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El espectro de Virginia Woolf sigue caminando hacia las frías aguas del Ouse ¿hasta cuando?


Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción.

Virginia Woolf

Voy a dedicar esta colaboración para El Obrero a Virginia Woolf (1882-1941). Se han dicho muchas cosas de ella, mas especialmente en nuestro país, restan no pocas por descubrir, valorar, investigar y divulgar.

Suele concedérsele que fue autora de excelentes y significativas novelas, es cierto, pero no lo es menos, que fue mucho más que eso. Autora de penetrantes ensayos caracterizados por su lucidez analítica e indiscutible renovadora de la narrativa británica, con una honda influencia en el feminismo internacional.

Virginia Stephen fue una mujer culta y preparada. Los prejuicios de una sociedad con abundantes resortes patriarcales, levantaron ante ella obstáculos y barreras que fue venciendo o intentando debilitar con gran esfuerzo. Su familia era acomodada y, puede decirse sin exageración, que pertenecía al selecto núcleo cultural londinense. Posteriormente, formó parte del llamado “Grupo de Bloomsbury”, del que formaron parte entre otros, el escritor Edward Morgan Forster, el influyente economista John Maynard Keynes, los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, la pintora Dora Carrington y el viajero y antropólogo Gerald Brenan, que se afincaría posteriormente, en la Alpujarra granadina.

Quizás, lo que más me sigue impresionando de Virginia Woolf es su atrevimiento para romper convenciones y lugares comunes. Sea cual sea el tema de sus novelas no hace otra cosa que hablar de sí misma, casi siempre en ‘sotto voce’. Pone de manifiesto, de forma velada en unos casos y, directamente en otros, sus dudas, desalientos, angustias y frustraciones. No fue en absoluto frágil, al contrario, era mucho más fuerte de lo que parecía.

Puede sostenerse que fue redescubierta en la década de los setenta, donde su célebre ensayo ‘A room of one's own’ (Una habitación propia), que data de 1929 pero que tardó cuarenta años en circular abiertamente, impulsado por el movimiento feminista a través de sus revistas y publicaciones de referencia. En nuestro país, una vez más, llegó tarde, ya que apenas se habló de él hasta los años ochenta.

Al aproximarse a Virginia Woolf hay que elegir un punto de vista y, a partir de él ir estableciendo correlaciones, afinidades y contrastes. Voy a comenzar por un ensayo de María de Maeztu, directora de la Residencia de Señoritas de la Institución Libre de Enseñanza, profesora, escritora, pedagoga y feminista. Me parece muy interesante y digno de mención el aparecido en La Prensa bonaerense, bajo el título ‘Virginia Woolf: la mujer y la novela’, entre otras razones porque fue publicado el 1 de junio de 1941, es decir, el mismo año de la muerte de V. Woolf y, sobre todo, por las valoraciones, intuiciones y análisis críticos que, en muchos casos se adelantaron décadas a los juicios, considerados más sesudos de cierta crítica.

Son los años de exilio de María de Maeztu en Latinoamérica, especialmente en Argentina. Escribe con una libertad que hubiera sido imposible en la dictadura franquista, caracterizada por una censura férrea, una represión inquisitorial, múltiples humillaciones a los vencidos y una implacable persecución de las libertades y el pensamiento. Nuestro país permaneció mucho tiempo bajo una bota totalitaria.

Pasemos a analizar, someramente, alguno de los hallazgos y opiniones sostenidos por María de Maeztu. Señala que es la primera novelista inglesa del siglo XX y, también que creó un nuevo estilo en la novela.

Nos habla del sufragismo inglés, de sus manifestaciones y de su ‘Votes for women’ escrito con tiza en las aceras, junto a algún dato que haríamos bien en retener como la marcha de trescientas mil mujeres vestidas de blanco, que recorrió las calles, reclamando sus derechos.

¿Qué destaca María de Maeztu de Virginia Woolf? Su empeño por disponer de un lugar privado y propio en el que poder concentrar su pensamiento y escribir. Asimismo, nos informa, con sutileza, que en 1928 las alumnas de un ‘college of women’ le solicitan una conferencia sobre la mujer y la novela. Virginia Woolf se las arregla para al dar forma a esta conferencia –que publicaría más tarde-. Aborda los puntos esenciales de los problemas feministas, eso sí centrándose en los aspectos culturales, el cómo y el porqué se ha impedido a la mujer realizar obras filosóficas o científicas de valor, señalando, como no podía ser menos, que no es por falta de talento sino por no disponer de las condiciones mínimas requeridas.

