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Ana María Matute (1925-2014). Toda una vida rompiendo techos de cristal

--UNA ESCRITORA FORMIDABLE, VALIENTE, REBELDE Y LIBRE—

Para una escritora la autenticidad es un deber, lo que

no puede hacerse es engañar, porque se engaña una a

sí misma y jamás se debe escribir al dictado de nadie

más que el propio.

Ana María Matute

Hace ahora seis años que en un mes de junio se nos fue Ana María Matute. Cuando pase algo más de tiempo, cuando exista un poco más de perspectiva y de distanciamiento, nos iremos dando cuenta de que es una novelista, con un estilo literario lírico y desgarrado, profundo y de enorme calidad.

Sólo la ceguera, los prejuicios y la incompetencia de algunos, hace que no se la valore como merece y no se tenga en cuenta todo lo que significó su vida, su pensamiento, su prosa original y única… y los caminos, que fue abriendo unos con entusiasmo y, otros con dolor, para que la mujer ocupara el puesto central que le corresponde en la sociedad y en el mundo literario.

La recuerdo en una de las tertulias del Café Gijón o tomando una copa en las Cuevas de Sésamo en la calle de El Príncipe. Su vida no fue fácil. Los años de plomo de la dictadura impedían, no sólo que se manifestara un pensamiento crítico sino que fructificara y se realizara una literatura realista, existencial, imaginativa que denunciaba las injusticias y que odiaba y rechazaba la violencia, la impostura y la mentira.

Tenía una incuestionable vocación socrática y un ostensible desprecio hacia el conformismo cómplice con el poder y la alienación burocrática. Seguía sintiendo una curiosidad viva hacia cuanto le rodeaba. Aunque iba cumpliendo años, nunca dejó de ser la niña que imaginaba historias, castigada en el cuarto obscuro.

No hacía alarde de él pero poseía un talento inmenso. Desprendía un aura de sencillez y si algo le molestaba y le producía malestar eran las actitudes soberbias y pedantescas, tenía el don de entrever y dar forma literaria a lo que estaba latente y, por extraño que pueda parecer, le gustaba medir las propias fuerzas venciendo dificultades, una tras otra.

Tuvo sobrados motivos para sentirse asqueada del aire patriarcal e irrespirable que lo envolvía todo… de forma opresiva. Hundiéndonos en una atmósfera gris cargada de una capa húmeda y rancia de clausura.

Pensaba que nada se pierde ni se olvida, que más tarde o más temprano la memoria siempre reaparece. Aunque quienes han hablado de su vida y de su obra no han insistido mucho en ese punto, fue perseguida. En una fecha como 1972 en que el franquismo agonizante, daba sus últimas bocanadas, se le prohibió viajar al extranjero para asistir a un congreso de literatura infantil en Niza. Antes, su novela ‘Luciérnagas’ fue censurada tan ampliamente, que decidió años más tarde publicarla con un título distinto.

Pasemos ahora a hablar de su literatura. Para mí, sin excluir en absoluto otros títulos, la obra por la que debe comenzar su recuperación es la trilogía ‘Los mercaderes’ compuesta de ‘Primera memoria’, ‘Los soldados lloran de noche’ y ‘La trampa’. Se trata de tres novelas independientes, pero atravesadas por una columna vertebral o espina dorsal común: la Guerra Civil. En sus recuerdos están presentes el miedo, la exclusión -que sigue operativa años después-, la violencia, el odio y el sufrimiento de los vencidos.

Siendo estudiante universitario cayó en mis manos ‘Primera memoria’. Me enganchó de inmediato por lo que cuenta, por como lo cuenta, por el dolor mezclado con el lirismo y por lo que apunta, lo que sugiere dejando al lector que extraiga sus propias conclusiones.

Hay quienes han considerado a Ana Mª Matute una escritora neo-realista por los asuntos que aborda de contenido social o moral y por la visión, dura, mezquina e incluso lúgubre de la postguerra.

Creo que tampoco anda lejos de un cierto surrealismo que quizás, elige conscientemente, para no ser incluida en el realismo social que, sin duda, transciende para ahondar en la enajenación o en la desmoralización colectiva que atenazó a los vencidos. Quienes no la consideran una escritora comprometida creo que deberían recordar estas palabras suyas: ‘escribir es siempre protestar aunque sea de uno mismo’.

Convencida como estaba de que la cultura nos hace más libres supo arremeter contra lo políticamente correcto que lo empobrece y lo empaña todo. Tenía íntimamente asumido que escribir es una forma de protesta.

