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El último viaje de Antonio Machado


Retratado por Joaquín Sorolla (1918). Hispanic Society of America (Nueva York). Sorolla se lo regaló a Machado «como un poema personal». / Wikipedia. Retratado por Joaquín Sorolla (1918). Hispanic Society of America (Nueva York). Sorolla se lo regaló a Machado «como un poema personal». / Wikipedia.

“Día es de alerta, día

de plena vigilancia en plena guerra

todo día del año. ¡Ay del dormido,

del que cierra los ojos, del que ciega!

No basta despertar cuando amanece:

hay que mirar al horizonte. ¡Alerta! […]

Alerta al sol que nace,

y al rojo parto de la madre vieja.

Con el arco tendido hacia el mañana

hay que velar. ¡Alerta, alerta, alerta”

“Alerta”. Antonio Machado. Rocafort, 1937.

Se apróxima la fecha. Antonio Machado murió en Collioure el 22 de febrero de 1939, miércoles de ceniza. España toda, convertida en cenizas, era un vendaval de odio y sangre y exilio y terror. El Quinto Regimiento lo había sacado protegido de Madrid, según lo describe su hermano José en su libro “Últimas soledades del poeta Antonio Machado (Recuerdos de su hermano José)” por él editado y dedicado a sus hijos Loly, Félix y Antoñito con fecha 17/10/19157, una de las joyas que guardo en mi biblioteca.

En este mi artículo, no pretendo una obra de creación ni un ejercicio de estilo, sino rendir un emocionado homenaje a D. Antonio Machado, en quien poesía y filosofía van de la mano como cumpliendo la mandorla de Valente, poeta de la temporalidad y filósofo metafísico de la ontología. Con ambas sabe pulsar el corazón del tiempo al dar los pulsos de su propio corazón.

Muchas son las fuentes que han tratado sus últimos pasos, algunas hasta la disección. Aquí ofrezco una que considero de difícil acceso para la mayoría: El testimonio de su hermano José Machado, quien fue su compañero desde Madrid a Collioure, es quien me suscita las reflexiones que ofrezco.

***

“A las doce de una mañana de los últimos días de noviembre de 1936, sale el Poeta (sic.) de la casa en que ha vivido tantos años, ubicada en la calle del General Arrando, con todo el grupo familiar que le acompañaba”. Cuando la conciencia se mira a sí misma en el espejo del tiempo se distorsiona al mirarse, se queda en el punzamiento recibido. A General Arrando se trasladó la familia en 1932 según Orestes Macri, y estamos en el 36. Al salir, atrás queda su biblioteca, lejos queda Pilar Valderrama, su “Guiomar”, a la que había dedicado su soneto “De mar a mar, y entre los dos la guerra”, y en Burgos su hermano Manuel, trasladado con su mujer, Eulalia Cáceres. El siete de noviembre de 1936 las tropas de Franco ya ocupaban la Ciudad Universitaria. Ya los libros de la biblioteca de la Complutense servían de parapeto tiroteado. No resulta extraño cuando, al entrar en Madrid destrozaron la Biblioteca de la Institución Libre de Enseñanza y “purgaron” la del Ateneo de Madrid.

En esa misma fecha de 7 de noviembre de 1936, como esculpida a fuego y sangre, Antonio Machado deja la conocida cuarteta:

“¡Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena,

rompeolas de todas las Españas!

La tierra se desgarra, el cielo truena,

tu sonríes con plomo en tus entrañas

Le habían ofrecido enseñar literatura española en Inglaterra, pero en aquellos años de incendio y plomo él renuncia. Asume quedarse con la lealtad de un soldado. Como recoge Orestes (Antonio Machado Poesía y Prosa Tomo I Introducción. Edición crítica. P. 44), su respuesta es: “No queda otra elocuencia en España sino la del soldado. […] La única moneda con la que podemos pagar lo que debemos a nuestro pueblo es la vida”.

Así marcha hacia Valencia, “ligero de equipaje”, con parada nocturna en Tarancón y avería del automóvil en el Puerto de Contreras, como aquella otra al pasar la frontera con Francia. En Valencia, mal pernoctan en La Casa de la Cultura su nerviosidad y extenuación.

