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Ryszard Kapuściński (1932-2007)


Ryszard Kapuściński. Ryszard Kapuściński.

No debemos consentir que el periodismo comprometido, tenga fecha de caducidad

Hoy son las manos la memoria. Pedro Salinas

Quienes tienen la paciencia de leer mis colaboraciones en El Obrero, saben que me gusta seguir un método que aunque, un tanto tortuoso, es eficaz. Para conocer un periodo histórico, sus coordenadas políticas, sociales, económicas y culturales es, muchas veces conveniente, elegir una figura representativa… e ir viendo como a lo largo de su vida se va haciendo presente, con sus luces y sus sombras, lo ineludible y crucial del tiempo en que vivió.

Hoy, vamos a hablar de Kapuściński y, a través de él, vamos a hacer un rastreo de la segunda mitad del siglo XX y de los inicios del XXI.

Lo primero que llama la atención es su cosmopolitismo, que por cierto, va mucho más allá de una visión eurocéntrica. Quizás haya sido el periodista y ensayista que haya comprendido mejor y que haya descrito con mayor acierto los conflictos, la situación y el presente y futuro del continente africano.

Tiene, asimismo, aproximaciones de un gran valor a Latinoamérica y, desde mi punto de vista, acierta de pleno a describir el desmoronamiento y la desintegración de la URSS.

Fue un viajero empedernido, le apasionaba lo que veía. Acostumbraba a documentarse a fondo, antes de emprender un viaje y no se limitaba a contar lo que sucedía sino que entendía –era un escritor, no podemos olvidarlo- que había que dar cuenta de lo contemplado y que los hechos están ahí, delante de nosotros, para que los interpretemos.

Atacado por unos, tergiversado por otros, su incansable búsqueda de la verdad es conmovedora. Quizás algunos lo que no le perdonan es la calidad de su prosa o el valor literario y político, en el sentido amplio del término, de muchas de sus páginas.

Escribe sus crónicas sin el menor atolondramiento. Su espíritu se mantiene sereno frente a los peligros, tribulaciones y amenazas que le rodean. Podría decirse que sus comentarios están escritos para el presente, es decir, para nosotros… y para los que han de venir, para los que no han vivido lo que está poniendo delante de los ojos pero ya forma parte de la memoria del futuro. No sólo describe y narra, sino que interpreta y elabora explicaciones e hipótesis de la importancia histórica de los sucesos, haciendo advertencias que haríamos muy mal en echar en saco roto.

Hay que enfrentarse a lo que tenemos delante con crudeza, con veracidad, sin detenernos ante el horror… mas no está mal como hace a menudo, dotar a su escritura de una cierta angustia metafísica. El dolor también forma parte de la realidad. No debemos aproximarnos en exceso a las aguas negras que rodean el Averno… pero tampoco, debemos dejarlas de lado porque están ahí marcando el paso de un continente olvidado o de cientos de miles de hombres y mujeres que luchan contra la enfermedad y la muerte por la supervivencia individual y colectiva

Ryszard Kapuściński intuye que quizás la vida sea indescifrable; aún así hemos de continuar haciendo un esfuerzo por interpretar lo que de residual y arcaico hay en lo que vemos y lo que de anticipatorio tiene la realidad emergente que se encamina hacia un futuro, no por incierto, menos apasionante y abierto.

Creo que es una gran suerte para sus lectores que tuviera una preocupación por la historia. Lo que hace no está tan lejos del ejemplo de los clásicos. Heródoto, al que adoraba y comprendió como pocos, Tucidides o Tito Livio que en su “Historia de Roma” nos ha aportado una visión dura, pero certera, de la historia. Tanto es así que uno de sus libros más hermoso e inteligentes lleva por título “Viajes con Heródoto”, donde se atreve, con arrojo, a trazar un paralelismo entre sus viajes como reportero con el ‘modus operandi’ del historiador griego.

Más adelante hablaremos de otras obras, mas me ha parecido inexcusable comparar lo que hace y como lo hace, con las descripciones y la interpretación del mundo que realiza Heródoto de Halicarnaso de la Grecia clásica.

