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EL PERIÓDICO
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Historia de la psiquiatría con fondo de novela realista


Benito Pérez Galdós. / Archivo. Benito Pérez Galdós. / Archivo.

Cuando los estudiosos de Historia de la Psiquiatría tratan de describir las condiciones en las que se desarrollaba la asistencia psiquiátrica en la España del siglo XIX, suelen hacer referencia, entre otros documentos, a datos recogidos por escritores de la época, entre los que Galdós o Pardo Bazán no suelen faltar1.

Al leer las novelas de Galdós, seguramente se podría pensar que el escritor canario exagera en la descripción de alguna de sus escenas, en la exposición de alguno de los rasgos de personalidad o de los síntomas de algunos de sus personajes, quizá con la intención de llegar más allá en la crítica de algunos aspectos de la sociedad de su tiempo. Sin embargo, no hay exageración alguna. Sus descripciones se ajustan totalmente a la realidad. Cuando un psiquiatra versus psicólogo, lee en sus novelas la vida e historia de alguno de estos personajes, es capaz de reconocer en ellos la psicobiografía de un enfermo llena de coherencia, con una entidad clínica concreta que permitiría hacer fácilmente un diagnóstico e incluso encajarlo dentro de alguna de las más modernas clasificaciones internacionales de las enfermedades mentales como son el DSM IV (Manual diagnóstico y estadístico de los Trastornos Mentales) y el CIE 10 (Clasificación Internacional de las Enfermedades). Lo mismo ocurre con la descripción de los ambientes. En su novela La desheredada, don Benito narra las características estructurales y funcionales del Manicomio de Leganés durante la segunda mitad del siglo XIX, las carencias de recursos que existían y los métodos poco menos que inhumanos que se empleaban en el tratamiento y en el trato de los enfermos mentales, de un modo que podría parecer hiperbólico pero que no es sino una descripción realizada con exactitud de cronista de la realidad del momento.

Sabiendo que España fue pionera en la humanización del tratamiento de los enfermos mentales y que fue el primer país donde se reconoció su condición de enfermos y se crearon establecimientos médicos para su cuidado, cuesta creer que llegara a degradarse la asistencia hasta el punto descrito por Galdós. ¿Qué avatares habían llevado a la asistencia psiquiátrica de uno a otro extremo?

Parece definitivamente probado que el primer hospital específico para alienados fue creado en España (Valencia) por el padre Juan Gilberto Jofré en 1410. Se llamó «Santa María de los inocentes, locos y orates» aunque parece que ya había antecedentes de hospitales para locos o, posiblemente, salas para enfermos mentales en los hospitales «generales» de la España musulmana. Tras el de Valencia, se crearon varios hospitales más para enfermos psíquicos en el mismo siglo y durante el XVI. Son los primeros hospitales creados específicamente para enfermos mentales en los que se les conceptuaba como enfermos y se les sometía a los tratamientos médicos de la época. En otros países, por ejemplo, en la Inglaterra de Enrique III en 1247, se sabe que existían hospitales como el de Bethlehem que acogían enfermos mentales, pero al parecer, exclusivamente para darles un trato asilar y humanitario, estando al cuidado de capellanes y no de médicos.

En 1656 tuvo lugar en Francia el llamado «el gran encierro» en el que Luis XIV, para alejar de las calles a personas que mostraban trastornos del comportamiento independientemente de cual fuera el origen de los mismos, ordenó su aislamiento en determinados recintos. En ellos, fueron engrosando el número de asilados, vagabundos, indigentes, apestados, mendigos, extranjeros no identificados, y muchos enfermos posiblemente con muy distintas patologías que sólo se parecían entre sí en que padecían alteraciones de la conducta. Poco a poco, los «locos» fueron separados más o menos del resto, pero el trato que se les daba era simplemente de retención y aislamiento, permaneciendo los pacientes en celdas o con cadenas y en unas condiciones lastimosas de deterioro y degradación.

