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EL PERIÓDICO
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La pasión cultural por París nació en el XVIII


La plaza Clichy de París en 1896. Foto: Musée Carnavalet La plaza Clichy de París en 1896. Foto: Musée Carnavalet

La pasión por París en Occidente nació, sin lugar a dudas, en el siglo XVIII. Después de haber sido arrinconada por Luis XIV, que modificó Versalles para convertirlo en el centro de su poder absoluto, temeroso de un París siempre levantisco, en el siguiente siglo comenzó a despuntar claramente en el universo de las ciudades europeas. Todo el mundo quería visitar y conocer la capital francesa. Solamente Londres pudo rivalizar con París. La ciudad consiguió desbancar a Roma como centro artístico europeo en el siglo de las luces. Los artistas europeos consideraban imprescindible para su formación y promoción una obligada visita a París, como antes había sido hacerlo a la ciudad eterna.

Efectivamente, el intento de despegarse de la herencia del Rey Sol provocó una clara decadencia de Versalles, y París no dejó pasar la oportunidad. Se convirtió en el lugar del placer, pero también de la sabiduría, de la discusión intelectual y del conocimiento en el siglo la Ilustración.

El centro de la vida social se encontraba en los Jardines de las Tullerías, mientras que el mentidero político se concentraría en el Palais Royal. Ese fue uno de los lugares donde nació la moderna opinión pública. A medida que avanzaba el siglo fue cambiando el centro de la vida galante de las Tullerías al Bulevar, que se urbanizaría desde la Puerta de Saint-Antoine y la Puerta de Saint-Martin.

La ciudad comenzó a remozarse, a cambiar su urbanismo. Se inició el trazado de los Campos Elíseos y se desató durante toda la centuria una gran actividad constructiva. A partir de 1750 y hasta la víspera de la Revolución se construyeron miles de casas.

En el terreno intelectual aparecieron los clubs, según el modelo británico. En sus salones se leían memorias, libros y se discutía de política. Significativo fue el club que tuvo su auge en la Plaza Vendôme en la década de los años veinte. También fueron muy activos los cafés que se abrieron y se llenaron de tertulias formadas por hombres de letras. Uno de los más destacados fue el café del Príncipe en la calle de la Antigua Comedia.

Pero el instrumento más genuinamente francés para la difusión de las letras, del saber, para el placer de la discusión y para el triunfo de las luces fue el de los salones. En la década de los treinta comenzaron a florecer sociedades y salones, generalmente presididos por mujeres destacadas de la nobleza y la alta burguesía. El primer salón importante sería el de la marquesa de Lambert entre 1710 y 1733, y donde se debatió mucho de jansenismo. Madame de Tencin reinó en el suyo entre 1726 y 1749, destacándose por las discusiones en materia literaria, aunque sin abandonar la política. También fue importante el de Madame de Deffand, un lugar donde muchos extranjeros fueron acogidos y donde se discutía de filosofía. A mitad del siglo el trono de los salones fue presidido, sin lugar a dudas, por Madame de Geoffrin, una mujer muy destacada y ambiciosa, de gran inteligencia y que acogió en su salón a escritores, sabios, artistas y personalidades extranjeras.

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