Quizás sea interesante recordar que estudió historia en la universidad de Varsovia, aunque su vida estuvo consagrada a recorrer el mundo y a dar a conocer y explicar los conflictos sangrientos ocurridos en lugares, a los que no se presta atención. Una neblina de ignorancia y desinterés nos impide ver que una visión del mundo va desapareciendo… hundiéndose en el tiempo y otra, tal vez inquietante para el futuro de la humanidad, va ocupando su lugar paulatina pero perceptiblemente. Hay, sin embargo, quien es capaz de dar cuenta de ese momento de transición. Su mirada no es sólo la del periodista sino la del historiador que se auto impone el deber de contar, para que quede memoria de lo que está pasando ante nuestros ojos, sin que sepamos percibir su transcendencia.

Es hora de señalar algunos aspectos cruciales de su trayectoria que se reflejan en numerosas obras. Es muy útil dar valor y poner de relieve, que defiende insistentemente un tercer Mundo que logre abrirse paso y que formule sus aspiraciones frente a la lógica depredadora de las grandes potencias.

Fue testigo de la guerra fría, del reparto del mundo y de las situaciones de inestabilidad que produce un clima de belicosidad… que desplaza sus conflictos frecuentemente, a lugares del tercer mundo.

Otro punto de vista sin duda interesante y que merece la pena repensar, son sus comentarios, experiencias e ideas sobre los entresijos de la globalización. Como buen observador no fija su atención sólo en los aspectos políticos, sino que analiza las repercusiones económicas y culturales y adelanta algunos criterios muy útiles sobre los medios de comunicación en un mundo globalizado. ¿A quienes sirven?, ¿quién los utiliza para sus fines de dominación?, ¿pueden coadyuvar a la democratización y al control social de los gobiernos por parte de los ciudadanos? Estas preguntas quedan, de momento en el aire, pero tiene un gran mérito el mero hecho de haberlas formulado.

Profundicemos un poco sobre algunas de sus obras y las líneas metodológicas que sigue para aprehender la realidad. Prestó atención como no se había hecho hasta la fecha, al continente africano y cuanto en él se estaba manifestando. Había que ir más allá de los golpes de estado y de las revoluciones que estaban teniendo lugar. Reconocerán los lectores que son brillantes y anticipatorios sus viajes, experiencias y comentarios sobre los países en vías de desarrollo. ¿Acaso alguien puede pensar que las consecuencias de la descolonización, de los periodos de inestabilidad que siguieron al fin de los imperios coloniales, no iban a traer consecuencias de un inequívoco valor geopolítico, trastocando no poco algunas cosas?

Alguno de sus libros de mucha enjundia, sobre el continente africano, que van mucho más allá de lo que las apariencias indican y que requieren, por tanto, una interpretación rigurosa, son “El emperador” donde se enfrenta a una región y a la poderosa, cruel y sanguinaria figura de Haile Selassie. Este inteligente texto no sólo sirve como aproximación a Etiopía, sino que muchos de sus análisis son extrapolables a otras regiones centroafricanas. Igualmente, me parece de sumo interés “Un día más con vida”, donde describe y analiza la descolonización de Angola, la guerra civil que asoló al país, la corrupción de la administración portuguesa y las interferencias de otras potencias o futuras potencias, que pretendían hacerse con el control de la zona y, sobre todo, con sus productos energéticos y minerales de alto valor. En otros libros dedica páginas a incidir sobre esta realidad, sin embargo, el que me parece de mayor rigor, acierto analítico y también el más conocido, es “Ébano” donde, a través de relatos cortos y vibrantes, muestra la realidad sangrante y empobrecedora de la retahíla de guerras civiles que han asolado el continente.

Diversos países han logrado su independencia política, mas las consecuencias del periodo de colonización son palpables. El analfabetismo, la corrupción, la carencia de servicios mínimos, las enfermedades más lacerantes, la incultura, la dramática ausencia de posibilidades de supervivencia, siguen siendo cicatrices que todavía están abiertas y que de paso explican el grave problema de las migraciones, de quienes huyen de unas condiciones insoportables en busca de lo que creen paraísos y para ellos, frecuentemente, se torna en infierno.

Es oportuno señalar que Kapuściński era un buen conocedor de nuestro país, de hecho, hablaba y escribía en castellano con fluidez, colaboraba en algunos de nuestros medios de comunicación. La mayor parte de sus obras están publicadas en la editorial Anagrama y son fácilmente accesibles. Desde luego, merece la pena consultarlo, releerlo y repensarlo porque es de gran ayuda para comprender la segunda mitad del siglo XX.

Su vida fue apasionante. A lo largo de las páginas de sus libros nos habla, nada menos que de veintisiete revoluciones y de las innumerables veces en que estuvo en peligro. Fue detenido en múltiples ocasiones y en cuatro estuvo condenado a muerte, escapando por los pelos.