No fue hasta las dos últimas décadas del XVIII cuando Philipe Pinel, en París, logró que se hiciera un reconocimiento público de las alteraciones de conducta de estos enfermos, como producto de enfermedades, siendo Pinel nombrado médico de La Salpetriere (mujeres) y Bicetre (hombres), donde logró que se crearan unidades específicas para enfermos mentales, que fueron, al fin, puestos bajo el cuidado de médicos. A partir de ahí, mientras en Europa progresa el interés por la psiquiatría moderna y se van sentando sus bases, en España, el siglo XVII y buena parte del XVIII suponen un retroceso progresivo de la asistencia psiquiátrica coincidiendo con la situación económica y políticamente desastrosa del reinado de los Austrias. Con los Borbones y la Ilustración hay un renacer del interés cultural general y de la psiquiatría en particular, con conatos puntuales de avances que todavía estaban muy mediatizados por influencias retrógradas como las de la Inquisición. Además, la Guerra de la Independencia contra Napoleón y la francofobia resultante frenaban la entrada de ideas e influencias francesas dificultando la incorporación española a las nuevas ideas y orientaciones.

Al comenzar el siglo XIX quedaban abiertos en España únicamente tres manicomios: Toledo, Valladolid y Sevilla, y, aunque hay que reconocer que en ellos se consideraba a los «locos» como enfermos y se les trataba con consideración de enfermos, las condiciones y recursos de estos hospitales eran cada vez peores a la vez que otros habían involucionado a lugares exclusivamente de asilo, aislamiento y concentración donde sólo había medidas represivas y coercitivas para modificar o controlar las conductas de los enfermos.

La primera mitad del siglo XIX estuvo marcada por las desastrosas consecuencias de la Guerra de la Independencia y las Guerras Carlistas que trajeron consigo las sucesivas leyes de desamortización, lo que influyó muy desfavorablemente en la asistencia psiquiátrica debido a ésta se daba, principalmente, en hospitales de dependencia eclesiástica que fueron cerrados, integrándose a muchos enfermos mentales en asilos y centros de beneficencia. A partir de 1849, con las nuevas Leyes de la Beneficencia la situación comenzó a mejorar un poco, a la vez que se construyeron en España varios Sanatorios Psiquiátricos privados consecuencia del renacimiento del interés de la clase médica por las enfermedades psiquiátricas y la permeabilidad a las ideas de la nueva psiquiatría científica imperante en prácticamente toda Europa.

A pesar de ello y a mediados del siglo XIX, la situación de la asistencia psiquiátrica española seguí asiendo penosa y concretamente en Madrid donde existió un único servicio de psiquiatría pública en el Hospital Provincial con 50 camas divididas en dos salas: hombres (San Isidro) y mujeres (Stª María de la Cabeza).

Reconociendo la necesidad imperiosa de aumentar los recursos, se decretó la construcción de un nuevo Sanatorio Psiquiátrico en Madrid de ámbito nacional que se llamaría «Sanatorio Modelo». Mientras el proyecto de la construcción del nuevo «Sanatorio Modelo» se eterniza en mil contratiempos, se abre «provisionalmente» en un viejo convento o casa ducal el «Manicomio de Santa Isabel de Leganés», encargándose de su dirección un sacerdote y de la asistencia el médico del pueblo de Leganés.

En vista de que no hay manera de sacar adelante el Sanatorio «modelo», el viejo convento habilitado con carácter de provisionalidad como psiquiátrico termina, en 1885, siéndolo definitivamente, manteniendo ya desde el principio una infraestructura inadecuada y tremendas deficiencias de iluminación, suministro de agua, ventilación, higiene... etc. La dirección continuó a cargo de clérigos y otros administradores no médicos. El hecho de que la Administración se negara a ceder la dirección de estos centros a los técnicos médicos, no admitiendo tampoco sus sugerencias a la hora de planificarlos y construirlos, hizo que el funcionamiento de los mismos fuera derivando hacia unas estructuras más asilares que terapéuticas.

