LA ZURDA

El desconocido perfil político de la reina María Josefa Amalia

En este año se celebrará el bicentenario del inicio del Trienio Liberal (1820-1823) en España. Una de sus espectadoras más olvidadas, pero no por ello menos interesante, fue la primera reina constitucional, a la que dedicamos este artículo.

Tercera esposa de Fernando VII, la princesa alemana María Josefa Amalia de Sajonia ha sido, durante muchos años, presentada como una consorte sin apenas biografía: católica devota, sumisa esposa y poetisa sin mucho éxito. Fallecida antes de que pudiera dar un heredero al trono, más que una persona semejaba ser una sombra. Esa imagen constituye un perfil inacabado que, hace poco tiempo, ha sido rebatido y redefinido.

María Josefa nació en Dresde el 7 de diciembre de 1803, siendo hija del príncipe elector de Sajonia. Su educación fue responsabilidad de su tía abuela la princesa María Cunegunda, abadesa de Thorn y Essen, y como tal, siendo mujer, con escaño en la Dieta Imperial alemana. Su ideario, propio del despotismo ilustrado, lo trasmitió a María Josefa, cuyas ideas tradicionales y católicas quedaron atemperadas por la racionalidad ilustrada y la tolerancia. Bilingüe en francés y alemán, en sus cuadernos de estudio, que trajo a España, la princesa alemana escribió que la ley prevalecía sobre la soberanía en Inglaterra y Dinamarca, modelos monárquicos mejores que el simple absolutismo. Y consideró la democracia ateniense como modelo de civilización.

Fernando VII, en su breve noviazgo, se dirigió siempre a ella en sus cartas como a una princesa culta, asombrado de su decisión de aprender rápidamente el castellano durante su viaje de llegada a España. No obstante, el rey nombró a la servidumbre femenina de su esposa, a la que no dejó elegir libremente su entorno doméstico. Además, le manifestó su deseo de mantenerla al margen de la vida política, indicándole que cualquier petición que llegara a sus manos la entregara directamente a su mayordomo mayor. María Josefa comprendió que se esperaba de ella que fuera una reina obediente a su marido, fiel, católica devota y cumplidora de su principal misión, otorgar un heredero, a la que, pese a su fracaso, dedicó sus esfuerzos.

Rasgos destacados de su personalidad fueron su inteligencia y su fortaleza de espíritu. Y así lo demostró, por ejemplo cuando su marido tuvo que ausentarse de Madrid, entre septiembre y octubre de 1827, María Josefa le consultó, mediante cartas, en asuntos de gobierno de la Real Casa. No obstante, tomo alguna iniciativa como solicitar a su marido la amnistía a los condenados por delitos leves y abogó por una mujer empleada en el hospital de Madrid, amenazada con el despido. Pero, como señala Emilio La Parra, resulta asombroso que concediera un subsidio a los actores de teatro para paliar su carencia de ingresos, a causa de la prohibición de representaciones durante las rogativas religiosas por el éxito del viaje de su marido a Cataluña. En aquellos tiempos, los actores eran considerados viciosos y amorales. Ello rebate la imagen de una consorte beata y mojigata, lo cual nunca fue María Josefa.

Como hemos señalado al principio, la reina fue testigo de la restauración del sistema constitucional de 1812, que abrió el periodo conocido como el Trienio Liberal (1820-1823). Aficionada a escribir, sobre todo poesías religiosas con ayuda de alguna pluma cortesana, resulta sorprendente que en 1822 se publicara su novela epistolar Cartas de la reina Witina a su hermana Fernandina. Asombroso porque, aunque ayudada por algún cortesano de pensamiento moderado, ilustrado o afrancesado, la reina aludió a cuestiones familiares, narrando la situación española y reflexionando sobre la misma.