Se da cuenta de que la novela es por encima de todo un instrumento y un símbolo muy apto para reflejar en sus páginas aspectos de la realidad que, hasta la fecha no solo no se habían destacado sino que permanecían las más de las veces en penumbra. Trata estos supuestos desde un punto de vista original y diferente, es decir, incorpora lo que hoy llamamos una perspectiva de género. Con valentía no exenta de rigor, se esfuerza en dar la vuelta a determinadas ideas y conceptos que se tenían por canónicos, por ejemplo cuando afirma que ‘no es que el trabajo nos haga libres, como pretendía Marx, sino que, para trabajar, para producir obra creadora, necesitamos primero como conditio sine qua non ser libres.

Después de esta incursión en el ensayo de María de Maeztu, regresemos a Virginia Woolf. Es oportuno señalar que desde sus primeras obras, básicamente daba forma a sus observaciones sobre la sociedad en que vivía, sus contradicciones y su tedio. Tiene el mérito de haber dejado plasmado un diagnóstico certero sobre lo que le ocurría y las injusticias y atropellos que se producían a su alrededor.

Su literatura venía a ser un pasadizo secreto entre su mundo interior y la realidad. En más de un aspecto Virginia Woolf era un demiurgo que construye objetos simbólicos y les va insuflando vida. Puede leerse entre líneas su oposición dialéctica a la ideología, a la cultura y al ‘modus vivendi’ de la sociedad inglesa… que le hace chocar una y otra vez contra muros difícilmente franqueables.

Tenía una fuerza de voluntad, sencillamente admirable. No solía concederse ninguna tregua. Latía en su interior una rebeldía que no se amoldaba a las circunstancias. Acumula las derrotas amnésicas que durante generaciones, han ido sufriendo las mujeres británicas. El conservadurismo victoriano, estaba fuertemente arraigado y bajo unas formas educadas y corteses, adoptaba un carácter represivo y frustrante.

No era infrecuente que mostrase una actitud fría y distante. Venían siendo periódicas sus depresiones y sus crisis, que no quería manifestar. Se veía acosada por repentinos cambios de humor, mas procuraba que no afectasen a su producción literaria que, con pocas interrupciones mantuvo hasta su suicidio.

Fue atacada con dureza y sin compasión por una burguesía conservadora y fuertemente apegada a tradiciones desfasadas. Durante mucho tiempo sólo fue defendida por mujeres que bien adoptaban posiciones feministas o bien simpatizaban con su valentía y con su literatura rupturista.

Ha sido, por ejemplo, acusada de opiniones antisemitas. Puede que en algún momento deslizara alguna, pero no es menos cierto que se casó con el historiador y economista Leonard Woolf, judío y antifascista. La propia Virginia atacó a Hitler y al racismo criminal del Nacional-Socialismo. Algún que otro biógrafo cuenta que tanto Leonard Woolf como ella figuraban en las ominosas listas que los nazis hacían correr cuando pensaban que invadirían el Reino Unido y se atrevían a señalar quienes habían de ser abiertamente proscritos o eliminados.

Leonard y Virginia habían fundado juntos el prestigioso sello editorial “Hogarth Press”, que pronto se abriría paso y donde publicaron Thomas Stearns Elliot, Sigmund Freud y la propia Virginia.

No obstante, las más aceradas descalificaciones las recibió por su lesbianismo. Atacar a un autor o autora por sus tendencias sexuales es una aberración y deja en muy mal lugar a quien se presta a colaborar en esas ‘insidiosas campañas’ destinadas a hundir reputaciones pretendiendo anular a quien va dirigidas. Al menos, así ha venido sucediendo hasta hace pocos años.

El grupo Bloomsbury al que pertenecieron, decía estar en contra de la exclusividad sexual por ‘épater le bourgeois’ o por convicciones morales. Cuando Virginia conoció a Vita Sackville West tuvieron una relación afectiva que duró largo tiempo. De hecho y, este es un dato significativo, Virginia le dedicó su obra Orlando. Años más tarde, Nigel Nicolson hijo de Vita, lo considera como la carta de amor más larga y encantadora de la historia de la literatura.

Desde mi punto de vista, las obras que hay que leer o releer para conocer a la auténtica Virginia Woolf son: Mrs. Dalloway (1925), la ya mencionada Orlando: a biography (1928), Three guineas (1938) y por no citar más que una última Women and writing, que no fue traducida al castellano hasta 1981. Como ya hemos mencionado, el texto que el movimiento feminista ha utilizado como arma de lucha es Una habitación propia, que de hecho también ha servido para que muchas lectoras y lectores conocieran y se adentraran en su literatura.

Desde sus primeros libros su estilo es muy personal. Rompe deliberadamente muchos esquemas narrativos precedentes. La crítica, como ha ocurrido y seguirá ocurriendo, tardó mucho tiempo en apreciar su originalidad, su maestría técnica y su experimentalismo que le lleva a mezclar géneros, algo tan común hoy en la literatura. Podríamos calificar sus obras de intimistas, apenas hay acción y está más preocupada por profundizar en la conciencia de las protagonistas.

