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Un discurso de mucha enjundia. De Albert Camus en Homenaje a Salvador de Madariaga

Con la rebelión, nace la conciencia.

Albert Camus

La ausencia de memoria es aplastante hoy en día. Hemos renunciado a nuestro pasado y, tal vez por eso, muchos no saben ni quienes son ni de dónde vienen. Los largos años de dictadura franquista tuvieron efectos aniquiladores y paralizantes en muchos ámbitos.

Es ostensible que no se han hecho a penas esfuerzos por analizar críticamente ese periodo cuyas tóxicas consecuencias, pese al tiempo transcurrido, continúan presentes en el aletargamiento y ausencia de curiosidad intelectual de muchos sectores de la sociedad española.

Una pregunta siempre pertinente es ¿por qué?, ¿qué llevó a Albert Camus a intervenir en el homenaje a Salvador de Madariaga?, podríamos responder y no andaríamos desencaminados, que la admiración hacia el exilio español y la rebeldía, así como una reivindicación del liberalismo político.

Tituló su intervención “El partido de la libertad”. Tengo un pequeño opúsculo en las manos, austero y bien editado por la Editorial Trifolium (2020), que reproduce la intervención de Camus en un texto bilingüe –la traducción se debe a Armando Requeixo-

Quizás sea oportuno comenzar estas consideraciones comentando que el homenaje a Salvador de Madariaga, con motivo de cumplirse su septuagésimo cumpleaños, tuvo lugar en el Hôtel d’Orsay de París, el 30 de octubre de 1956, cuando todavía eran patentes las heridas abiertas por la II Guerra Mundial en Europa. En España la represión y el férreo control de la dictadura, aun no había comenzado a resquebrajarse y no se perfilaba en el horizonte el anuncio del menor signo de claridad entre tan negros nubarrones.

¿Quién organizó el acto? El Gobierno Republicano en el Exilio. Poco sabemos de las vicisitudes de ese gobierno maltratado por unos, abandonado a su suerte por otros y que contó con muy pocos apoyos. No obstante su actuación, pese a algún altibajo, fue de una integridad encomiable hasta que se disolvió tras la muerte del dictador.

El acto quedó marcado en la conciencia y memoria de quienes asistieron. Lo han comentado innumerables veces. Para calibrar su importancia mencionaré, tan solo, a media docena de integrantes del comité del homenaje: Paul Boncour, Diego Martínez Barrio, el político socialista francés Guy Mollet, Robert Schuman, uno de los “padres de Europa”, el hispanista Marcel Bataillón o la intelectual argentina Victoria Ocampo. Se adhirieron figuras de gran relieve como Karl Jasper, Andrè Malraux, Andrè Maurois o Pau Casals, entre otros.

Los organizadores cuidaron el homenaje hasta el más mínimo detalle. Todo estaba milimétricamente preparado y revestido de un aura simbólica. Intervino el orfeón vasco Guernica, en cuyas connotaciones no es preciso insistir. La actriz María Casares, hija del político Casares Quiroga y tan vinculada afectivamente a Albert Camus, recitó algunos poemas que emocionaron al auditorio. A continuación tuvo lugar, a cargo del grupo Mosaicos Españoles, la representación de la obra “El 12 de octubre de Cervantes” de Salvador de Madariaga.

Antes de glosar el discurso de Albert Camus, diremos que muchas veces la vida no es otra cosa que un juego de espejos y perspectivas. La actualidad tiene una voracidad gigantesca y lo devora todo, no dejando margen apenas para el recuerdo. ¡Cuesta tanto preservar la memoria!

No es ocioso, de ninguna forma, comentar el carácter nítidamente europeísta de Salvador de Madariaga así como su liberalismo o su antibelicismo, lo que por cierto, se pone de manifiesto tanto en su pensamiento político como en sus ensayos.

Habría mucho que hablar de Salvador de Madariaga. Sintetizando al máximo mis notas, destacaré que fue ministro en dos ocasiones de la Segunda República, primero de Instrucción Pública, más tarde de Justicia.

Tras la Contienda Civil Europea, en plena guerra fría, su posición fue difícil y tuvo que hacer equilibrios. Desde su exilio londinense recibía ataques “de unos y de otros”. Era un opositor firme de la dictadura franquista pero sus diatribas contra el comunismo soviético, igualmente, le granjearon enemigos.

Obtuvo determinadas distinciones como ser elegido para formar parte de la Real Academia Española de la Lengua. Es significativo que se negara a tomar posesión de su “sillón” hasta 1976, tras la muerte del dictador. Hasta entonces se negó a volver a España. Fue la suya una resistencia recalcitrante.