Luego, en Rocafort, la Villa Amparo le ofrece el mirador sobre naranjales y limoneros. Allí acaso su “don preclaro de evocar los sueños” traiga a su memoria el limonero de su infancia en el patio del palacio de Las Dueñas, y su visita de 1903 a la casa donde nació. ¡Fecundas soledades de quien marcha al exilio! La rama polvorienta de un limonero se extiende sobre la fuente limpia “y allá en el fondo sueñan los frutos de oro”, cuenta en Soledades. Recuerdos de infancia vulnerada: “[…] ¡Y algo nuestro de ayer, que todavía/ vemos vagar por estas calles viejas!”. Un ayer que en su deambular por viejas ciudades españolas, cuanta la nota crítica de Orestes Macri, vuelve como un sueño vivo que amasa la memoria.

Quince meses de fructífera estancia y frecuentes bombardeos: “En el amplio comedor se quedaba todas las noches ante su mesa de trabajo y como de costumbre rodeado de libros. Metido en su gabán desafiaba el frío escribiendo hasta las primeras horas del amanecer en el que abría el gran ventanal para ver la salida del sol, y a pesar de estar cada vez menos ágil subía a lo alto de la torre para verlo despertar allá lejos, sobre el horizonte del mar”, cuenta su hermano José. Su cuerpo parecía empequeñecerse bajo el gabán, pero no faltaron sus colaboraciones en “Hora de España” o con la Casa de la Cultura de Valencia. Fue precisamente allí, en Rocafort, donde respondió a una visita de jóvenes con el poema “¡Alerta!” que encabeza este artículo.

Una tarde se desplazó a Valencia para tomar la palabra en la Plaza de Castelar. Una intervención suya que Bergamín recoge con las siguientes palabras según Orestes Macri (Obra citada. Tomo I. P. 44): “Le rodeaba una inmensa muchedumbre. Parecía que subía al cadalso. Más no ahogaba su voz […]. Persona íntegra, aunque gravemente enfermo, asumió hasta el final su sacrificio por la sociedad, por el anónimo conjunto de su gente en armas […]; nunca apañó o instrumentalizó los valores humanos y poéticos”.

Pero es su hermano José, como albacea de sus palabras, quien recoge su afirmación:

“Y cuanto exilio en la presencia cabe”.

Quien sabe por experiencia que “solo el poeta puede mirar lo que está lejos/ en turbio velo y mago son envuelto”, es también hombre de profundas cercanías. Su fecunda soledad enriquece su presencia comprometida. Quien sabe que el hombre es la suma de su camino que en la mar se borra, en tanto lo hace se ocupa en abrir caminos y dejar señales a los demás, aunque jamás persiguiera “la gloria/ ni dejar en la memoria/ de los hombres su canción”.

La guerra avanza camino de Valencia y el poeta sale de Rocafort camino de Barcelona. Ya es abril de 1938. En la Ciudad Condal le recibe el Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública Wenceslao Roces, y le dan albergue en el Hotel Majestic donde reencendió su amistad con León Felipe, el “poeta prometéico”, el de “versos y oraciones del caminante”, el del “payaso de las bofetadas”, el mismo que escribió aquello de: “ Franco, tuya es la hacienda,/ la casa,/ el caballo,/ y la pistola./ Mía es la voz antigua de la tierra./ Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!/ y ¿cómo vas a recoger el trigo/ y alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción?” (en “España e Hispanidad”. México-Bogotá 1942 y 1946).

Días después, un nuevo acomodo recibe al Poeta en la “torre Castañer” situada en el Paseo de San Gervasio, propiedad de la Duquesa de Moragas. Allí escribe 29 artículos para La Vanguardia entre julio de 1937 y enero de 1939, el primero de ellos “El poeta y el pueblo” (16/7/1937), el último “Desde el mirador de la guerra” (6/1/1939). Lo suyo fue un volcarse con sus últimos recursos. En sus artículos, revivió las figuras de Agustina de Aragón, el Empecinado, Torrijos…, y un soneto dedicado al Miaja hoy desaparecido.

Seguimos a José Machado: Cae el invierno también sobre la torre Castañer. No hay calefacción. Por las noches, sentado junto a su madre, leen el Quijote, también a Shakespeare, Tolstoy, Dostoyevsky, Dickens… El último día de su estancia en Barcelona, 22 de enero de 1939, escribió un artículo dedicado al general Rojo.