En este primer día del mes de mayo de 2021, Día Internacional del Trabajo, donde se rememora en las calles, mediante manifestaciones reivindicativas y de afirmación, el esfuerzo que ha costado conseguir libertades democráticas y derechos cívicos y laborales, me parece como homenaje a Kapuściński oportuno recordar, que para él la escritura y la literatura eran una forma de encontrar la libertad.

Digo esto porque cuando se hace un uso espurio, ridículo y mendaz de la libertad, no sólo se prostituye un término arrancándole lo mejor de su contenido semántico sino que se incurre en una mendacidad y se hace ostentación de una incultura desconocedora de la historia y de la larga lucha en pos de su consecución.

Con cuanto hemos plasmado en estas reflexiones, no hemos agotado ni mucho menos, lo que de novedoso, inteligente y apasionante tiene el legado de Kapuściński.

Pienso que transcurrido ya un periodo suficiente, para analizar con una cierta perspectiva histórica la desmembración de la URSS, debe releerse su impresionante “Imperio” donde describe sus recuerdos, viajes y experiencias desde su infancia. Téngase en cuenta que su nacionalidad era polaca, aunque hoy, su ciudad natal pertenezca a Bielorrusia. Sus padres fueron profesores que hubieron de desplazarse para encontrar acomodo en una sociedad pobre y sin futuro.

Son igualmente de gran interés, sus comentarios y análisis cuando va recorriendo, en un itinerario que va engarzando con notas sociológicas y culturales, algunas de las repúblicas de la antigua URSS que va visitando.

Ha llegado el momento de señalar que a principios del presente siglo, en el 2002, obtuvo el premio Príncipe de Asturias de Comunicación. En la entrega del premio se hizo constar que se había hecho merecedor de él, por su defensa de los más desfavorecidos y por su independencia, que supo resistir los ataques de todo signo.

No puedo dejar de referirme a su amistad con Gabriel García Márquez. Conoció al autor de “Cien años de soledad” y lo que en principio fueron colaboraciones esporádicas, se convirtieron más tarde, en la fructífera labor que llevó a cabo en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por el Nobel colombiano, donde dejó sobradas muestras de su sabiduría y de sus inquietudes periodísticas y sociales que ya había puesto de manifiesto en alguna de las universidades donde impartió cursos.

Tenía un sentido del humor peculiar. Era triste pero estaba dotado de un ingenio, a veces hiriente, que recuerda en algunos momentos a Frank Kafka. En más de una ocasión, por ejemplo en algunas entrevistas, comentó que su trabajo no consistía ‘en pisar cucarachas sino en encender la luz para que la gente pueda ver como las cucarachas tienden a ocultarse’. Su obra “Ébano” a la que antes hemos aludido, tal vez sea la más conocida, leída y apreciada. No me resisto a comentar que fue galardonada con el prestigioso premio Viareggio, también, obtuvo el premio Letterario Elsa Morante. Entre sus múltiples distinciones figura, asimismo, la de ser miembro de la Academia Europea de Ciencias y Artes.

Sus crónicas permiten conocer e interpretar los acontecimientos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Sus libros siguen teniendo actualidad, quizás porque los cambios históricos son lentos y todo, o casi todo, lo que describe sigue ahí con sus miserias, sus abusos de poder, sus ambiciones y su infinita crueldad.

Sus páginas no saben a ‘sangre reseca’ sino que están vivas, humana y desgarradamente vivas. Comprendió que la realidad, en buena parte, era una esfinge. Con paciencia y clarividencia se propuso desentrañarla, atisbando sus peligros, mas pensando que la empresa merecía la pena.

El oficio de reportero es hondamente peligroso. Desde nuestra posición cómoda, a veces nos gusta leer lo que otros escriben sobre lugares alejados de nuestros intereses cotidianos y sobre los que apenas nos llegan noticias e informaciones fragmentarias ‘a cuenta gotas’. A veces corremos un tupido velo porque no queremos saber lo que pasa. Nos hemos hecho insensibles y ya no nos afectan, siquiera, los genocidios, hambrunas, amputaciones, violaciones, ni atropellos masivos e inhumanos.

Hace pocos días, sin ir más lejos, han sido asesinados en una emboscada, cuando rodaban un documental sobre la caza furtiva, David Beriain y Roberto Fraile. Son los últimos de una larga lista. Contar lo que pasa es arriesgado y hay que tener arrojo para entrometerse en medio de estados fallidos, fuerzas paramilitares que acampan a sus anchas, venganzas étnicas, guerras civiles y unas redes de violencia, corrupción y abuso de poder de las que es difícil sustraerse.

