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EL PERIÓDICO
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Eugenio Espejo (1747-1795)


Uno de los primeros y más genuinos representantes de la ilustración en Latinoamérica, quiteño, partidario de reformas sociales, patriota y un defensor decidido a favor de la vacunación

“La verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso del presente, advertencia de lo porvenir”

Miguel de Cervantes

El Quijote, I Parte, Capítulo IX

La Historia, si se saben extraer las lecciones que nos proporciona, puede ser desde luego, maestra de la vida. Un periodo al que no se le suele prestar ni por asomo, la debida atención, es la situación de las Colonias españolas en la segunda mitad del XVIII y a principios del XIX. Quizás porque las consecuencias de una información veraz son tan poco halagüeñas como demoledoras: falta de higiene, mala administración, corrupción y una actitud abusiva y cruel de españoles y criollos hacia los mestizos, indígenas y negros.

Precisamente por eso, figuras de la talla y del interés de Francisco Eugenio de Santa Cruz Espejo, en adelante Eugenio Espejo, tienen un valor incuestionable porque su vida y su obra nos hacen conocer mejor, la angustiosa situación que se vivía en las Colonias en ese periodo.

En nuestro país las ideas ilustradas tuvieron un alcance harto limitado. El absolutismo, las supersticiones, el inmovilismo y la fuerte tendencia a impedir la libre circulación de ideas ocasionaron una cerrazón, un atraso y que los principios de la Ilustración solo tuvieran arraigo en determinados círculos. Jovellanos es una figura emblemática y hubo más, sobre todo aquellos a los que se denominó ‘afrancesados’, más el hecho de que estas ideas no estuvieran bien vistas, las descalificaciones de los representantes religiosos y una censura férrea impidieron su propagación. Si esto fue así en la Península, podemos imaginarnos las enormes dificultades que tuvieron para implantarse y ejercer una cierta influencia en las Colonias de ultramar. De ahí que un intelectual y reformista como Eugenio Espejo que se desenvolvió en la segunda mitad del siglo XVIII, sea por una parte digno de estudio y por otra, una muestra de que la voluntad y la constancia pueden romper barreras… y dejar huella, aún en las peores condiciones.

Tuvo que abrirse paso en un ambiente claramente hostil. Mestizos e indígenas sufrían una marginación ostensible. Pese a ello, fue un médico notable y prestigioso, un polígrafo con una buena formación clásica y un estilo satírico un tanto hiriente. Con valentía atacó supersticiones, defendió cambios de carácter higienista y se mostró partidario de reformas sociales. Por si todo esto fuese poco, estuvo vinculado a ‘determinados círculos’ de donde surgieron algunos de los hombres que lucharon y consiguieron la independencia de las Colonias.

Antes de continuar, sin duda será de utilidad, comentar cuáles eran las ideas ilustradas de mayor peso. La primera de todas es la confianza en la razón. Quizás, la segunda sea la convicción de que la ciencia traería el progreso a los pueblos y actuaría como un instrumento emancipador.

No suele hacerse excesivo hincapié en que el iusnaturalismo se abría paso proclamando principios como ‘que todos los seres humanos debían gozar de unos derechos básicos’. Se atrevían a criticar e incluso a poner en solfa que la tradición fuese, en modo alguno, fuente de verdad ni de legitimidad.

Fueron innovadores, confiaron en la idea de progreso, creían en la libertad y en la igualdad y sobre todo, en que había que mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos. De ahí, que fueran fervorosos partidarios de la educación como una herramienta de movilidad y de igualación social. Había que hacer llegar los conocimientos a quienes hasta ahora habían estado privados de ellos.

Para el avance de las sociedades, los estudios de carácter empírico eran substanciales. Había que poner coto a las vaguedades metafísicas y a una hueca y estéril casuística escolástica.

En las Colonias, el modelo que había estado vigente, presentaba síntomas de decadencia evidentes. El malestar crecía y la pérdida de influencia y poder de la metrópoli se hacía cada día más ostensible… si sabían observarse los hechos detenidamente. Las diferencias sociales eran un pozo insondable, la situación no tenía salida y la conciencia de fracaso era cada vez mayor.