Luego, entre una agitación de “maletas y corazones”, desde la Dirección General de Sanidad” sale el convoy hacia Gerona en la noche iluminada por reflectores que escrutan el cielo. Una alarma inesperada y el sonido de lejanas descargas estremecen el ánimo. A Gerona llegan el día 23 y encuentran refugio en un viejo caserón destartalado de Cerviá de Ter. La zona está siendo bombardeada intensamente, sembrando la muerte y el terror entre las largas filas de los exiliados. Tres días estuvieron en el viejo caserón en las afueras del pueblo. El 26 una camioneta se ocupó en recoger los equipajes. A todo el grupo se le dio instrucciones de que aguardaran en la carretera. Los más ágiles llegaron primero, y Antonio y su madre, mermado su andar, rezagados, andaban penosamente y como a tientas en la noche en medio del campo, acompañados de José y de su esposa.

Apretujados, como ganado que huye de la matanza, llegaron a la masía de Max Feixat en Viladasens. Un amplio recinto de una gran cocina los recibe. Muchos hornillos a un lado y al otro la chimenea de leña. En el centro, una enorme mesa donde acodarse para pasar la noche. Allí rostros amigos como Corpus Barga, y otros muchos desconocidos, todos agitados, presos de ansiedad. En aquella noche infernal entraban y salían milicianos, cargados con sus mantas y su armamento, llevando grandes ramas para avivar el fuego. Acaso la necesidad hacia relativo el riesgo de que el humo de la chimenea delatara su presencia. “El poeta [describe su hermano José, testigo del último viaje] entumecido y agobiado guardaba el más profundo silencio viéndose rodeado de todas estas gentes que como una última oleada de un baile infernal y en un postrer espasmo de movimiento, recogían sus pobres bagajes y maletas, sacos y bultos de las más extrañas formas, para seguir el triste camino del destierro, Así pasaron esta última noche en España el Poeta con su madre y sus dos familiares, extenuados de cansancio y de angustia”. Luego, otra vez la carretera; maletas y enseres abandonados, y seres aterrados por el zumbido de los motores de la aviación que tenazmente les perseguía, que despavoridos se tiraban en marcha.

En esa situación menciona José las palabras inéditas de Antonio: “[…] era muy natural, tener miedo, pero que, aunque no fuese más que por decoro, no había para qué dar este espectáculo y que…, por lo demás, si le cayera una bomba, como ésta llevaba en si misma la solución definitiva del problema vital, no había para qué apresurarse tanto. […] El Poeta ocultaba en un religioso silencio su honda emoción. Su cabeza se inclinó hasta reposar sobre las trémulas manos que, cruzadas, se apoyaban desfallecidas en la cayada de su bastón. Su cara quedó velada por la sombra del sombrero”.

Al llegar cerca de la gruesa cadena que marcaba frontera con Francia, cuanta José Machado, una acumulación de vehículos les cerraba el paso. En contra de lo que afirma Corpus Barga en “Los pasos contados” de que “pasaron en su coche”, José afirma que todos se bajaron haciendo el camino a pie hasta la cadena. En este punto, Juan Fernando Ortega Muñoz, de la Universidad de Málaga, nos aporta un nuevo dato en su trabajo “María Zambrano, una mujer de frontera”, y es que ésta, en su salida, pudo distinguir entre la muchedumbre a D. Antonio y a su madre Dña. Ana y los invitó a subir a su vehículo. Antonio Machado, aún en su situación, rehusó diciendo que “su lugar estaba con su pueblo”. Entonces María, acompañada se supone de su hermana Araceli, descendió de su coche y los acompañó a pie hasta la cadena guarnecida por soldados senegaleses brillantes por la lluvia. Pudo ir Machado a París, primer destino de Zambrano en su periplo del exilio, pero no quiso, dice Barga, porque guardaba amarga memoria de la ciudad donde su esposa Leonor había enfermado. Había Barga marchado a Cerbére buscando un carruaje, y esperándolo quedaron Antonio y Ana. Pero cuando regresó el que José no menciona por su nombre, lo hizo tan cargado de bagajes que sólo quedaba un asiento libre junto al conductor.

Así Antonio Machado hizo este tramo del camino, con su madre sentada sobre sus rodillas, como invirtiendo el ciclo de la vida, mientras su madre, Dña. Ana Ruiz, a sus 88 años, con el cabello empapado en agua por la espera, preguntaba a su hijo según Corpus Barga: “¿Llegaremos pronto a Sevilla?”. Ya en Cerbére, en la cantina, antes de servirles exigían dinero francés, y en los andenes de la estación luego, tuvieron que sortear a los gendarmes que formaban glebas para los campos de concentración. Así pasaron la noche en un vagón del ferrocarril cuyos altos estribos tuvieron que subirse penosamente. Al día siguiente, Corpus Barga, que había marchado a Perpigñán, regresó para acompañarlos a Collioure, donde llegaron el 28 de enero de 1939 y donde recibió el auxilio de Luis A. de Santullano, Secretario de la Embajada de España en París, su amigo.

