponen punto final, a la segunda entrevista.
Hasta aquí todo bien. Pero los británicos no tardaran en descubrir, que las cosas en Etiopía, no se mueven con rapidez. Se anuncia que la capital – en realidad un gran campamento de tiendas – va a ser trasladada a la provincia de Damot, donde Teodoros se proponía destruir varias tribus, sospechosas de rebelión. Rassam y su gente, acompañaran la marcha hasta el lago Tana, para después seguir hasta la aldea de Korata, en la orilla sudeste. Ahí iban a esperar, la llegada de los prisioneros de Magdala.
El viaje fue algo asombroso. Cada día unas 90.000 personas – hombres, mujeres y niños – con sus rebaños de ovejas y vacas, e ponían en movimiento, desparramándose por montañas, como un enorme dragón reptante. Teodoros, que dirigía la marcha, demostró gran pericia, a la hora de mantener el orden en esa chusma. A los británicos se les concedió un lugar de honor, en la vanguardia de la marcha, con un Teodoros embarazosamente obsequioso con Rassam. A diario llegaba obsequios: un antílope abatido por Teodoros, un puñado de perdices, una batería de armas de fuego, un mensaje diciendo que todos los gastos de los británicos, en territorio etíope, correrían a cargo del tesoro real.
El 6 de febrero se separan cerca del lago. Teodoros toma hacia el sur, para proseguir su merodeo. Los británicos, por su parte, acompañados por Samuel y un fuerte escolta, cruzan en barco a la orilla opuesta, para alcanzar el 14 de febrero Korata, a pocas millas al norte. Por orden de Teodoros, los caiques locales les habían preparado, una ceremonia de bienvenida, instalándolos en una serie de chozas desvencijadas, próximas a la orilla. A los pocos días, Rassam recibe un mensaje el emperador, en que le comunica y le da garantías, de que había partido una escolta hacia Magdala, para recoger a los cautivos. La carta iba a acompañada, de dos cachorros de león, a título de regalo.
Para entonces, Rassam había empezado a formarse una idea bastante clara, de la clase de gente que había venido a rescatar. Sumaban unos 30 adultos en total – británicos, franceses, alemanes, suizos y, sus respectivas esposas etíopes (dos de ellas hijas de Bell y una nativa) – y 23 criaturas, divididos todos en tres grupos. El primero de ellos, estaba formado por siete “artesanos”: obreros especializados europeos, alemanes en su mayoría, que se habían enrolado al servicio de Teodoros. Luego estaban los misioneros alemanes, el matrimonio Flad y sus tres hijos, junto a otros cuatro compatriotas, todos ellos libres bajo palabra y, viviendo en una colonia, más allá de Debrá Tabor. Por último, la gente que más odiaba Teodoros: Cameron y los cuatro componentes de su personal y, los misioneros también alemanes, los Stern y los Rosenthal. Estos se hallaban en Magdala y, presumiblemente, hacía poco librados de sus grilletes. Diérase en imaginar a la colonia europea, cerrando filas ante entorno tan violento y peligroso. Pero según supo Rassam, nada más distante de la realidad, las disensiones y rencores eran constantes entre ellos. Había un tipo, un aventurero francés llamado Berdel, artista en cierto modo, de quien se sospechaba incluso, que revelaba los secretos de sus camaradas europeos al emperador. Tampoco estaba claro, que todos ellos quisieran dejar Etiopía. Los artesanos alemanes, parecían muy apegados a Teodoros.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.