Tal vez por eso, los ‘mandatarios’ fomentaban el miedo y la falta de seguridad como resortes para sojuzgar a la población. La religión, aliada con el poder político, realizaba una tarea de legitimación de lo establecido, anunciando condenas eternas a quienes se atrevían a cuestionarlo. A mayor incultura, mayor sometimiento. Ese parecía ser su leitmotiv. Ahora bien todo poder, aunque intente ocultarlo, se mueve en un equilibrio inestable. Se vislumbraban cambios contundentes en el horizonte, más en el ínterin el poder y quienes controlaban la marcha de la sociedad, desconfiaban y perseguían toda innovación.

A Eugenio Espejo se le considera, con razón, uno de los inspiradores del movimiento independentista. Dotado de un espíritu inquieto, fue uno de los primeros periodistas e intentó difundir los ideales de la Ilustración.

De firmes convicciones reformistas, denunció las pésimas condiciones sanitarias del Ecuador colonial y como médico, realizó todos los esfuerzos a su alcance para paliarlas. Me parecen esenciales y desde luego, muy avanzadas sus atentas y pertinentes observaciones. No sería exagerado llamarlas investigaciones sobre los microorganismos, en las que en determinados aspectos, se adelantó a Luis Pasteur. Igualmente, ponía el dedo en la llaga en lo que favorecía la expansión de las enfermedades, por ejemplo, la abundancia de basura en las calles, foco de infecciones o la costumbre de enterrar a los ‘quiteños’ ilustres en el interior de las iglesias, otro foco de enfermedades, insistía asimismo, en la necesidad de alejar los cementerios del casco urbano. Por si esto fuera poco, también expone consejos muy pertinentes, sobre lo que sería útil y saludable para prevenir su expansión. Por tanto, no puede causarnos ninguna extrañeza que fuera perseguido por los tradicionalistas e inmovilistas.

La población indígena era explotada con muy pocos miramientos. El analfabetismo alcanzaba cifras espeluznantes. La educación era memorística, anticuada, y basada en una metafísica escolástica. Por si esto fuera poco, las nuevas ideas eran notablemente mal vistas y rechazadas por parte de la administración colonial.

Un dato bastará para ilustrar tanto atraso. En la década de 1790 la ciudad de Quito solo contaba con dos médicos. Espejo lo sabía muy bien, pues era uno de ellos. Estaba muy extendida la presencia de curanderos que contribuían a empeorar más, la ya de por sí penosa situación; aderécese todo esto con prejuicios raciales y ante nosotros tendremos un panorama desolador.

Parecer ser que su padre era quechua y su madre mulata. ¿Cómo alcanzó, entonces, estudios? Es que también, proliferaba la falsificación de documentos, ¡poderoso caballero es don dinero! Su certificado de muerte, por si cabían dudas, fue registrado en el libro de indígenas, mestizos, negros y mulatos.

Hábil y escurridizo como era, escribió sus obras bajo distintos pseudónimos. Evidentemente, esta artimaña no tardaría mucho tiempo en ser descubierta. Su estilo satírico se asemeja, en cierto modo, al de Luciano de Samosata y al igual que este, algunas de sus obras eran dialogadas. Escribía con sencillez para ser entendido por todos. Es de imaginar la airada reacción de las autoridades coloniales a sus acusaciones de corrupción. No tardaron en tacharlo de enemigo público y de subversivo… y lo persiguieron hasta dar con sus huesos en la cárcel.

Antes de esto, recibió el encargo de escribir un informe o tratado sobre la viruela, un problema, -una pandemia diríamos hoy- que azotaba Quito. Eugenio Espejo respondió a la ‘invitación’ del Cabildo dando forma a un texto emblemático: “Reflexiones acerca de un método para preservar a los pueblos de las Viruelas” (así en plural).