Los historiadores que han analizado ese texto han llegado a sospechar de la posible influencia, sobre la reina y su escrito, de su camarera mayor, la condesa de Alcudia, madre de tres liberales conspicuos, ligados tanto a corrientes moderadas como exaltadas. Precisamente uno de ellos, el marqués de Cerralbo, había sido el diplomático que había concertado su matrimonio y la había acompañado hasta España. También se sospecha del guardasellos del rey, Juan Miguel Grijalva, protector de los afrancesados Lista y los hermanos Burgos; así como del poeta Juan Bautista de Arriaza que, sin comprometerse demasiado, se esforzó entonces por mostrar su talante liberal. Y aunque sin duda es una obra conjunta, nadie osaría suplantar a la reina sin su consentimiento, en una narración con alusiones explícitas a su persona, sentimientos y vida palatina.

En esta novela epistolar María Josefa reflexiona sobre España, que considera un país de contrastes, donde el pueblo resulta demasiado intolerante, en materia religiosa, convencido de que los afrancesados y liberales son irracionales, sin ocurrírsele que son ilustrados. En el plano político, manifestó su desconcierto sobre el desconocimiento que había de los principios más elementales de administración, pese a que todos querían obtener un empleo del Estado o participar en las Cortes. Agradeció la generosidad de los españoles pero no ocultó su rechazo por las corridas de toros.

Convencida de que en el pasado se encontraba la clave del presente, recurrió a la historia, entendida en términos de progreso, en la que el cristianismo había regenerado a la humanidad, extendiendo "la ilustración, la libertad, la tolerancia, la beneficencia y los demás principios". De ahí que su principal referencia fuera el ilustrado reinado de Carlos III. Los liberales se mostraban, en su opinión, muy divididos: unos rebeldes, otros modelos dignos de admiración, entre ellos Rafael de Riego. Según la reina, aquel que inició el Trienio era "el que menos debía alterar a nadie: su aspecto, su tendencia, su porte son los de un hombre franco, sin doblez". No le creyó capaz de grandes proyectos políticos y, menos, criminales, pese a la inquina que le tenían los absolutistas. Y respecto a Fernando VII, resulta extraordinario que alabara al hombre pero no ocultara sus defectos.

Algunos absolutistas, enemigos del sistema constitucional, abrigaron sus esperanzas en la intervención militar de los gobiernos europeos en España para acabar con el gobierno liberal, como sucedería en 1823. Idea que la reina consideró "un pensamiento repugnante a nuestros principios y poco conforme a mi tranquilidad" que nunca podría ser una solución política. En su opinión, la represión había sido un error y desacertada la actuación política de los gobiernos, tanto de absolutistas como de liberales, de manera que ninguno había sido capaz de remediar los grandes males de España, considerando imposible -por falta de medios militares y diplomáticos- la reconquista de los territorios americanos recién independizados.

En su intento por hallar un sistema político que garantizase la auténtica libertad, la reina "Witina" examinó diversos regímenes políticos en este escrito, desde la antigua Roma hasta el modelo británico y estadounidense, llegando a la conclusión de que cuando la práctica de gobierno era buena, "todas las teorías callan". En definitiva, se mostró pragmática en política.

La novela epistolar de María Josefa Amalia demuestra que, en el entorno cortesano, hubo una lucha entre los más absolutistas y los partidarios de implantar en España una solución política moderada, templada, acorde con las Monarquías más ilustradas, que lograrían su definitivo triunfo en 1833. Para entonces, sin embargo, la reina había fallecido (17 de mayo de 1829) y Fernando VII había contraído nuevo matrimonio con la princesa María Cristina de Nápoles, con la que tendría dos hijas.

El lector interesado puede acudir a las siguientes fuentes:

Emilio La Parra, Fernando VII, Barcelona, Tusquets, 2019.

María Victoria López Cordón, "Entre Witina y Julia: el viaje intelectual de María Josefa Amalia de Sajonia", en VV. AA., Los viajes de la Razón, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2015, pp. 83-101.

Antonio Manuel Moral Roncal, Carlos V de Borbón (1788-1855), Madrid, Actas, 1999.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.