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La primera etapa de Napoleón como cónsul de Francia


Napoleón como Primer Cónsul, por Antoine-Jean Gros (1802). / Wikipedia Napoleón como Primer Cónsul, por Antoine-Jean Gros (1802). / Wikipedia

Tras el golpe de Estado de 1799 que hundió la república burguesa, Francia pasó a ser un consulado cuya figura principal era el general Napoleón Bonaparte. El Consulado fue un gobierno colegiado integrado por los tres cónsules y cuatro asambleas (Tribunado, Senado, Consejo de Estado y Cuerpo Legislativo). Pero, en realidad, de quien dependió toda la política fue de Napoleón; los otros dos cónsules se convirtieron en sus meros asesores. De ahí que, en este período, Francia volviera a una forma de despotismo ilustrado aunque con una mayor presencia del estamento militar surgido de la Revolución.

Su sistema político se concretó en una nueva Constitución, la del año VIII (1800), que fue sancionada por el pueblo por más de tres millones de votos y promulgada el 15 de diciembre. La Constitución fue aceptada por el pueblo no sólo porque abría una era de orden y de paz sino, sobre todo, porque le gustaba al propio Napoleón, convertido, no ya en un primer cónsul, sino en la primera esperanza del país. Es cierto también que la votación se hizo a registro abierto, lo que ayudó a formar esa mayoría de votos. En las pastelerías de París comenzaron a venderse pasteles llamados Bonapartes, con la inscripción "Francia le debe la victoria; Francia le deberá la paz". Napoleón captó el mensaje inmediatamente.

La burguesía revolucionaria quería la paz sin la cual no eran posibles los buenos negocios pero sin renunciar a sus conquistas revolucionarias; muchos monárquicos emigrados deseaban volver, pero con la garantía de que no serían molestados; los católicos deseaban la libertad religiosa y la paz; campesinos y artesanos querían que sus hijos, alistados en el ejército, volvieran y se acabara la guerra que Francia mantenía contra media Europa. El trabajo de los cónsules, pues, era complicado, pues había que tratar de satisfacer a mucha gente. Habría que andar con miramientos con los acaparadores, los propietarios, los jacobinos e incluso con los intelectuales del Instituto, que ejercía una notable influencia moral en la opinión pública.

Dentro de su función legislativa, y con el fin de llevar a cabo una reconstrucción social que eliminara el desorden, uno de los trabajos más importantes realizado por el primer cónsul y el Consejo de Estado fue la redacción del Código Civil en 1800, completado en 1804 y rebautizado en 1807 como Código Napoleón. Fue el código de la nueva sociedad burguesa, que influyó en el desarrollo social de Francia y de Europa. Recogió la tradición jurídica romana y las innovaciones introducidas en el Derecho civil por la Revolución (libertad personal, de conciencia y profesional, igualdad ante la ley, laicismo del Estado, secularización de la vida pública, derecho de propiedad, etc.).

Napoleón mantuvo el orden interno y consolidó su autoridad mediante una policía política secreta y, sobre todo, a través de una fuerte política centralizadora y restrictiva, lo que provocó duras críticas por parte de la oposición. La Administración pública fue organizada más rígidamente que en la Francia del absolutismo. Los departamentos (provincias), creados por la Asamblea Constituyente, eran regidos por prefectos (gobernadores), subprefectos y síndicos que eran nombrados por el Primer Cónsul y sólo ante él tenían que responder directamente de sus actos. Los órganos administrativos de los municipios y provincias ejercían sólo funciones consultivas. La libertad de prensa fue garantizada, pero recortada. Los periódicos no podían ser instrumentos en manos de los enemigos de la República. Solamente se permitieron la venta de 13 en toda Francia.

Bonaparte también decidió acometer la reforma de la educación con criterios centralistas. El sistema educativo era graduado. Había escuelas superiores, medias e inferiores, sometidas todas ellas a los reglamentos y control del Estado. Su política educativa reflejó las opiniones sociales del Primer Cónsul: iba dirigida a la población masculina, a la más preparada y a los ciudadanos más inteligentes, que constituirían la futura clase política y la administración del Estado. Los pobres se beneficiaron únicamente de la instrucción primaria, por lo que se vio afectada por una falta de preocupación por desarrollar este nivel educativo, que se abandonó totalmente en manos de los prefectos.

En el terreno económico, Napoleón, aunque se mantuvo fiel a las doctrinas del liberalismo económico, como déspota ilustrado siguió una política proteccionista. Fomentó el desarrollo agrícola, se preocupó por el progreso industrial y la red viaria, y mejoró el comercio interior. Solucionó el caos financiero con una política de orden y economía de la Hacienda Pública y en los impuestos. Prohibió exenciones tributarias por razón de nacimiento, de posición social o de acuerdos especiales, lo que hizo posible que, por primera vez en diez años, el Gobierno recaudara realmente los impuestos que se fijaban. También se ordenaron los gastos, se crearon los cuerpos de funcionarios necesarios para el puntual cobro de los impuestos y se perfeccionaron los métodos de contabilidad. Y para organizar las finanzas, el Gobierno consular fundó el Banco de Francia en 1800, poco después se organizaron el Tribunal de Cuentas y el de Casación, y se estableció una nueva moneda saneada y el crédito público.

Napoleón tuvo éxito en su política religiosa: logró el Concordato de 1801 con la Santa Sede, con el cual se ponían fin a las persecuciones religiosas desencadenadas por la revolución, se intentaba integrar a los católicos en la Nueva Francia, se lograba cierto control sobre los nombramientos de la jerarquía católica y se mejoraba la imagen de la nación en Europa. En ese mismo año, su victoria militar en Marengo supuso la paz con el Imperio Austríaco y el dominio francés sobre la mayor parte de Italia. Con el Reino Unido, el Primer Cónsul firmó la paz de Amiens -marzo de 1802-, mediante la cual Francia devolvía Egipto a Turquía y conservaba sus conquistas continentales, lo que la convertía en la potencia terrestre de Europa.

Para demostrar el reconocimiento de la sociedad a su Primer Cónsul, el Tribunado propuso al Senado convertir su consulado en vitalicio. Sometido a consulta popular, fue aprobado por más de tres millones de votos. De esta manera, Bonaparte se convirtió en 1802 en Cónsul vitalicio, un paso más que le conduciría hacia el poder absoluto. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.