¿Cómo fue recibido este informa? Mal, muy mal. Sus críticas a la sanidad pública ponían de manifiesto la incompetencia de las autoridades. Pese a ello, hoy se le considera un documento histórico, de primer nivel, sobre las condiciones insalubres de las Colonias, incluso tuvo que abandonar Quito por haberse atrevido a decir la verdad.

¿Cuáles fueron sus más destacadas realizaciones? Llevó a cabo ímprobos esfuerzos para instaurar la Escuela de la Concordia, más tarde denominada Sociedad Patriótica de Amigos del País de Quito. Obvio es señalar que las sociedades de amigos del país, fueron herramientas útiles para incidir en la necesidad de reformas, mejorar la instrucción y contribuir al progreso. En la metrópoli fueron numerosas, ahí están entre otros, los textos de Jovellanos, Larra y posteriormente Galdós. Sin embargo, no fueron muchas ni influyentes las que se crearon en las Colonias. De ahí el mérito de Eugenio Espejo.

Fue, asimismo, pionero al crear la primera Biblioteca Nacional de Quito, de la que fue su primer director y que se formó tras la expulsión de los Jesuitas por Carlos III. Contaba con la friolera de cuarenta mil volúmenes. ¡No está mal para comenzar una tarea de transmisión de los conocimientos!

Recuerdo a los lectores que puso en marcha una empresa de envergadura, ya que constituía una herramienta eficaz para favorecer el progreso y para divulgar las ideas ilustradas.

¿Qué temas se abordaban en las reuniones de la Sociedad Patriótica de Amigos del País? Entre otros, educativos, políticos, sociales así como las dificultades a vencer, para el desarrollo de las ciencias físicas y naturales.

Un hombre tan inquieto, trabajador y avispado como Eugenio Espejo, también, llevó a cabo otras tareas innovadoras. Me parece de singular interés que fundara “Primicias de la cultura de Quito” primera publicación que difundió ideas liberales que ya se extendían por otras Colonias.

La experiencia, lamentablemente, no duró mucho. Carlos IV ordenó disolver la Sociedad Patriótica y ahí, finalizó la andadura del periódico.

Puede constatarse que pretendía despertar entre los sectores más inquietos un espíritu rebelde, llegando incluso a mostrarse partidario de la igualdad entre indígenas y criollos y, lo que resulta aún más innovador, favorecer los derechos de las mujeres. Mostró una incuestionable disposición por cambiar lo que consideraba despótico, injusto y contrario a la idea de progreso. Tanta valentía habría de costarle cara, tal y como sucedió.

Se sintió atraído por las ideas innovadoras y, en cierto modo iconoclastas, de Fray Benito Feijoo y Montenegro. Otro pensador al que leyó, con provecho, fue Adam Smith. Consideraba las reformas que pretendía, de carácter comercial y agrícola, positivas y así lo expuso abiertamente en diversas ocasiones.

A estas alturas de nuestro breve ensayo conviene preguntarnos ¿Cuáles eran las principales cualidades de Eugenio Espejo? Entre otras: voluntad decidida y ardiente, escepticismo moderado y crítico, astucia para enfrentarse a sus enemigos, capacidad de trabajo, inteligencia y firme compromiso con los principios de la Ilustración. Probablemente, se podrían añadir otras, sin embargo, son esas, a mi juicio, las que acompañan su limpia trayectoria de forma más clara.

Vivió, con honestidad intelectual. Protagonizó las líneas estratégicas que consideraba indispensables para mejorar a los sectores más desfavorecidos, huyendo, eso sí, de la trivialidad, de la afectación y de toda actitud servil hacia los poderosos.

Con respecto a los avances científicos, la sombría realidad colonial era un reloj que se atrasaba en demasía. Perteneció a esa especie de pensadores y activistas que ayudan a fecundar el entendimiento ajeno y mueven a la comprensión del mundo y del hombre.

