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Las matanzas de Santander del 27 de diciembre de 1936

En las elecciones de 16 de febrero de 1936 las derechas ganaron claramente en la entonces provincia marítima de Castilla La Vieja. La CEDA y Renovación Española obtuvieron 77 763 votos (56'44 %) y 5 diputados mientras que el Frente Popular obtenía 61 250 sufragios (43'55) y 2 diputados. Aun así, el golpe de Estado que en julio triunfó en todas las capitales de la región castellana no lo hizo en la actual Cantabria. La actitud titubeante del coronel Argüelles (al mando del Regimiento de Valencia nº 23, principal unidad militar de la zona) así como la presencia en la bahía del buque Jaime I que amenazaba con cañones al Cuartel del Alta, y la estrecha vigilancia de elementos obreros sobre los aledaños del Regimiento, contribuyeron al fracaso de la conspiración.

Santander, pues, pasó a formar parte del llamado frente norte junto con Vizcaya y la mayor parte del territorio asturiano. Durante los primeros meses de la guerra, la aviación rebelde había llevado a cabo diversas incursiones sobre la capital cántabra y el resto de la provincia, pero hasta el 19 de diciembre se había abstenido de lanzar bombas. La gente se acostumbró a escuchar sirenas que anunciaban la llegada de los aparatos y apenas unos cuantos acudían a los escasos refugios que había disponibles.

El 19 de diciembre esto cambió. Poco antes del mediodía, una formación de ocho trimotores Junkers J-52 atacó la Constructora Naval de Reinosa lanzando diez toneladas de bombas que ocasionaron importantes daños materiales en las instalaciones, aunque no hubo que lamentar víctimas personales. Aquella acción obligó a las autoridades del Frente Popular provincial a iniciar los trabajos de acondicionamiento para nuevos campos de aviación en Arija, Nestares y Orzales. Sin embargo algo mucho peor se avecinaba. El soleado y extrañamente primaveral domingo 27 de diciembre, unos aparatos rebeldes sobrevolaron Santander sobre la una de la tarde. Aprovechando la bonanza climatológica y el hecho de ser un día festivo, numerosas personas se encontraban paseando o disfrutando del sol en las plazas, paseos y jardines. Como en los dos domingos anteriores ya habían hecho acto de presencia sobre la urbe sin consecuencias, el sonar de las sirenas fue acogido con relativa tranquilidad por los ciudadanos que acudieron sin demasiada premura a los refugios. Así lo contaba El Diario Montañés en su edición del 29 de diciembre:

“Los dos domingos anteriores, algunos aparatos rebeldes habían hecho acto de presencia en nuestro cielo, pero sus vuelos se limitaron a una simple exploración, pues no descargaron la metralla. Esto sirvió para que, cuando el domingo último, poco después de la una de la tarde, las sirenas dieron el toque de alarma, ante la presencia de aparatos facciosos, la gente no se apresurara a buscar los refugios. Había el precedente de otros días durante los cuales los aviones enemigos evolucionaban a gran altura, sin intentar atacar a la población indefensa, y nadie creía que fueran a actuar y efectuar un bombardeo sobre esta ciudad, que para ellos no puede tener objetivo alguno, y menos que lo hicieran a la hora en que casi toda la gente se hallaba tranquilamente en los paseos, muelles y jardines.”

Los aviones (nueve trimotores Junkers Ju-52 de bombardeo, escoltados por nueve biplanos de caza Heinkel H-51) procedían de los aeródromos nacionales de Burgos y se adentraron en la provincia saliendo al mar para luego bordear la costa y atacar la ciudad por su lado oeste, de tal forma que los que primero observaron la llegada de los aparatos enemigos y se dieron cuenta del peligro que se cernía sobre ellos, fueron los vecinos del Barrio Obrero, en la zona del Paseo del Alta. Los vecinos no tuvieron tiempo de ponerse a salvo en los refugios ya que los atacantes comenzaron a soltar su carga con el lanzamiento de dos series de bombas, una dirigida contra la desaparecida estación de pequeña velocidad del ferrocarril de la costa, que era uno de los supuestos objetivos del bombardeo. Allí se suponía que se encontraban algunos batallones asturianos que tenían como destino reforzar el frente vasco a la espera de una próxima ofensiva franquista en el sector de Vitoria. La otra carga tenía como blanco el Cuartel de Maria Cristina, en El Alta. Otro de los posibles objetivos del ataque eran los depósitos de CAMPSA, próximos a la bahía.

