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Jesuita por el socialismo


Juan N.García-Nieto, Jesuita, militante obrero, miembro del movimiento Cristianos por el Socialismo y del PSUC / Foto: CCOO Juan N.García-Nieto, Jesuita, militante obrero, miembro del movimiento Cristianos por el Socialismo y del PSUC / Foto: CCOO

Aviso al lector: este no es un artículo sobre nadie que acapare las portadas de las revistas, ni trata sobre una cuestión de candente actualidad por más que el tema alcanzara su momento de gloria en los sesenta y los setenta. ¿Quién se acuerda a estas alturas del diálogo entre cristianos y marxistas? Más allá de la moda del día, los historiadores también tienen que ocuparse de los sueños rotos. Alfonso Carlos Comín personificó, para mucha gente, este encuentro entre la cruz por un lado y la hoz y el martillo por otro, pero, junto a su figura carismática, se hallaba también Juan N.García-Nieto París (1929-1994), una jesuita crucial que increíblemente aún no ha sido aún estudiado en una buena biografía científica. Solo tenemos apuntes de sus amigos y admiradores, en los que prima el sentido de homenaje sobre el propiamente histórico.

Tras su ingreso en la Compañía de Jesús, su inquietud por ir a misiones, fuera en la India o en Japón, parece prefigurar su aproximación al mundo comunista. Porque, en ambos casos, se trataba de vivir una fe “de frontera”, en contacto con los que más lejos estaban del sentir de la Iglesia católica. Su preocupación social le condujo a estudiar economía, sociología y sindicalismo en la Universidad de Deusto, entre 1955 y 1957. Este periodo académico será el origen de un libro pionero sobre el sindicalismo cristiano en España. En esos momentos, todavía está seguro de que los principios del catolicismo, al contrario que los de ideologías rivales, sí pueden “aportar la verdadera solución al progreso de la justicia social y cristiana a nuestra patria”. Su tono, sin embargo, no es el de un nacionalcatólico acérrimo. No es poca cosa que se niegue a considerar enemigos a los anarquistas, a los socialistas democráticos o a los comunistas.

Mientras tanto, conoce de primera mano el mundo laboral a través de su participación en el SUT (Servicio Universitario del Trabajo), donde nació su amistad con el Padre Llanos. En una carta sobre su experiencia refleja la reacción de los trabajadores, estupefactos ante aquellos jóvenes que se desplazaban a Extremadura, en el marco del Plan Badajoz, para realizar pesadas labores a temperaturas de más de cincuenta grados.

En 1963 comienza a impartir clases en Esade, donde permanecerá como profesor los siguientes diecisiete años. Durante esta etapa, en un gesto que evidencia su talente aperturista y reivindicativo, consigue cambiar el nombre de la asignatura de “relaciones humanas” por el de “relaciones laborales”. Su estudio del marxismo contribuye a convencerle de que la empresa es, por definición, un espacio de conflicto. Lleva una especie de doble vida porque, de día, es profesor de futuros empresarios. De noche, en cambio, está junto a los trabajadores.

El concilio Vaticano II dio alas a los cristianos contestarios. En 1966, justo al año siguiente de su clausura, García-Nieto se marchó a vivir a Cornellá como consiliario de la JOC, la HOAC y la ACO. Los militantes de estos movimientos le dijeron que, si quería ser uno de ellos, tenía que vivir en su mismo entorno. En el barrio de San Ildefonso, el Nepo aprovecha las misas dominicales para hacer denuncia social.

En 1969, durante el estado de excepción, fue detenido junto a otras veintiuna personas. Se hallaba en domicilio de Comín, con ocasión de la visita de la viuda de Emmanuel Mounier, el conocido pensador personalista francés. Como era sacerdote, se le destinó, en aplicación del Concordato, a un recinto religioso en Manresa, bajo vigilancia policial. Su confinamiento se prolongó durante cuatro meses, en los que escribió diversas cartas a la gente de su entorno para ejercer una cierta dirección espiritual, que no espiritualista. Quienes le conocieron recuerdan que necesitaba sus periodos de retiro y oración. Vivía su religiosidad en el marco de una fidelidad conflictiva a la Iglesia. La crítica por sus insuficiencias, a veces con gran dureza, pero en medio de crecientes secularizaciones nunca da el paso de situarse fuera.

Será en 1973, tras su aparición en Chile, cuando tenga lugar la fundación de Cristianos por el Socialismo en Cataluña. Sus miembros proceden de medios obreros, pero también, y quizá primordialmente, de sectores intelectuales de clase media. Para nuestro jesuita, estaba claro que la Iglesia, si quería ser fiel a Jesucristo, tenía que abandonar las veleidades reformistas para apostar con decisión por un proyecto de transformación profunda de las estructuras.

En ocasiones, la utopía no estaba reñida con el pragmatismo que hace de la necesidad virtud. Los cristianos como García-Nieto no permanecieron ciegos ante los defectos del partido comunista, como el burocratismo y dogmatismo. Si aceptaron las contradicciones que generaban estos rasgos fue porque pensaban que no existía, en aquellas circunstancias históricas, otro lugar para luchar con la misma eficacia por los trabajadores.

Fue en 1974, el mismo año en que una importante fracción de Bandera Roja entró en el PSUC, cuando García-Nieto, junto a su amigo Comín, publica un importante trabajo sociológico, Juventud Obrera y Conciencia de Clase. La base empírica del estudio se basaba en una amplia encuesta realizada entre los jóvenes de Cornellà. Los resultados, desde una óptica de izquierdas, resultaban desoladores. Cierto que un 64’7 de los jóvenes de Cornellà identifican como de clase obrera, pero poco más de la mitad, un 51’1 %, aspiraba a integrarse en las filas de clase media.

Con la llegada de la Transición democrática, García-Nieto alertará contra el peligro de que los militantes bajen la guardia. Tal vez no tengan que intervenir, como en el pasado, en hechos heroicos de resistencia, pero el mal seguirá ahí. Porque el verdadero peligro no era específicamente el franquismo sino la cultura occidental en sí, con su exaltación del capitalismo consumista. No obstante, nuestro hombre no se deja ganar por una nostalgia anacrónica de los viejos tiempos. Observa los cambios sociales y advierte que los nuevos pobres ya no son los obreros. Por debajo de ello están los desempleados, en un mundo en el que la tecnología está suprimiendo muchos puestos de trabajo.

Siguió apostando con fuerza por un cristianismo utópico y liberador. Otorgaba el máximo valor a la perseverancia en la lucha, sin desfallecer pese a todos los obstáculos. ¿Qué pensaría en la actualidad, ahora que vivimos en un eterno presente ajeno a todo proyecto de futuro? Seamos creyentes, agnósticos o ateos, todos necesitamos una reserva mística, en medio de tanta mediocridad, para levantarnos cada mañana.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.