En un artículo en El Obrero plantemos las líneas generales del pensamiento de Burke, seguramente, el que fundamentó los principios del conservadurismo, frente a la Revolución Francesa. En dicho artículo expresábamos que Burke pensaba que la sociedad del siglo XVIII no necesitaba grandes cambios o transformaciones porque no presentaba graves problemas. Las instituciones políticas podían ser reformadas de forma gradual, pero sin modificaciones sustanciales, ya que habían servido y resistido el paso del tiempo. Bien es cierto, que Burke consideraba que las instituciones británicas eran las mejores del mundo y, por lo tanto, superiores a las francesas, pero la monarquía absoluta y la sociedad estamental, sin ser perfectas, habrían servido históricamente en el país vecino. Partiendo de estos presupuestos, la Revolución era contemplada no como una necesidad legítima de transformación, sentida por la mayoría, sino como el resultado de las maquinaciones de algunos grupos o sectores sociales con vocación subversiva. Los responsables serían los ilustrados, los philosophes, que llevaban ya mucho tiempo socavando los pilares de las instituciones y de la sociedad francesa, especialmente con sus críticas a la Iglesia. Hecha esta labor de minado, aparecía el “populacho” ignorante que arramblaba con todo de forma brutal y desde su ignorancia. Así pues, la Revolución sería, siempre según Buke, fruto de la conspiración de una minoría. La Asamblea Nacional Francesa estaría compuesta por individuos inferiores, por artesanos y personas que ejercían oficios mecánicos y profesiones subalternas. Los derechos del hombre, proclamados en 1789, eran fruto de elucubraciones mentales y no estaban conectados con la realidad, ya que no surgían de la tradición. También atacó el concepto de soberanía nacional o popular, algo que no existiría en Gran Bretaña, porque allí la legitimidad del poder se basaría en la norma que regulaba la sucesión al trono.