En cualquier caso, la mayoría de las bombas cayeron fuera de los supuestos objetivos, siendo las áreas más afectadas las calles próximas al ensanche de Maliño , Antonio López y Marqués de la Hermida, así como las proximidades del Paseo del Alta o Sánchez Porrúa, como se llamaba entonces. Esta fue la zona en la que se produjeron más destrozos materiales y donde se registraron gran parte de las 64 víctimas mortales amén de un número muy considerable de heridos.

Se hace necesario un apunte sobre el Barrio Obrero del Rey, la barriada más dañada de la ciudad, como ya se ha comentado. La construcción del Barrio Obrero comenzó el 20 de agosto de 1925 y los trabajos se prolongaron hasta el año 1928. El autor del proyecto era el arquitecto Ramón Lavín Casalí y su constructor fue Domingo A. Alonso. Los cooperativistas pagaron una entrada de mil pesetas y las cuotas mensuales eran de 35 porque, decían las crónicas de la época, “el obrero, como todo hijo de Dios tiene derecho a un albergue para él y para su familia en sitio saneado, limpio e higiénico.” Su diseño de casas bajas de tres plantas, el trazado de calles anchas y patios, la estructura perimetral (con muro perimetral y candado en su día) y sus dotaciones iniciales (economato, escuela, etc) han servido para que este lugar sea ejemplo para charlas de arquitectos.

Volviendo a los trágicos efectos de la incursión aérea, así describía la escena en esta parte de la ciudad el periódico La Voz de Cantabria en su edición del 29 de diciembre:

“Continuamos nuestra dolorosa peregrinación al paseo del Alta. Allí fue donde la aviación facciosa produjo muchas víctimas. La casa número 288 es una pequeña vivienda de planta baja, un piso y buhardilla. Está completamente destrozada por la metralla y hundida la fachada lateral. Los muebles y el ajuar han quedado completamente destruidos.”

En medio de la carretera cayó otra bomba que cogió a muchas personas que se dirigían al refugio de Bustelo, ocasionando varias víctimas.

Las primeras casas del Barrio Obrero, fueron acribilladas por la metralla de aquella, destrozando paredes, mobiliario y cristales y dejando en la miseria a varias familias que han perdido todo su ajuar. Otra bomba cayó en el mercadillo, de dicho barrio, destrozándolo.

El rotativo cántabro daba cuenta de que otras áreas de la urbe santanderina habían sido también duramente castigadas por los proyectiles arrojados por la aviación franquista y ponía especial énfasis en los efectos en otro barrio de obreros, el Maliño.

Donde más se ensañaron los criminales aviadores fue en la zona del Maliño, lugar habitado por trabajadores. Sobre las casas de dicho barrio lanzaron el resto de la metralla que traían, destrozando varias casas de vecindad y produciendo numerosos incendios. El número de víctimas ocasionadas en el populoso barrio fue grande. Una de estas bombas cayó sobre el muelle de cemento, atravesándolo y haciendo un gran boquete.

La destrucción provocada por el bombardeo alcanzó a un mínimo de diez edificios y otros tantos resultaron gravemente dañados, de tal forma que sus inquilinos tuvieron que ser desalojados, ante el temor de un próximo derrumbamiento. El fuego antiaéreo, que se inició, paradójicamente, después de haber terminado la incursión, no tuvo ningún éxito ya que los sistemas antiaéreos de la ciudad no estaban muy ajustados a la realidad. Pasados los primeros momentos de zozobra posteriores al ataque, numerosos milicianos y vecinos se lanzaron al auxilio de las víctimas, encontrando, a su paso, un “cuadro espeluznante”, según descripción hecha por los periódicos en los días siguientes.