Sobriamente, empapado de ánimo senequista y de la castellanía que en el decir de su generación del 98 hizo a España, cuenta José que muy próximo a su muerte le dijo: “Vamos a ver el mar”. Ya en la playa, se sentaron en una de las barcas varadas. Se quitó el sombrero, lo sujetó en una de sus manos, acomodó la otra sobre la cayada su de bastón, y se sumergió en un silencio meditativo contemplando el batir de las olas muriendo en la orilla. ¿Acaso pensaba en aquel verso suyo “Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera”? ¿Se sentía “al borde del Gran Silencio”? Más bien pienso en aquel otro verso suyo encontrado en un bolsillo de su gaban después de su muerte: “Estos días azules y este sol de la infancia”, el último que nos dejara escrito. Era el sol del mediodía cuenta José, y hacía mucho viento. En el corazón del invierno se cumplía su verso, junto a la mar que espera:

“Sólo el poeta puede

mirar lo que está lejos,

en turbio velo

y mago son envuelto”

Su espíritu poético trascendía las circunstancias. Los “días azules” de su recuerdo del “patio de Sevilla”, aquel sol de su infancia”, el “huerto claro donde madura el limonero”, estaban allí, en Collioure, y él, enfundado en su gabán, desvestido para el gran viaje, “como los hijos de la mar”.

Así, dice José, conservando todas sus facultades, le llegó la muerte, la que “quiso sonreír a Martín y no sabía”, su “vieja compañera”. En su lecho de muerte, su noble cabeza “hundida en la almohada -describe José- tenía esa augusta serenidad que aparece apenas roto el hilo de la vida. Su cuerpo reposaba, ya inerte, bajo la bandera republicana de España, por la que como un soldado más, dio generosamente su vida.

Eso sucedía en Collioure en la tarde del 22 de febrero -Miércoles de Ceniza- del año 1939. A las cinco de la tarde del jueves 23 se realizó el entierro. Asistió el pueblo entero, y recorrió sus calles, dice José, con el alcalde a la cabeza. Seis milicianos, escapados del castillo de Collioure, llevaron el féretro sobre sus hombros envuelto en la bandera republicana. Una señora republicana, amiga de la dueña del Hotel Bougnol-Quintana, que había tratado con tanta atención y delicadeza a los Machado, ofreció un lugar en su panteón familiar. Alguien, no identificado por José, dirigió unas palabras a todos, concluyendo con los versos machadianos:

“Corazón ayer sonoro

¿ya no suena

tu monedita de oro?”

No, aquella fontana de sangre y sueño que fluía de su corazón, aquella colmena, aquel ardiente sol que le lucía dentro, mensajero de palpitaciones, había quedado en silencio; la noria del pensamiento rota; pero los “colmenares de sus sueños”, que ya no libaban para él, quedaron libres sobre los campos sin flor de España. Inmortales, supieron resistir el tiempo de sangre y furia, de esterilidad sembrada en los espíritus, y hoy, 82 años después, todavía polinizan los espíritus, esos que quieren como él prender fiestas de amores en montes no pisados y, mientras conservan vacías las copas, brindan por él:

“… os vais, buen caballero… Que Dios os de su mano,

que el mar y el cielo os sean propicios, capitán”.

Se ocupan en el quehacer que él recomendó en la muerte de D. Francisco Ginerde Los Ríos, “el hombre bueno de la vida santa”:

“[…] hacedme

un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más, sed lo que he sido

entre vosotros: alma. […]

¡Yunques, sonad!; enmudeced, campanas! […]”

Y en tanto toman en sus manos su herencia, la blanden con la misma intención: “Dejar quisiera mi espada/ famosa por la mano viril que la blandiera/ no por el docto oficio de su forjador forjada”, esperan en su espera del “hombre íbero de la recia mano”. Alertos a su aquel: “Hombres de España/ ni el pasado ha muerto/ ni está el ayer ni el mañana escritos, restauran los ayeres cercenados, la memoria viva de España, escriben porvenires y permanecen ¡alerta, alerta, alerta!... ¡Hay tanto exilio sepultado bajo tierra todavía…!.

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.