Era una mujer culta. Había leído al filósofo vitalista Henry Bergson. Tiene una incuestionable pericia en mostrar la vida intima de sus personajes a través del monólogo interior. Se preocupó –especialmente en sus ensayos- de hablar y de concienciar sobre la condición de la mujer, poniendo de relieve lo que tenía de arbitrario y de patriarcal, lo que podríamos denominar, la construcción de la identidad femenina. Si bien, las páginas de las que me parece inexcusable realizar una relectura, son aquellas en las que reivindican el papel de la mujer escritora.

Es siempre relevante conocer cuáles eran sus escritoras y escritores predilectos, es decir, aquellos que más influyeron en su literatura. Podemos citar en primer lugar, a Marcel Proust, mas también a James Joyce y a Henry James así como las escritoras, poco leídas en nuestro país Dorothy Richardson y Katherine Mansfield. Es patente su vanguardismo y su permanente intento de explorar la realidad, con ojos nuevos, con otra mirada que me atrevería a considerar de género.

Creo que es conveniente que nos refiramos a su trastorno bipolar ya que este, con altibajos, reaparecía con fuerza, le producía depresiones… y acabó conduciéndola al suicidio. Rota por dentro, dijo basta y no pudo resistir más.

Como la mujer decidida que era, un 28 de marzo de 1941 se puso su abrigo, llenó con piedras los bolsillos y se arrojó al río Ouse. Su cadáver tardó varias semanas en ser hallado. Su espectro sigue rondando ese lugar. La muerte es algo así como abrazar el vacio.

Últimamente han aparecido diversos estudios, fundamentalmente centrados en los aspectos feministas y lésbicos. Sin desdecir su importancia, me parece que debería ahondarse más en los estrictamente literarios y vanguardistas. Llevó a cabo una renovación significativa de la novela británica… quizás sea asimismo conveniente comentar cómo y de qué forma se han llevado al cine alguno de sus textos más representativos.

Permítaseme que cite una biografía, que publicó en 1972, su sobrino Quentin Bell y a la obra de Julia Briggs que analiza, con acierto, los textos más representativos de Virginia pretendiendo extraer consecuencias sobre su vida a través de sus páginas.

En numerosas ocasiones se definió como autodidacta. No por elección sino porque le estaba, prácticamente vetada, la formación humanística y científica que disfrutaban los varones. No obstante, al pertenecer a una familia acomodada y culta, tuvo al alcance de su mano desde una completa y selecta biblioteca, hasta la posibilidad de codearse con personajes ilustres del mundo cultural, científico y político del momento histórico que le tocó vivir.

Cuando después de su muerte, se publicaron sus cartas y diarios, fue posible disponer de un material de primera mano para interpretar mejor sus preferencias literarias, sus ambigüedades, sus secretos y obsesiones así como sus opiniones sobre la condición de la mujer o sobre las conquistas feministas que empezaban a hacerse patentes.

En sus libros pueden apreciarse abundantes elementos simbólicos y una riqueza metafórica, sencillamente magnífica. Otros elementos que están presentes son sus fantasmas familiares –en el Reino Unido como en España- toda familia que se precie, guarda algún ‘cadáver’ en el armario. De hecho, los enfrentamientos por el poder que tienen lugar en el seno de la familia, son un instrumento para denunciar el papel y la función que la mujer juega en la sociedad y cómo los esquemas patriarcales han provocado y siguen provocando la reclusión, la sumisión y la invisibilidad de la mujer.

Virginia Woolf a veces de forma indirecta, a veces de forma nítida, aboga por la rebeldía, la insumisión y la lucha de la mujer por conquistar los derechos y libertades que le son vedados y que le impiden desempeñar un rol social activo.

Caben pocas dudas de que se ha ganado a pulso un espacio como feminista pionera. Quizás, por eso, se debatía entre su rebeldía y su desesperación cada vez más evidente. Marca, con bastante claridad un antes y un después en la defensa de los derechos de las mujeres, a través de las reflexiones y comentarios de sus novelas y ensayos más audaces.

Naturalmente, queda mucho por decir sobre Virginia Woolf. Las páginas precedentes constatan tan sólo que su obra y su influencia pueden analizarse desde distintos puntos de vista, ópticas y perspectivas ideológicas.

Hoy, que el movimiento feminista es ya una realidad plenamente consolidada, la labor de quienes han contribuido a dar entidad, profundidad, elegancia y visibilidad a los derechos de la mujer y a remover los obstáculos para su realización, deben ser conocidos, valorados en su justo término y admirados.

Virginia Woolf, desde luego, se ha hecho acreedora de ocupar un lugar destacado en esta lucha por la dignidad e igualdad y por dotar de nuevos enfoques y exigencias a los retos feministas.

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