El establecimiento quedó bien pronto saturado no siendo capaz de acoger a la población enferma mental de Madrid. Se pretendía en principio que hubiera dos tipos de ingresos: agudos (corta o media duración) y crónicos o asilados (internados indefinidamente). También se había pensado que estuviera dividido en dos secciones: la de pago y la de beneficencia o «de pobres». Al final, la escasez de recursos, lo inapropiado de las instalaciones y la falta de dirección médica adecuada hizo que todos los proyectos iniciales quedaran en el vacío y que la situación se degradara progresivamente.

Diversos medios médicos y no médicos de la época criticaron la situación del manicomio y las condiciones paupérrimas del mismo que, ya había nacido viciado y en el que se hacinaban varios centenares de enfermos mentales con una mezcla total de edades, patologías etc. «... en el largo pasillo formado por larga fila de jaulas, en el patio de tierra donde se revuelcan los imbéciles y hacen piruetas los exaltados...»,2 describe Galdós en La desheredada.

La asistencia psiquiátrica pública está tan deteriorada que el propio Emile Kraepelin3, primera figura de la psiquiatría mundial del momento, que asiste al Congreso Internacional de Medicina de Madrid hace una denuncia pública de lo que observa y de la situación de los enfermos psiquiátricos en los manicomios españoles: camisas de fuerza, jaulas, suciedad, falta de personal de todo tipo, sobre todo especialistas en psiquiatría. Fue en esta época, y en este Manicomio de Leganés donde ubica Galdós un enfermo referido en su novela La desheredada: Tomás Rufete. El cuadro clínico que de él describe y los datos que aporta de su psicobiografía, así como los de su hija Isidora, han dado como resultado del estudio clínico de los personajes de esta obra publicados por R. Amor del Olmo y el Dr. Julio Santiago, jefe de servicio de la Unidad de psiquiatría del Hospital de Lanzarote (2005) y que en un próximo texto traeremos4.

1En este trabajo y otros quisiera reconocer la ayuda para mi inolvidable del Dr. Julio Santiago, jefe de servicio de la unidad de psiquiatría del Hospital de Lanzarote con quien tuve el honor de trabajar en aspectos psicológico en los personajes literarios. En esa línea de investigación, continúo. Gracias, Julio.  

2Son impresionantes en realismo los primeros capítulos de La desheredada.  

3En Alemania, Emil Kraepelin (1856-1926) dio nuevas directrices para la investigación psiquiátrica y estableció un modelo de producción del conocimiento psicológico y neuropsiquiátrico, a través de diversas especialidades científicas.

4Obras consultadas: BARCIA, D., Historia de la psiquiatría española. Madrid, Ed. You and Us. 1996. FONS, A., «Galdós cinematográfico»:«Galdós: una mirada de fin de siglo». Ed. L. Llera. 1998.

GRANJEL. L., «Personajes médicos de Galdós». Cuadernos Hispanoamericanos. 250-252. Salamanca. 1970-71.

LÓPEZ PIÑERO, J. M., «La medicina y la enfermedad en la España de Galdós» Cuader- nos hispanoamericanos, 656-677, Valencia. 1970-71.

PICHOT, P., «Un siglo de psiquiatría». París, Éditions Roger Dacosta, 1983.

PICHOT, P., LÓPEZ-IBOR J. J.: D.S.M.IV Manual diagnóstico y estadístico de los trastor- nos mentales, Madrid, Ed. Masson, S. A., 1995.

VILLASANTE, O., «El manicomio de Leganés. Debates científicos y administrativos en torno a un proyecto frustrado», Revista de la Asociación Española de Neuropsiquia- tría, Ed. Asociación Española de Neuropsiquiatría, julio-septiembre, 1999, vol. XIX, núm. 71. 

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