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La inteligencia y la ironía de Ernst Bloch contra el pesimismo reaccionario de Malthus


El filósofo y escritor alemán Ernst Bloch (sin fecha). / Foto de Assmann El filósofo y escritor alemán Ernst Bloch (sin fecha). / Foto de Assmann

Es la lengua de la muerte buscando muertos,

es la aguja de la muerte buscando hilo.

Pablo Neruda

No quiero ocultar que Thomas Robert Malthus me desagrada. Es algo instintivo, visceral. Como todos o casi todos los clérigos obscuros, engreídos, soberbios y fúnebres se permite dar lecciones a la humanidad presente y a la futura. Es un personaje notoriamente antipático, poseído de sí mismo y grandilocuente.

Ernst Bloch lo cataloga en sus justos términos, cuando lo considera el primer espadachín de la economía capitalista, mostrando su finura analítica a la hora de lanzar sus dardos. Ernst Bloch (1885–1977) es un pensador concienzudo y brillante. Su obra emblemática “El principio esperanza” es apasionada y apasionante. Constituye uno de los legados filosóficos imprescindibles y de mayor hondura del siglo XX. Reivindica, contra viento y marea, a pecho descubierto, el pensamiento utópico. De paso, nos pone en contacto con lo que podríamos calificar como una auténtica enciclopedia sobre las utopías de todo tipo, que han ido desfilando a lo largo de la historia.

Se le puede considerar como un marxista heterodoxo. Ha leído y releído el pensamiento marxiano y defiende, con pasión, que el Marx auténtico es aquel que se deriva de Hegel y no al que posteriormente se le ha identificado con el positivismo y no digamos con la falaz ortodoxia estaliniana, que degenera en una seca y baldía escolástica.

¿Cómo es el marxismo de Ernst Bloch? Desde luego, utópico y proyectado al futuro pero con un sentido histórico. No se anda por las ramas y puede y debe identificarse con lo que él mismo llama ‘utopía concreta’. Su pensamiento combate con entereza y habilidad dialéctica a quienes no se rebelan contra una condición humana humillada y esclavizada. Es más, la tolera y frecuentemente han sido hasta cómplices.

A lo largo de las páginas de “El principio esperanza”, es capaz por ejemplo, de percibir a Hamlet como una voluntad hermética y de formular que un soñador siempre aspira a más, siempre quiere más. Nunca se conforma con las condiciones dadas. Quiere llegar hasta el fondo.

E. Bloch representa un diálogo fecundo y transgresor del hombre con su tiempo. Es capaz de aproximarse, con rigor, a los hechos históricos, a las coordenadas en que surgen y se desarrollan las ideas más fecundas que han posibilitado la formación del pensamiento europeo más vitalista, humano, ético y esperanzado.

Parece advertir que hay que limpiar la mente de malos humores, antes de ejercer una función crítica, potente y demoledora; incluso podría sostenerse que practica una gimnasia mental de altos vuelos.

¿Cómo se enfrenta a Malthus? No son más que unas cuantas páginas de una extensa y fecunda obra, en tres tomos, más con la ironía y distanciamiento que emplea habitualmente, parece advertirnos que a los economistas y demógrafos como Malthus, les falta muchas veces, un cierto sentido metafísico que compense y equilibre la fría sequedad de sus postulados.

Los púlpitos y pedestales hacen perder el contacto con el suelo y lo que eso significa. La visión que tiene de Malthus, ese dogmático teólogo luterano, no es otra que la de un ‘caballo de Troya’ que tras destruir la ciudad, en cierto modo, hace imposible una salida viable. Es, también, un tanto rácano, uno de esos predicadores que piensan que nadie da nada sino es a cambio de algo. En la maximalización del beneficio ven el objetivo principal de sus teorías. Hay que prescindir, por tanto, de todo aquello que no aporte riqueza.

Para él el progreso no se basa en la justicia social sino en la eliminación drástica de los que sobran, de los que están de más. Se me ocurre pensar que podríamos preguntarnos ¿quién toma las decisiones sobre los que sobran?, ¿en qué motivaciones y argumentos las basa? Naturalmente, son interrogantes retóricos.