Nos resta un tema un tanto espinoso por abordar. Dada la situación de las Colonias, la explotación que sufrían los indígenas, la corrupción reinante y el absolutismo cerrado, a cal y canto, a cualquier innovación… la lucha por la independencia se iba abriendo camino. No hay más que echar una ojeada a alguno de los personajes históricos con los que convivió en distintos momentos, que gozaron de su amistad y que fueron influenciados por sus ideas, planteamientos y puntos de vista. Pensemos, por ejemplo en Antonio Nariño, Francisco Antonio Zea, Juan Pío Montufar, Juan de Dios Morales o Juan de Salinas, algunos de los cuales junto con Rodríguez Quiroga, pusieron en marcha el Movimiento que culminó con la independencia de lo que es hoy Ecuador.

Un crítico y erudito tan poco afín a las ideas liberales, innovadoras e ilustradas como Marcelino Menéndez y Pelayo, lo considera el más antiguo de los críticos literarios latinoamericanos y alababa su cultura, erudición y estilo.

Su legado alcanza a ámbitos como el pedagógico, donde defiende que la educación es una herramienta para formar buenos ciudadanos y, en modo alguno, la mera transmisión de conocimientos. Es igualmente precursor de un planteamiento sociológico, por ser este el método que utiliza para analizar la realidad político-social de las Colonias.

De entre sus obras voy a señalar tan solo tres, de las que hemos abordado en este ensayo algunas ideas. La primera “El nuevo Luciano de Quito” (1779), donde muestra sus habilidades y aguijonazos satíricos. La segunda “Reflexiones acerca de un método para preservar a los pueblos de las viruelas” (1785), un documento histórico de gran interés tanto por los diagnósticos que realiza, como por las observaciones y sugerencias que plantea. La tercera, no es otra que “Discurso sobre la necesidad de establecer una sociedad patriótica con el nombre de ‘Escuela de la Concordia’” (1789). Ya nos hemos referido a la importancia de esta empresa y a los caminos que, contribuyó a abrir esta sociedad ilustrada de amigos del país, hasta que fue prohibida y cerrada por orden del autoritario y torpe monarca Carlos IV.

Son también, de notable interés sus críticas a las malas prácticas, como que los sacerdotes ejercieran la medicina sin ser médicos o el opresivo y abusivo control eclesiástico sobre los estratos más vulnerables.

Han aparecido, recientemente, publicaciones sobre Eugenio Espejo que conviene consultar para profundizar en su figura y su entorno. Una de ellas es de Germán Rodas y lleva por título: “Las reflexiones de Espejo: precursoras del cambio social”, describe, asimismo, su estancia en Bogotá, los círculos en que se movió y las ideas que asimiló y difundió a su vuelta a Quito, así como, su contacto con logias masónicas de carácter liberal.

Otra publicación que merece la pena consultar es: “Las ideas de un quiteño subversivo: Eugenio Espejo”, de José Luis Sánchez. Este texto incorpora aspectos novedosos al informarnos de un Espejo desconocido para muchos y de su proyección histórica vinculada con el movimiento independentista.

Hay hombres que son ‘claves’ para interpretar un periodo y su contexto histórico y cultural. Ha habido y sigue habiendo un profundo desconocimiento sobre la realidad política, social y económica de las Colonias, en la segunda mitad del siglo XVIII. Son años de gran importancia para explicar por qué y cómo se fue formando un estado de opinión favorable a la independencia.

Considero que la figura de Eugenio Espejo ha sido tan poco conocida como injustamente tratada. Invito a los lectores interesados a proseguir alguna de las líneas que he sugerido en este breve ensayo y, desde luego a prestar mayor atención a un ilustrado y precursor de tantas innovaciones.

Hoy, su venerable figura presenta nuevos perfiles atractivos. Cuando lamentablemente y, en medio de esta pandemia surgen negacionistas, aquí y allá y personas que se resisten, intoxicadas por las redes sociales, a vacunarse… No puedo dejar de recordar, porque la historia es maestra de la vida, que Eugenio Espejo defendió la vacunación con ahínco como la mejor forma de combatir la viruela.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.