Tuvo amistad, en su juventud, con políticos de un amplio espectro ideológico. Los socialistas, Fernando de los Ríos o Luis Araquistain más, también, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón o Ramiro de Maeztu. Fue profesor en la prestigiosa Universidad de Oxford, más abandonó pronto la vida académica.

Otra faceta, en la que no se ha insistido lo suficiente, es la de diplomático. Fue embajador en Estados Unidos y más tarde en Francia, durante la II República.

Quisiera comentar una anécdota que apenas se ha reproducido. Cuando en plena deriva imperialista, Japón invadió Manchuria, denunció el acto con la contundencia que en él era habitual, por ello lo motejaron con la denominación “don Quijote de Manchuria”. Ciertamente, la vocación cervantina fue una constante en su biografía. Me parece otro dato que merece ser puesto en valor, es que fue nominado para los premios nobel de Literatura y de la Paz.

Quizás uno de los momentos más brillantes de su oposición a la dictadura franquista, fue cuando se destacó en la organización del Congreso del Movimiento Europeo que se celebró en Múnich. El franquismo con la “sutiliza” y “delicadeza” con que solía referirse a cualquier acto de la oposición lo calificó como “el contubernio de Múnich”. Los residentes en España que asistieron, a su regreso sufrieron las consabidas represalias.

Su europeísmo, por el que luchó denodadamente, es una de sus más firmes características. Creo que es de justicia destacar que creía y apostaba por un modelo federalista y por una Europa unida que encontrara su lugar en el contexto mundial del enfrentamiento entre las dos superpotencias.

Era un intelectual de vasta cultura, escribía con soltura en francés e inglés, además de castellano. No desdeñaba, en absoluto, ni participar en polémicas ni publicar artículos en la prensa de diferentes países.

En su producción –solo voy a referirme a algunas obras- destacan las páginas dedicadas a Bolívar. No obstante, son sus ensayos políticos los que merecen la pena ser releídos y repensados. Contienen ideas originales y algunas de ellas siguen teniendo actualidad y vigencia. Me gustaría destacar de “La angustia a la libertad” (1955) o “General márchese usted” (1959) que en numerosos aspectos son paradigmáticos y representativos de aquellos años. Contienen ideas y conceptos que, sin duda, serán muy útiles para quien no los conozca.

El método que he seguido hasta aquí de aproximaciones sucesivas, fundamentalmente se ha basado en resaltar las cualidades de Salvador de Madariaga y el motivo por el que Albert Camus se sumó encantado al homenaje. Fue un hombre libre que desarrolló en sus ensayos un liberalismo político, decidido pero prudente, sin ninguna reserva a la hora de asumir compromisos y hacer frente a las consecuencias de los mismos.

El discurso de Albert Camus “El partido de la libertad” va más allá de lo que es usual en un homenaje. Contiene ideas de enjundia y de calado, hasta tal punto esto es así, que me extraña que no haya sido reproducido, ni citado en más ocasiones.

Presenta al homenajeado dotado de finura y humor y con una pasión indomable por la verdad. Denuncia “la acomodación de ciertos intelectuales” y lo considera un hombre libre, al margen de “partidos entendidos como iglesias” que actúan con su fuerza coercitiva habitual.

Otra idea que me llama poderosamente la atención es que considera que la filosofía no consiste en explicar Historia de la Filosofía sino “ejercitar el pensamiento para que indague, tanto en los secretos del mundo como en las reglas de conducta vital que es necesario asumir”.

Arremete contra ciertos intelectuales que sólo ofrecen “un sustento corrompido” que lógicamente, es incapaz de saciar el apetito de verdad. Más adelante, fustiga a aquellos que justifican la supresión de la libertad de pensamiento y de expresión con la única condición de que se realicen bajo reales o supuestas “etiquetas humanistas”.

Me parece brillantísimo su ataque, de una inteligencia aplastante, a aquellos intelectuales “insensibles” dispuestos a justificarlo todo en nombre de lo que ellos mismos consideran realismo. Otra idea que me parece que debe ser retenida y que tiene una actualidad incuestionable, es la oposición que establece entre intelectuales firmes e intelectuales insensibles.

Es estremecedor cuando se dirige a Salvador de Madariaga con estas palabras: “creo que fue usted quien dijo que la libertad no es libertad para prosperar y hacer a otros morir de hambre, sino la asunción de un deber cívico”.

Decir lo que otros no se atreven es un signo de valentía. Formula, sin ambages, la heroica y abrumadora insurrección de los intelectuales y obreros húngaros que fueron aplastados por los tanques soviéticos. Aprovecha la ocasión para traer a colación a España, que permanecía prisionera de un régimen dictatorial y opresivo, a la espera de “una liberación que las naciones desunidas le han robado”.

