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¿Por qué estalló una tercera guerra carlista?


El combate de Mañaria, cerca de Bilbao, dibujo de Vierge (Le Monde Illustré, 14 de mayo de 1872) / Wikipedia El combate de Mañaria, cerca de Bilbao, dibujo de Vierge (Le Monde Illustré, 14 de mayo de 1872) / Wikipedia

En España, profusos agentes confluyeron en el estallido de la Tercera Guerra Carlista (finales de 1872 -comienzos de 1876), entre los cuales destacó un nuevo auge de la violencia. Fue un hecho clave de esta época que la vía armada fuera apreciada como la más rápida herramienta para conseguir la victoria del carlismo en un momento histórico que, a ojos de sus líderes, había que aprovechar inaplazablemente, antes de que la revolución iniciada en 1868 se moderara o los monárquicos alfonsinos -partidarios de Alfonso XII, hijo de Isabel II- lograran alcanzar el apoyo de la población conservadora. Reorganizados desde 1868, el carlismo contaba con una buena red de prensa provincial, juntas locales y una reorganización política que les llevó a potenciar la imagen de su pretendiente, Carlos VII.

Al igual que en las anteriores guerras, los carlistas intentaron aprovechar la concordancia de miedos y descontentos ante un avance revolucionario, ya estuvieran circunscritos a la amenaza al orden social, a la pérdida de unos mitificados privilegios forales, al empobrecimiento económico y la proletarización, al quebranto de algunos oficios, al fin de formas de vida tradicionales o al constante cuestionamiento de la Monarquía en ciertos sectores de la prensa.

No hay que olvidar la cuestión religiosa, que alcanzó una formidable importancia en esos años. Los conflictos entre la Iglesia y los gobiernos del Sexenio Revolucionario (1868-1874), fueron constantes. Inicialmente, el problema anticlerical tuvo su origen en la acción gubernamental de las elites revolucionarias, que se plasmó en un amplio catálogo de medidas anticlericales y secularizadoras que pusieron a la Iglesia católica contra la revolución. Entre ellas alcanzaron fama la supresión de la Compañía de Jesús; la libertad de enseñanza, la reorganización laicista de la misma y la supresión de las facultades de Teología; la prohibición de poseer bienes por parte de las comunidades religiosas; la extinción de los conventos religiosos de ambos sexos fundados desde 1837 y la disminución a la mitad de los existentes, con excepciones sobre los dedicados a la beneficencia y la enseñanza; la proclamación de la libertad de cultos que amenaza la unidad religiosa de las Españas para los defensores de este concepto; la disolución de las conferencias de San Vicente de Paúl, dedicadas a la caridad; la incautación de los bienes de las corporaciones suprimidas, que recordaba a otra desamortización; la desaparición de todo auxilio estatal a los seminarios conciliares, a los que se incorporó la enseñanza de la Teología; y una mayor libertad de expresión e imprenta que en épocas anteriores.

El enfrentamiento entre clericales y anticlericales continuó a partir de noviembre de 1868, al iniciarse la larga campaña electoral que culminó con las elecciones generales a diputados constituyentes a mediados de enero del año entrante. Tras aprobar las Cortes la libertad de cultos y promulgarse la Constitución a primeros de junio de 1869, loa provocaciones fueron más frecuentes, sobre todo en ciudades. Estos hechos junto a los temores de los neocatólicos a una descristianización de España, la celebración del Concilio Vaticano I y la declaración de infabilidad papal, los murmullos ante la posibilidad de una nueva desamortización -esta vez de los tesoros artísticos de la Iglesia-, crearon un peligroso clima de tensión entre los católicos. Muchos de ellos no vieron más opción que defender por las armas la religión, otros se negaron a llegar a ese extremo aunque observaron con simpatía la posible victoria de los carlistas.

Sin embargo, el hecho definitivo que favoreció el estallido de la guerra fue la indudable desunión de las filas revolucionarias y los invariables desafíos entre progresistas, unionistas, demócratas y republicanos, cuya prensa -en vez de procurar unir sus fuerzas en defensa del régimen- les enervó aún más. Las continuas crisis políticas entre la coalición revolucionaria estimularon a la élite militar carlista a especular sobre las buenas posibilidades que había en 1872 para un alzamiento en los tradicionales territorios de apoyo. Para ellos, el régimen estaba falto de legitimidad, con un rey italiano criticado a derecha e izquierda, unos partidos democráticos opuestos entre sí, una prensa que recalcaba el clima de división y desorden, y unas elecciones internas falseadas a favor de la coalición revolucionaria.

Pero no cabe olvidar los amplios problemas a los que el régimen democrático tuvo que hacer frente, dividiendo sus fuerzas. En 1868 se había iniciado en Cuba, con el llamado “grito de Yara”, una sublevación independentista, que fue llamada Guerra de los Diez Años. Alentada por los hacendados criollos cubanos, contó rápidamente con el apoyo popular al prometer el fin de la esclavitud en la isla. Aunque el Gobierno español intentó sacar adelante un proyecto de abolición de la esclavitud y de concesión de reformas políticas, la negativa por parte de los sectores económicos catalanes con intereses en Cuba a las mínimas concesiones frustró la posibilidad de una solución pacífica al conflicto y convirtió la guerra en un grave problema. En España, además, se produjeron una serie de insurrecciones de carácter federalista, en las que se combinó la acción de los republicanos con la influencia de las ideas internacionalistas, especialmente de carácter anarquista que, aunque fueron rápidamente reprimidas, hicieron aumentar aún más la inestabilidad del régimen en 1872, lo que propició la sublevación carlista.

El lector interesado puede acudir a:

-José María Rodríguez Gómez, La Tercera Guerra Carlista, Almena, 2004.

-Antonio Moral, Las guerras carlistas, Sílex, 2006.

-Varios Autores, Atlas ilustrado del carlismo, Susaeta, 2018.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.