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Napoleón: auge y caída


La defensa del parque de Monteleón durante el Levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Óleo de Joaquín Sorolla. / Wikipedia. La defensa del parque de Monteleón durante el Levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Óleo de Joaquín Sorolla. / Wikipedia.

La utilización de la guerra como herramienta para lograr una política exterior exitosa, con ganancias no sólo territoriales y políticas sino económicas, no fue nunca desechada por Napoleón Bonaparte. Recibido como un mal menor por las grandes potencias europeas, por el mundo católico e incluso por el zar de todas las Rusias, tan sólo hubiera necesitado entenderse o lograr un acuerdo con Gran Bretaña para intentar acabar con el interminable ciclo de guerras europeas desatadas desde 1792. Sin embargo, el césar corso se negó a reconocer que su buena estrella en los campos de batalla podía eclilpsarse en cualquier momento, como así ocurrió a partir de 1808, con motivo de la invasión de España y Portugal.

La derrota de sus ejércitos en la batalla de Bailén, en el verano de 1808, motivó su llegada a España, pero también el alzamiento de Austria al año siguiente, al conocerse la noticia de que los poderosos soldados franceses podían ser vencidos. Además, su primer intento de ocupar Portugal fue un rotundo fracaso, mientras el frente español se estabilizaba de forma abierta hasta 1813, contribuyendo de manera decisiva al debilitamiento de las fuerzas francesas. Desde entonces, Napoleón necesitó dos ejércitos: uno en Europa Central y otro en España, por lo que la proporción de reclutas aumento y dificultó su unidad. No se atrevió a enviar, desde Francia, un número mayor de conscriptos, incorporando un número cada vez mayor de extranjeros, por lo que la calidad del ejército imperial en la Península Ibérica mermó considerablemente. Ese frente se convirtió en el "cáncer español": un continuo gasto no sólo económico y demográfico sino también un desgaste de su imagen como revolucionario moderado.

Efectivamente, la crueldad y la represión de los franceses fue notoria y respondida de igual manera por los españoles. Otra característica de este frente fue la elevada destrucción económica y urbana de la guerra, comparada con otras campañas napoleónicas en Europa. Todo el esplendor y desarrollo logrado en el ilustrado siglo XVIII quedó, prácticamente, destruido. Sólo cuatro ciudades –Alicante, Cádiz, Cartagena y Gibraltar- no fueron ocupadas por los invasores.

Algunos hombres perspicaces de la escena política –como Talleyrand o Fouché- sintieron que se avecinaba la tormenta más desastrosa en la carrera del brillante general Bonaparte, pero Napoleón se encontraba pletórico y lleno de seguridad en sí mismo. Pretendía hacer de París la capital de Occidente pues, desde los dorados días del Consulado, la sociedad francesa nunca había sido tan brillante, aunque todo era pura apariencia. El número de trabajadores parados comenzó a aumentar de forma alarmante, las distancias entre pobres y ricos se mantuvieron y las cosechas de alimentos básicos empezaron a sufrir un ciclo atmosférico peor; los artesanos y obreros comenzaron a notar que la política de bloqueo contra Inglaterra –con sus consecuencias como el contrabando- impedían las exportaciones, lo que se notaba claramente en los precios.

En Rouen, Verviers, Lyon y Gante se acumularon grandes cantidades de calicó y terciopelo sin vender. La triunfal política de Bonaparte no marchaba acompasada con la economía. Durante algún tiempo, los franceses se sintieron satisfechos con la gloria y la construcción de un Imperio, admirando al hombre que se la había proporcionado, pero ahora empezaron a temer que una “última guerra”, esta vez con Rusia, fuera una trampa mortal. Y, efectivamente, Napoleón cayó en ella en 1812. Su derrota final y su arrogante diplomacia motivaron que, por primera vez, Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña unieran sus fuerzas militares para acabar con la hegemonía francesa, lográndolo en las campañas de 1813 y 1814. Napoleón perdió el apoyo de la sociedad francesa por la mala gestión económica, sus sangrías de jóvenes y recursos hacia la guerra y por el aumento del autoritarismo. Perdió el apoyo de los católicos al secuestrar al papa Pío VII en 1808 y retenerlo en Francia hasta 1814; su estrella europea se hundió ante el saqueo, el pillaje de sus ejércitos pero también ante un reordenamiento económico de sus países vasallos que sólo beneficiaba a Francia.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.