Las represalias no tardaron en llegar esa misma tarde con el asesinato de 156 presos nacionales recluidos en el barco-prisión “Alfonso Pérez.” El historiador José Manuel Puente, autor de Una ciudad bajo las bombas. Bombardeos y refugios antiaéreos en el Santander republicano (julio 1936-agosto 1937) (Torrelavega: Librucos, 2014) cuenta que cuando los aviones atacaron la ciudad murieron niños y que fueron las mujeres, arrebatadas, con cuchillos boniteros, las que gritaban: “!Al barco, al barco!” Con el colapso de la prisión provincial se decidió trasladar al buque a centenares de reclusos.

Según Puente, lideraron la masacre el comisario de policía del Frente Popular, Manuel Neila y el director general de Justicia, Teodoro Quijano. Los guardias del barco procedieron a cerrar todos los accesos a las bodegas, dejando solo una pequeña comunicación de aire a través de un tablón levantado. “Lo quitaron y empezaron a lanzar granadas de mano por el hueco. Cuando terminaron, ametrallaron cuanto pudieron con ráfagas interminables. En ese primer contacto, debieron matar a unas 80 personas” narra el periodista y escritor Jesús Gutiérrez Flores. “A eso de la una del mediodía-prosigue Gutiérrez Flores- regresaron con listas de nombres. Empezaron a llamar a los presos a superficie , y arriba era donde los despachaban a tiros.”

Después de la caída de Santander el 26 de agosto de 1937 y en los años posteriores, los franquistas sacaron el máximo partido propagandístico de la matanza convertida en icono de la “barbarie roja.” Se hicieron repetidos homenajes a los caídos en el “Alfonso Pérez” durante los cuales no se hacía mención alguna a lo que unos minutos antes había ocurrido en la ciudad y en los que se describía el bombardeo escuetamente como “un ataque de nuestra aviación al puerto y a los objetivos militares de Santander,” definición errónea y claramente malintencionada.

El caso de un bombardeo áereo sobre la población civil que degenera en una matanza de prisioneros se produjo también en otros lugares de la geografía republicana. Así ocurrió también en Mahón donde el asalto al buque-prisión Atlante provocó 75 muertos (37 religiosos y 38 civiles y militares). La capital menorquina había sufrido previamente una incursión aérea que había causado 7 muertos. Algo muy similar ocurriría en Bilbao después de los bombardeos de los días 3 y 4 de enero de 1937 que causaron unas 5 víctimas mortales e importantes daños materiales. Una multitud enfurecida asaltó la cárcel de Larrinaga acabando con la vida de 55 internos. La mayor matanza en la capital vizcaína se produjo, sin embargo, en Los Ángeles Custodios por parte de algunos milicianos de UGT. En total, 109 personas fueran asesinadas ese día en la ciudad.

Para terminar, y volviendo al bombardeo de Santander, toda Cantabria sufrió 189 incursiones aéreas durante la guerra las cuales se concretaron en bombardeos efectivos en 34 ocasiones que ocasionaron un reguero de destrucción amén de 88 muertos y 104 heridos. Una vez visto el efecto de las bombas, ya nadie volvió a ignorar las sirenas. En mayo de 1937, semanas antes del fin de la resistencia republicana, Santander podía guarecer bajo tierra a unas 40 000 personas en 114 refugios.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

Lozano, Carles “Resultados y diputados por circunscripciones 1936.” En: http://www.historiaelectoral.com/e1936c.html

Machín, Álvaro “Las historias del Barrio Obreros Rey.”En: El Diario montañés, 19/02/2018. En: https://www.eldiariomontanes.es/santander/historias-barrio-obrero-20180219194301-nt.html

Puente, José Manuel Una ciudad bajo las bombas. Bombardeos y refugios antiaéreos en el Santander republicano. Torrelavega: Librucos, 2014.

Rojo, José Carlos “El infierno que llegó del cielo.” En: El Diario montañés, 13/09/2017- En: https://www.eldiariomontanes.es/cantabria/infierno-llego-cielo-20170808202353 - nt.html

MEDIOS CITADOS

Diario Montañes, 29 de diciembre de 1936.

La Voz de Cantabria, 29 de diciembre de 1936.