No existe ningún espejo que refleje las injusticias. Por eso, quizás hay quienes hacen de la hostilidad hacia los excluidos, su herramienta predilecta. Desde mi punto de vista, no es posible analizar a Malthus sin tener en cuenta, al mismo tiempo, lo que camufla, lo que ocultan sus teorías. Quizás, por eso, algunos espíritus inteligentes y libres, supieron ver en lo que su figura representa un fantasma sin redención posible, así como un irresponsable, perturbador de equilibrios.

Karl Marx, sin ir más lejos, veía en sus planteamientos ‘una profunda abyección del pensamiento’ y ¡ojo!, no sólo en un sentido científico y económico sino moral. Malthus y el malthusianismo vienen a ser algo así como un programa de represión social, que en modo alguno, tiene en cuenta el sufrimiento de los más desfavorecidos. Con su estilo peculiar, que a veces es aforístico, Bloch considera que en la tierra deberíamos caber todos, si fuera administrada pensando en la satisfacción de las necesidades, en lugar de en la satisfacción de las necesidades del poder. Nada más y nada menos. Dicho queda.

Algunos han pretendido considerar propio del maltusianismo la extensión, por ejemplo, de los anticonceptivos. Andan muy desencaminados. Los anticonceptivos han sido un instrumento esencial para la liberación de la mujer, pero nunca han pretendido la supresión, de lo que a priori, se consideraba un excedente indeseable sino convertirse en un instrumento regulador de la natalidad.

Thomas Robert Malthus es conocido, sobre todo, como el autor de “Ensayo sobre el principio de la población” (An essay on the principle of population). Merece la pena considerar que no las debía tener todas consigo, cuando en 1798 lo publicó de forma anónima, aunque en ediciones posteriores lo firmó, reconociendo su autoría.

Parte de un supuesto, para él indubitable y que no lo es tanto: ‘la población crece geométricamente, mientras que los recursos alimenticios lo hacen aritméticamente’.

Creo que es adecuado tener presente, que este teólogo con pretensiones de pensador, cree que refuta abiertamente el pensamiento ilustrado y la idea de un progreso indefinido. Estamos ante un pesimista antropológico y un enemigo declarado de las ideas que hicieron posible la Revolución Francesa. Tiene opiniones muy peregrinas e inhumanas sobre las denominadas ‘Leyes de pobres’ y plantea, en repetidas ocasiones, que la ayuda por parte del Estado a los más desfavorecidos promueve, en realidad, un incremento de la procreación irresponsable. Los pobres, los marginados y los excluidos son en realidad culpables de su propia situación.

Sin una pizca de empatía ante las dramáticas consecuencias sociales de sus tesis, se muestra notoriamente insensible a los inhumanos resultados de la puesta en práctica de sus teorías.

En ningún momento se plantea la opción de incrementar los recursos, de producir más y de redistribuir. Para él, el incremento de la población se debe, fundamentalmente, a los bajos instintos y a la fiebre procreadora de los excluidos.

Con cierta frecuencia se tiende a no cuestionar los datos de los economistas y demógrafos, cuando por su propia naturaleza, son opinables. Pongamos un ejemplo, considera que la población puede doblarse cada veinticinco años. Con toda crudeza postula que las guerras y las epidemias son factores equilibradores del exceso de población. Ni por asomo, considera la insalubridad de las condiciones de vida, el hambre y las enfermedades como causa y eje central del problema.

Estas ideas tuvieron su continuación en lo que se ha dado en llamar malthusianismo, que tiene una dimensión económica y social. Planteamientos como estos han tenido un peso y una influencia ostensible, contra toda lógica. Sin ir más lejos, una figura tan destacada como Charles Darwin los tuvo en cuenta, en cierto modo, cuando formuló su concepto de selección natural. Hoy en día, cuando hablamos de darwinismo social, es claro a que nos estamos refiriendo aunque no se puede considerar a Darwin culpable de los excesos que otros le han atribuido.

Ya hemos aludido a las críticas que Marx hizo a Malthus, a quien considera un plagiario de supuestos y criterios de Daniel Defoe o de Alfred Russell Wallace, entre otros. El viejo de Treveris, con su perspicacia y por qué no decirlo, con su optimismo antropológico, considera que el progreso de la ciencia y de la tecnología, permitirán sin duda, un incremento de los recursos y ahí, precisamente ahí, es donde hay que poner el foco. Es decir, justo lo contrario de lo que se ha venido haciendo.