A su mirada cargada de futuro se le escapaban pocas cosas. Quizás porque la sombra sabia y repleta de anticipaciones de Heródoto, le acompañaba siempre o casi siempre. Describía las situaciones más duras sin alharacas y con una prosa limpia quizás, por eso, era envidiado. Un reportero no debe ser épico ni dejarse atrapar por el maniqueísmo. Eso sí, cuando es necesario debe dar las oportunas voces de alarma y advertir lo que de tétrico y grotesco se esconde bajo las alfombras de todos los poderes.

Despertó múltiples recelos. La condición humana es la que es y quien logra el triunfo y el reconocimiento se expone a ataques despiadados. Sigo leyendo los hermosos libros de Manu Leguineche que, tampoco, escapó a las feroces invectivas de los envidiosos que, desde su mediocridad, no podían soportar su grandeza.

Ryszard Kapuściński fue un ensayista brillante que, desde los años sesenta, no sólo compaginó sus crónicas con la actividad literaria, sino que sus crónicas son literatura y, de la buena, sin perder por eso rigor y verosimilitud.

Su preocupación por los cambios geopolíticos que se operaban le acompañó siempre. En un libro que, también, merece la pena leer “El mundo de hoy” reflexiona y extrae consecuencias oportunas sobre las repercusiones y las relaciones de causa-efecto de acontecimientos como el 11-S y donde nos deja, entre otras cosas, una serie de ideas y comentarios para que comprendamos mejor el mundo en que vivimos. En cierto modo, es una autobiografía intelectual.

Todo lo que salía de su pluma era inquietante, pero convenía y conviene tenerlo muy presente. Sus comentarios eran de primera mano. Las suyas son advertencias sutiles de un observador de la realidad y de las amenazas latentes que acechan en distintas partes del mundo.

Sus crónicas son a veces fronterizas, narra pero intuye, describe pero extrae consecuencias… y, desde mi punto de vista, eso lo engrandece. Colaboró en diarios y revistas prestigiosos como Time, The New York Times o Frankfurter Allgemeine Zeitung, entre otros, lo que no estaba al alcance de cualquiera. Puede ser considerado, sin exageración, uno de los grandes maestros del periodismo moderno y uno de los mejores reporteros internacionales.

Era consciente del valor de la palabra… y de la memoria. Le gustaba definirse a sí mismo como periodista narrativo. Suyas son estas elocuentes palabras “nosotros nos vamos y nunca más regresaremos, mas lo que escribimos sobre las personas, se queda con ellas el resto de su vida”.

No cesó de buscar explicaciones para penetrar y comprender las coordenadas de la realidad que permanecían en penumbra... poco exploradas.

Desde muy joven supo rebelarse contra el pragmatismo populista que ya empezaba a anunciar los estragos que causaría después. Pensaba que los europeos pagaremos muy caro la renuncia –más implícita que explicita- a los valores de la Ilustración.

Su método de investigación, en un contexto de múltiples disoluciones y derrumbamientos, era analítico, crítico, perspicaz y, en cierto modo, empírico. Despreciaba tanto los narcisismos redentores que causaron en el pasado daños profundos y en el presente siguen conservando su latente afán destructor como reducir la complejidad de lo real a esquemas simplistas y superficiales.

Kapuściński siempre está presto a ‘remontar el vuelo’. Los hechos son tozudos. Están ahí y no hay quien los mueva, mas necesitan interpretarse. Su mirada es, por tanto, inquisitiva. Los ciudadanos necesitan comprender para comprenderse… a veces, la distancia con respecto a los hechos es una buena ocasión para entender lo que nos está ocurriendo… o lo que tal vez, no falta mucho tiempo para que ocurra.

Como todo periodista y escritor de raza, poseía un verbo enérgico e hiriente y un coraje cívico para plasmar sobre la página en blanco sus anhelos humanistas insatisfechos.

Mucho más puede decirse sobre las crónicas y apuntes de Ryszard Kapuściński, mas como en otras ocasiones, es el momento de detenerse aquí y dejar que el lector inquieto, si estas palabras lo han motivado, inicie la lectura de sus obras y compruebe, por sí mismo, las anticipaciones, la grandeza, la amargura pero también, el humanismo y la esperanza que irradian su literatura y su pensamiento.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.