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Niebla y coronavirus


Retrato de Miguel de Unamuno (1864-1936). / Museo de Bellas Artes de Bilbao. Retrato de Miguel de Unamuno (1864-1936). / Museo de Bellas Artes de Bilbao.

«Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa»

Niebla, Miguel de Unamuno

Esta novela escrita en 1907, aunque publicada en 1914, podría ser de ayer. Nuestro mundo pandemia-smog 2021 todavía nos mantiene dentro de la nivola ̶ una ficción literaria unamuniana, mitad novela mitad niebla ̶ , en una neblina en la que nada se puede ver como es, salvo otras realidades que dentro de ella se dibujan, dejando entrever todas las grandezas y miserias del ser humano. Unamuno, en Niebla, intenta adentrarse a través de Augusto, perdido entre sus propias brumas de mismidad, en un país sumido en una profunda falta de identidad común que es caldo de cultivo para crear una metaficción llena de extrañamiento creador, pues conforma y transforma el decurso de una narrativa que habla y reflexiona sobre la existencia o inexistencia de todos: personas y personajes inventados o no, planteando esta duda como el eje existencial fundamental, «Porque la duda es lo que da fe al conocimiento», Unamuno dixit.

Precisamente nos retrotrae al farragoso ambiente al que, un siglo después, hemos vuelto. A un mundo que además de tenernos enfermos, aislados, cansados, perplejos y saturados, nos ha invertebrado aún más. Y por eso vuelve en toda su modernidad la España invertebrada de Ortega y Gasset, publicada solo siete años después que Niebla, y copartícipe de tantos de los dolores y visiones de un país que sigue sumido en un proceso «de desintegración que avanza en riguroso orden, desde la periferia al centro, de forma que el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de una dispersión interpeninsular». Yo siempre he tenido la sensación de que, en general, somos un pueblo de individualistas caminantes en la niebla, comparado con otros pueblos centroeuropeos donde prima lo gregario, el bien común de la mayoría frente al bien privativo del yo. Aquí somos más del ande yo caliente, me temo. No nos identificamos con las muchas Españas plurales de las cuales somos origen y descendencia activa, sino solo con la de nuestro terruño, y acabamos, una y otra vez, perdidos en nebulosas restricciones (ahora también covidianas) sin sentido y sin salida. Así que no es extraño que, por seguir con los refranes, de aquellas aguas estos lodos. Y que de la evaporación del pensamiento individualista surja esta densa niebla lechosa de las ideas que nos rodean, impidiéndonos ver el camino común a seguir.

Como al paso que vamos es probable que perdamos el norte en el smog y nos caigamos al agua de cabeza o que naufraguemos en la bruma como seres en proyecto que perdieron el norte y la corporeidad siguiendo cantos de sirenas, persiguiendo la quimera por ser incapaces de elegir vivir la realidad, yo, por la presente, me niego a quedarme en un personaje nivolesco dentro de una España invertebrada rodeada por tantas nieblas tóxicas que ya no sabes dónde empieza y termina la tuya, la suya, la nuestra y la del COVID… y me salgo del neblumo.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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