La caída del Imperio de Maximiliano trajo consigo que el Estado liberal mexicano comenzara a estabilizarse sobre la restauración de la Constitución de 1857. Benito Juárez podía liderar un país en paz y en vías de progreso económico y social. Pero su desaparición demostró que dicha estabilización era más aparente que real porque regresó la inestabilidad política, fomentada por sus partidarios, profundamente divididos. En el contexto de unas renacidas rebeliones regionales apareció una figura que terminaría por hacerse con el poder en 1876, es decir, el coronel Porfirio Díaz. En principio, parecía que iba a seguir el camino emprendido por Juárez, pero terminó estableciendo un régimen conservador. Díaz modificó el texto constitucional para poder ser reelegido, lo que le permitió convertirse en un dictador a partir de 1884. Aquí estaría la raíz del problema político, al cortarse los cauces de la participación política, y muy especialmente de los distintos poderes en los Estados, ya que no había actividad parlamentaria.