Glosa, sin citarlo, a Walter Benjamin. Cuando expone que “nos hemos visto obligados a buscar esperanza en nuestra propia desesperanza”. Camus no da puntada sin hilo. Finaliza su discurso solidarizándose con todos aquellos que han sabido salir adelante “sin miedo ni odio” en contraste con actitudes oportunistas, serviles y acomodaticias. La admiración de Albert Camus a Madariaga queda patente al alabar que se mantuvo fiel a lo que llama, con evidente complicidad, “nuestro ideario de vida”

Como podrá apreciarse el discurso no tiene nada ni de ocasional, ni protocolario sino que es comprometido y valiente y, por esas razones y otras muchas, merece ser recordado aquí y ahora.

Y es que Albert Camus fue un hombre alerta. Es probablemente uno de los escritores e intelectuales más actuales del siglo XX, pese a su temprana desaparición en 1960, tres años después de obtener el Premio Nobel de Literatura.

Fue mucho más que un verso suelto. Como es sabido formó parte de la Resistencia francesa, durante la ocupación nazi y más tarde supo hablar al hombre del futuro sin dejar de vivir el presente.

Por eso, en el homenaje a Salvador de Madariaga está tributando su admiración y respeto hacia las firmes convicciones democráticas de tantos resistentes a la dictadura franquista y hacia el Gobierno de la República en el exilio, cuya actuación durante muchos años, en medio de desprecios y sinsabores, es sencillamente meritoria.

A Camus se le lee como si sus palabras acabaran de ser escritas. Ahí está “La Peste” que en tiempos de pandemia, como los actuales, sigue siendo portadora de una fuerza y de una inteligencia notable. Preguntémonos ¿por qué? De forma simbólica se eleva sobre el pánico, la mezquindad o el miedo para ocuparse de la dignidad y la fraternidad.

Es consciente de que más allá de la tensa espera, siempre se dibuja un rayo de esperanza, pese a todo. Toda su vida militó en el partido de la libertad, que evidentemente, no es una institución política sino un concepto. Lo que le llevó a esgrimir palabras comprometidas y libertarias como estas: “cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados con él. La libertad debe ser para todos o para nadie”

Hoy interesa, sobre todo, su profundo humanismo. Las polémicas sobre el carácter existencialista, anarquista o marxista, creo que hay que transcenderlas desde una visión honda y certera de la condición humana y sobre el compromiso de una conciencia crítica en tiempos de un mundo que agoniza.

Nos siguen conmoviendo “El mito de Sísifo” o “El hombre rebelde”. Es significativo, con respecto a esta última, que supuso un enfrentamiento y una ruptura con Jean-Paul Sartre.

Lo que son las cosas, entonces todo el mundo dio la razón a Sartre; todavía se hacía notar el peso de ciertos “mandarines de la cultura”. Sus descalificaciones tenían un efecto inmediato de marginación y pérdida de influencia. Hoy, sin embargo, todos dan la razón a Camus en ese pulso. ¡La dialéctica, con el paso del tiempo, tiene estas cosas!

Es de rabiosa actualidad el atreverse a arrancar ciertas máscaras y a demostrar lo destructiva que puede ser una “ideología cerrada” que proponga una finalidad unívoca para la historia. Lo que en realidad no supone más que una pretendida visión materialista desfasada.

La defensa del exilio español la realiza no sólo desde la admiración y la complicidad, sino desde valores compartidos como la libertad y la justicia.

La rebeldía de Albert Camus es a un tiempo moral y metafísica. Es, desde luego, significativa su lucha contra la pena de muerte. En una de sus últimas obras “Reflexiones sobre la guillotina”, llega a considerar la aplicación de la pena de muerte como un asesinato premeditado e institucionalizado, a través de los mecanismos del Estado.

Es asimismo lúcida, su crítica a una sociedad que frustra o destruye sus valores. Desde mi punto de vista es, no sólo interesante sino necesaria, una visión retrospectiva que ponga en valor esa parte de nuestra historia que se ha intentado sepultar, bajo una capa de olvido… quizás para que no se ponga de manifiesto la responsabilidad de quienes se empeñan en construir una visión falaz y tranquilizadora, entre otras cosas, para ocultar su oscura participación en ese periodo.

Estas son las reflexiones que me suscita el discurso de Albert Camus “El partido de la libertad” en el que homenajea a Salvador de Madariaga y con él y a través de él, al exilio español, a la oposición democrática a la dictadura y al gobierno de la República en el exilio.