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Las palomas ya no temen volar bajo: recorriendo Chueca


La Plaza de Chueca / © Miguel Navia La Plaza de Chueca / © Miguel Navia

¡Qué gusto caminar a primera hora de la mañana por ese barrio tan castigado!

Bueno, eso era antes…; sí, recuerdo que a mi llegada a Madrid muchos años atrás, daba miedo pasear por sus calles.

Desde hace tiempo es un auténtico placer mezclarse con su vecindad tan variopinta.

No se trata solo de un colectivo visible y reivindicativo. Diseño, cafés, música y colores. Tranquilidad y alguna que otra paloma que no se asusta de la presencia de pies con piernas mezclados entre sus patas.

Locales de poesía y tertulias literarias, bistrots sofisticados y panaderías refinadas y exquisitas, guirnaldas que animan a pasar al interior de establecimientos curiosos; teatro y hoteles. Librerías espaciosas de mente.

Un mosaico de seguidores de la moda “del rollo”, “cayetanos”, “hípsters”…

Algún que otro escenógrafo nos sugiere cómo anudar el fular de seda, y la mejor manera de prender el broche para lucirlo en la solapa (siempre en la izquierda, por cierto).

Gente de barrio encantada de vivir en un ámbito madrileño abierto a tantas ideologías, pensares y actuaciones.

Ese quiosco que despliega su mercancía a ojos vista. Mercados y olores.

San Marcos, Pelayo y Luis de Góngora. Se abren las persianas a las 11.00 de la mañana y la sonrisa puesta para todo aquel que los visita.

Libertad, Belén y Gravina.

Edificios remozados, esquinas aprovechadas, banderas, rincones pintorescos, flores y plantas luciendo fachadas muy parecidas de suaves tonalidades.

Vanguardia y clasicismo; vericuetos sin estrecheces y plazas.

Varias palomas se cruzan a nuestro paso, habituadas a su estancia con los humanos.

Ambiente, orgullo y copas. Comida excelente, construcciones singulares y museos.

San Lucas, Augusto Figueroa y San Marcos.

Calma. Un tentempié saludable para continuar callejeando. Y da igual pasar dos veces por el mismo sitio. Nuevos descubrimientos y recovecos particulares. Placidez.

Carritos de la compra a San Antón, beatas a las “Góngoras”, funcionarios a las “Siete chimeneas”.

Sin rozar la Gran Vía, un universo complaciente y moderno. Pocos coches, sin prisa y gran dedicación. Esmero e interés. Ganas de hablar y de pasar un buen rato entre espejos y vestidores. Decoración esmerada y mucho gusto. Formas estilizadas.

Buen tono y mejor entonación. Los ojos expresan sosiego. Una quietud vacacional y ociosa salpicada de brotes sorprendentes: me imagino a la felina Zapaquilda en La Gatomaquia de Lope escudriñando…

Luz en los escaparates, carteles atractivos, puertas abiertas, terrazas primaverales.

Y… palomas revoloteando a nuestro alrededor.

Vecinos, amigos y visitantes. Con mascarilla y distanciados, afables siempre.

Perros con dueños, motos insonoras, rodadas suaves, aceras limpias y balcones arbolados.

Respeto y convivencia. Conocer y compartir. Disfrutar de ese oasis capitalino. Cada uno a lo suyo sin molestar. Modelo de la movida ochentera, hoy referente internacional. Sensación de comodidad. Sin apreturas.

Un saludo, una invitación, más calles y mucho paseo. Avanza la mañana y prometemos volver otro día. Muy pronto.

Las palomas se han acostumbrado a nosotros.

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