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Nada y todo coronavirus


Carmen Laforet / © Ministerio de Cultura y Deporte - Gobierno de España Carmen Laforet / © Ministerio de Cultura y Deporte - Gobierno de España

«La vida volvía a ser solitaria para mí, como era algo que parecía no tener remedio, la tomé con resignación». Nada, Carmen Laforet

En la nada acogedora posguerra española, Andrea se enfrenta a sus 18 años a la vida asfixiante de su familia y a la libertad de la universidad de Barcelona. Una muchacha pasiva, casi infeliz, que posiblemente había leído en profundidad a Simone de Beauvoir desde la perspectiva de su autora de 23 años cargada de existencialismo y reflexión en soledad. La tristeza que destilan sus páginas se ha vuelto lema en estos tiempos de aislamiento e incertidumbre en una sociedad desvinculada y azotada por la melancolía de la inexistencia y la falta de asideros sólidos a los que agarrarse para no sentir la carencia absoluta del ser, que es una de las definiciones que da la RAE para el sustantivo ‘nada’.

Nada es una premiada novela cuyo título rotundo desposee de todo y, al mismo tiempo, ofrece el espacio necesario para construir desde ese vacío. El aire que contiene la vida alrededor de la mujer española de posguerra está lleno de, precisamente, nada. Y es esa desnudez con que se viste la novela lo que traspasa la época y la hace intemporal en ese instante en que alguien se atreve a formular la verdad desnuda, como en el cuento de El traje nuevo del emperador de Andersen, para hacernos ver que casi un siglo después volvemos a estar a merced de nosotros mismos en una atmósfera tan densa como la descrita por Carmen Laforet. Tan descobijada resultó que su primera adaptación cinematográfica de 1947 ya fue objeto de la censura.

En este mapa de sentimientos volvemos a movernos en la época del coronavirus en los que las relaciones con nosotros mismos han pasado a primer plano. Son nuestras sensaciones, nuestras vidas, las que llenan nuestro espacio de nada, sin el reflejo acostumbrado al lado de otros, aceptando cada cual su responsabilidad, urdiendo en solitario nuestra propia historia, absolutamente obligados y conscientes de ello por primera vez en muchos años.

Atrapados y ajenos a las prisas, nos vemos abocados a mirarnos en el espejo y, a veces, aceptar que la imagen que nos devuelve es nada. Creemos que a nuestras vidas no les pasa nada aunque esta sea precisamente el envoltorio de nuestro mundo loco. Como la protagonista, estamos a punto de cerrar el año y de abandonar unos meses que estamos deseando que formen parte de un pasado pretérito perfecto. Pero todos sabemos que nada nace ni muere, solo se transforma. Decir que no pasa nada es querer conjurar a la fuerza el desenlace rotundo de lo que sí está siendo, porque en realidad lo somos todo través de esta nada; de hecho es la oportunidad de volver a responsabilizarnos de nosotros mismos y recomenzar o mejorar sostenidos por la idea que exponía Sartre, allá por 1943 en una Europa arrasada por la 2.ª G M, de dar sentido a la nada, aceptando que «La nada funda el ser».

Y a la postre, para no ser nada, resulta Nada cambió la literatura española de posguerra con la pluma de una mujer.

Filóloga y traductora

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