Para Malthus y el malthusianismo posterior hasta hoy, las ayudas a los pobres, por parte del Estado para alimentar a sus hijos o proporcionarles educación y vivienda, se pueden calificar de costes innecesarios y hasta indeseables.

Creo que es el momento de señalar que escritores de la talla de Charles Dickens, llevaron a cabo una denuncia sistemática e implacable de las condiciones en que vivían los más desfavorecidos, que sirvieron al menos, para hacer reflexionar a algunos y contribuyeron, sin duda, a que en el futuro se llevara a cabo una legislación social y laboral más justa y más humana.

En el funesto año que acabamos de dejar, se ha conmemorado el II Centenario del nacimiento de Friedrich Engels. Pocos reivindican hoy su pensamiento y muchos restan, alegremente, valor a sus obras. “La situación de la clase obrera en Inglaterra” (1845), por ejemplo, un durísimo alegato y una denuncia de las condiciones de vida del proletariado, también fueron un instrumento para la concienciación y para que se iniciara una legislación tendente a mitigar estas duras condiciones de vida. La denuncia de la desigualdad y de la explotación ha sido y sigue siendo una de las señas de identidad de la izquierda.

Malthus representa algo, a todas luces repugnante, que puede ser formulado de esta forma: a quienes por vicio, procrean más y más innecesariamente, tomando prestada una expresión de Calderón de la Barca, no se les ha reservado en la mesa del banquete del mundo, cubierto alguno. Es más, hay razones para justificar su exclusión sin contemplaciones. Es asimismo significativo, que quienes así discurren vean inevitable que una parte de la población permanezca en la miseria y el hambre. Ellos se lo han buscado por su mala cabeza, sus vicios y su simplismo.

Por cosas como esta, el filósofo y ensayista Thomas Carlyle, considera que Malthus es responsable de que la economía se haya considerado ‘una ciencia lúgubre’ que desprende un cierto olor a mortaja.

Regresemos a los lúcidos y agudos comentarios de Ernst Bloch. Para él Malthus en su delirio reaccionario, pesimista y clasista, defiende la tesis de que la lujuria del proletariado y no el sistema capitalista y la explotación, constituyen la principal causa de la miseria. ¿Por qué no se ha hecho hasta ahora más hincapié en este planteamiento? Quizás porque la economía y la demografía, por encima de cambios cosméticos y superficiales, aún siguen siendo herederas de un cierto malthusianismo, aunque mitigado.

Sin pelos en la lengua, considera a la teoría malthusiana inhumana y torpe. Tampoco, suele recordarse que el nacional-socialismo, con su maldad asesina, puso en práctica algunos planteamientos, que en absoluto están alejados de los de Robert Thomas Malthus.

Bloch, también, expone que lo que llama el malthusianismo renovado, llega a justificar la guerra y hasta la liquidación de los sin trabajo. Con todo, me parece de gran lucidez su afán por denunciar, con fundamento, todas las injusticias que ha ido perpetrando el pensamiento y la praxis reaccionaria. Es más, ha buscado con ahincó silenciar las verdaderas causas de la miseria bajo sistemas explotadores, guardando un silencio cómplice sobre las causas políticas, sociales y económicas que generan y producen la miseria y la exclusión.

Siguen apareciendo planteamientos y teorías que de un modo u otro, o bien justifican o bien enmascaran, los aspectos más brutales y despiadados de las teorías de Malthus y de sus epígonos. A la vista están desde Donald Trump hasta Bolsonaro.

Quizás, por eso, me atrevo a plantear abiertamente una lectura crítica de Ernst Bloch y de sus ideas tendentes a movernos hacia ‘la utopía concreta’ y a plantear una visión esperanzada del pensamiento marxiano, descalificando el reduccionismo estaliniano y, a un tiempo, mostrándose implacable con la explotación capitalista y todo lo que reduce y obstaculiza el camino del hombre hacia su liberación y auto-realización. 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.