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Viudas y huérfanas en los gremios del Madrid de Carlos III

En la mayoría de gremios de la Monarquía hispánica se aceptaba que la dirección de un taller o tienda a la muerte del maestro pasara a manos femeninas. Paradójicamente, la mujer no era educada para ello, por lo que muchas viudas tan sólo podían contar con la experiencia de algunos familiares o vecinas y con su propio proceso de acomodación a las nuevas competencias.

La viuda, al mantener abierto el taller o la tienda bajo su exclusiva responsabilidad, adquiría también los derechos que su marido había ejercido en el gremio. De ahí que se constate la asistencia de mujeres a las juntas generales y particulares de las corporaciones, en donde su firma, al pie del acta, valía tanto como la de un hombre. Y, en algún caso, incluso los maestros les reconocían "cierta capacidad de razonamiento". Así, María Pelaez y Benita Illobre aseguraban en 1780, bajo juramento, que al aceptar los acuerdos a los que habían llegado en junta sus compañeros, maestros menuderos, no habían sido violentadas por nadie, convencidas libremente del provecho que podían reportar al gremio.

De la misma manera, las viudas se incorporaban a las cofradías y hermandades religiosas ligadas a los gremios como cofrades con voz y voto, teniendo derecho a solicitar la ayuda económica que tradicionalmente estas agrupaciones religiosas concedían para estos casos, intentando mitigar su pobreza. No olvidemos que el rey Carlos III eximió del pago de determinados impuestos a los gremios menores -la mayoría del conjunto de artesanos y comerciantes- ante las dificultades cotidianas en que vivían.

Cabe subrayar que, en la mayoría de las gremios artesanos, la dirección de las viudas tan sólo se permitía durante un año, al menos legalmente. Finalizado este plazo - fijado, en buena parte, por el luto - la viuda debía o bien casarse o bien contratar a un oficial para que el taller volviera a ser dirigido por un hombre. También tenía la posibilidad de solicitar al gremio que eligiera a uno de sus miembros para esta tarea, cobrando un salario proveniente de los beneficios del negocio. Si la mujer optaba por un nuevo matrimonio, el novio no solía ser una persona ajena al taller, ya que los ordenamientos prohibían la unión de las viudas con hombres que desconocieran los rudimentos del oficio. Si aún así, una mujer decidía casarse con un extraño, los veedores del gremio la obligaban a traspasar la tienda o el obrador a un compañero.

Las viudas podían seguir dirigiendo el taller si lograban que uno de sus vástagos, de corta edad, adquiriera el grado de maestro, en virtud de los privilegios que las ordenanzas gremiales concedían a los hijos de maestros. Aunque el titular del negocio fuera el muchacho, quien realmente se responsabilizaba del mismo era su madre. Si la viuda no deseaba casarse ni tenía hijos varones, también podía ejercer una discreta influencia en el obrador si su hija se casaba con un oficial o maestro y ella declaraba ante notario que, sin dejar de ser propietaria, cedía la dirección del negocio a su yerno, a cambio de una determinada renta. Parece ser que este tipo de contratos contaron con el apoyo de las corporaciones, las cuales protegieron a las viudas si sus familiares no cumplían sus acuerdos. Así, el madrileño gremio de latoneros - el 12 de agosto de 1776 - obligó a Ambrosio Vicálvaro a que abonara los derechos reales que, desde 1770 a 1776, debía a su suegra, Ana María Rodríguez.

Sin embargo, la situación legal de las viudas al frente de los obradores no puede considerarse uniforme en todos los gremios. En aquellas corporaciones ligadas al pequeño comercio y al abastecimiento alimenticio, numerosas mujeres siguieron al frente de sus tiendas pasado el plazo de un año. Por eso, algunos oficiales y aprendices, en sus cartas de examen, hacían constar su trabajo durante varios años en casas dirigidas por viudas. Incluso algunos maestros encomendaban la dirección de sus negocios a sus esposas, tras su muerte. Tal fue la voluntad de Pedro Gallego, maestro platero, expresada en un documento notarial en 1778, donde justificó su voluntad al no tener su esposa ningún otro medio para mantenerse económicamente.

Salvo sus derechos asistenciales, la mayoría de las ordenanzas no reglaron ninguna otra disposición sobre el papel de viuda en los gremios durante el período 1775 - 1820, lo cual puede interpretarse como una aceptación implícita de su presencia al frente de los talleres, al no formular ninguna exclusión, al no distinguir los sexos. No obstante, a pesar de toda esta serie de medidas para contrarrestar su situación, numerosas viudas de agremiados rozaron cotidianamente la pobreza y la indigencia.

Cuando, por causa de la muerte prematura del padre o de ambos esposos, sus hijos quedaban huérfanos, el gremio se responsabilizaba de ellos. Su ayuda se administraba de acuerdo a lo estipulado en las ordenanzas o en las disposiciones de algunas cofradías. A los niños se les adjudicaba un tutor - un hermano mayor o un pariente si era posible - que gestionaba su rápido acceso a la maestría o, en el peor de los casos, les asentaba como aprendices o criados.

En cambio, en el caso de las huérfanas el abanico de posibilidades asistenciales era mayor. Las autoridades gremiales y sus parientes nombraban, ante el escribano, un curador ad littem - generalmente, un maestro - que dirigía su negocio y las mantenía hasta su mayoría de edad. Una vez alcanzada ésta, debían casarse para depender de otra autoridad masculina, pero esta vez fijada por los vínculos matrimoniales. Como muchas de ellas no disponían de una dote suficiente, los gremios se las proporcionaban de sus propios fondos, o bien intentaban que algunas cofradías religiosas o piadosos benefactores las ayudaran en este sentido. De no ser asistidas por estas corporaciones su destino las empujaba irremediablemente hacia la servidumbre, el convento o la prostitución.