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El Nilo Azul. El poder de Teodoros. V


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Hormuzd Rassam, enviado por el gobierno británico ante Teodoros, tenía un doble motivo para ir primero al Cairo: quería recibir instrucciones frescas de Londres por telégrafo y, comprar regalos adecuados para Teodoros. Pero las instrucciones que recibió de Londres, cayeron como un jarro de agua fría: se le comunicaba que había sido sustituido, en su calidad de enviado, por un diplomático, William Gifford Palgrave, que ya estaba en El Cairo. Así que tuvo que mover algunas palancas, antes de que el asunto de enderezara. Palgrave regresa a Londres, sin duda con alivio, mientras Rassam vuelve con sus paquetes de regalo, a Massaua.

Allí, la primera noticia que recibe, es la de que Cameron y sus compañeros de cautiverio, lejos de verse liberados de las cadenas, están más cargados de ellas que nunca. Rassam y su gente no pierden más el tiempo. El 16 de octubre de 1865 abandonan Massaua, en medio de una epidemia de cólera. Tenían por delante 930 km, buena parte de ellos por tierras apenas exploradas y/o cartografiadas. Orillando la meseta etíope, por el desierto sudanés, alcanzan Kassala, en el tiempo, nada malo, de tres semanas. Y el 21 de noviembre llegan a Metemma. Se encontraba por primera vez, en territorio etíope, en el camino que conduce al lago Tana (como repetimos, la fuente del Nilo Azul) a sólo 50 km. Rassam se apresura a enviar mensajeros a Teodoros, anunciando su llegada.

Teodoros contesta con una efusiva nota, en la que llama a Rassam “querido” y, le comunica que iba de camino una escolta, para ponerse a su servicio. El 28 de diciembre la embajada británica, se reúne con la escolta enviada – horda de 1.400 hombres – no lejos de la orilla occidental del lago Tana. Años después, Rassam escribió un relato de este viaje que, por increíble que nos parezca, es una réplica exacta del de James Bruce. De nuevo el inmutable mundo bíblico negro de Etiopía, los banquetes de vaca cruda, aquel pulular de túnicas blancas, deambulando penosamente por el paisaje, las aldeas asoladas por la guerra, la figura, como de adusto profeta, de los sacerdotes coptos, emergiendo de iglesias, la actitud infantil de los funcionarios, el abyecto miedo al emperador, la esencia de “tej” o tejo, las flores y la miel, los leones rugiendo en la noche, el vasto horizonte de montañas, el fanatismo y la violencia de la Edad Media, en un entorno de extraordinaria belleza natural, nada había cambiado.

Avanzan varios días rodeando el lago Tana por el oeste y, por último, el 26 de enero de 1866, llegan a las fuentes del Pequeño Abbai – el Nilo Azul chico – donde un centenar de años antes, tuviera Bruce su gran momento como descubridor.

Teodoros envía, por adelantado, un cálido mensaje a sus huéspedes y, regala una mula a Rassam, con la que tenía que hacer la entrada ceremonial en el campamento. De prisa y corriendo, se enfunda el “traje político azul”, mientras Blanc y Prideaux hacen lo propio con sus chaquetas escarlatas. A su encuentro acuden Aito Samuel, chambelán del emperador y, los funcionarios de la corte. Según pasan por delante de las primeras tiendas, la escolta, que ahora suma unos 10.000 hombres, saluda con una salva desordenada. Rassam estaba impresionado. “Luego de arrastrar una existencia miserable, durante 18 aburridos meses, en un clima malsano y entre razas semisalvajes… en un vano esfuerzo por llegar, al hombre más inaccesible que haya empuñado un cetro, allí estábamos por fin, a punto de conseguir la tan ansiada audiencia”.

Se había erigido una tienda roja para la ocasión y, en ella los recibió Teodoros, sentado en un sofá, el rostro embozado en la larga túnica y, los cortesanos en un círculo a su alrededor. Rassam abrió los actos, presentando la célebre carta de la reina Victoria, escrita 18 meses antes, pero Teodoros no le dio lectura en seguida. En lugar de eso, se lanza a una interminable y laberíntica exposición de agravios. Hablando en amhárico y sirviéndose de un intérprete, afirma que Cameron se había portado muy mal, que los misioneros le habían calumniado, que estaba rodeado de traidores, incluso entre sus seguidores. Los etíopes, según sus palabras, eran “un pueblo perverso”, siempre dispuesto a rechazar un buen gobierno, siempre en rebeldía. “Si voy al sur, mi pueblo se subleva en el norte. Cuando me dirijo al oeste, se levanta en el este”. Así que, en vez de un buen gobierno, les daba guerra. Y, luego, los turcos se habían apoderado de Sennar y el Sudán, que por derecho pertenecían a Etiopía. También para ellos, estaba preparando la guerra.

Pues eso.

(Continuará)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.