Algo que no debe olvidarse es que siempre se sintió una más de los perdedores y consideró, que la injusticia y el abuso de poder son dos hierros candentes que marcan y torturan al ser humano. Todo esto envuelto en un lenguaje pulcro, exigente y cuidado con un toque de barroquismo que lo eleva por encima de la inmediatez.

‘Escribo para inquietar’ es otra de sus ideas recurrentes. Me llama mucho la atención su insistencia de que lo más importante de la creación es acertar, descubrir, dar con el ritmo interior. Cuando comprendí esto la valore aun más. Para ella crear es levantar mundos y un libro no es otra cosa que una espiral que no se desentraña, que no descubre sus intenciones hasta el final… y a veces, ni eso, porque maneja espléndidamente los finales abiertos, interpretables desde distintas perspectivas…

Escribir para ella era mucho más que una forma de desahogo, de echar fuera las amarguras de la existencia. Creía, asimismo, en el papel catártico de la palabra. La palabra puede ser un bálsamo y un instrumento para sin concesiones, buscarse a sí misma.

Otro de los elementos recurrentes en su prosa, es la importancia de la memoria para vivir, para soñar o para salvar del olvido a quienes nos han arrebatado o han perecido víctimas de la sin razón. Palabra y memoria son esenciales para la búsqueda de uno mismo, para un ejercicio implacable de auto comprensión… y, al mismo tiempo, profundamente necesario para comprender a los demás.

Es admirable que supiera intuir poéticamente que la realidad tiene, también, su reverso y que es un ejercicio creativo y valiente, al igual que el personaje de Lewis Carroll penetrar, atravesar y buscarse al otro lado del espejo… dejando de lado los inevitables demonios familiares.

Hemos comentado que durante toda su vida rompió, con tesón, muchos techos de cristal que habían impedido el desarrollo de la mujer durante siglos. Comencemos por poner en valor que, tras la negra noche del franquismo, fue la tercera mujer que logró el ingreso en la Real Academia de la Lengua, sólo Carmen Conde y Elena Quiroga la precedieron. ¡Con qué emoción, con qué satisfacción tomó posesión del sillón “K”! teniendo muy presentes a las que se les había impedido el acceso a la Real Academia como a Emilia Pardo Bazán y tantas otras.

Una vez más Ana María Matute es más valorada fuera de nuestro país que dentro. Un hecho poco conocido es que fue propuesta, hasta en cuatro ocasiones, para el Premio Nobel de Literatura… y que en una de ellas casi, casi lo rozó con la punta de los dedos. Es asimismo, representativo de esta valoración internacional, que fuese contratada por diversas universidades norteamericanas, para impartir cursos de Literatura española contemporánea.

Pocas escritoras tienen un ‘curriculum’ como el suyo, hasta tal punto esto es cierto, que su trayectoria literaria no puede ser puesta en tela de juicio, quizás por eso, los envidiosos de rigor, lo que han hecho maliciosamente es procurar mantenerla en el olvido y que no se hable de ella.

En su curriculum están prácticamente, todas las distinciones a las que puede aspirar alguien que dedica su vida a la Literatura. Citemos, no sólo, el Premio Cervantes, la más alta distinción literaria que se otorga en el mundo hispánico por la obra de toda una vida. Obvio es mencionar, el Premio Café Gijón, que nació gracias a la tenacidad y altura de miras de Fernando Fernán Gómez. Durante muchos años este premio fue muy codiciado. Concurrió con ‘Los Abel’ y lo ganó.

Añadamos a estas distinciones el Premio Planeta por ‘Pequeño teatro’, el Premio de la Crítica, y el prestigiosísimo Premio Nadal al que se presentó con ‘Primera memoria’, una de sus obras emblemáticas. Por no hacer interminable esta secuencia añadiré, tan solo, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española por ‘Los soldados lloran de noche’. Baste, sin embargo, con los citados para colocar, sin asomo de duda, a Ana María Matute como una autora imprescindible de la segunda mitad del XX y primeros años del XXI.

Puede decirse que en su proceso de toma de conciencia pasó de la estética a la ética y del compromiso moral al rechazo del franquismo. La libertad era en aquellos años un fruto prohibido… y, como es sabido, los frutos prohibidos son los que más apetecen. Por eso, fue creciendo entre el tedio y las horas putrefactas, como crecen los auténticos creadores, de fuera a adentro. Qué duda cabe que la brigada político social, la brutalidad policial, las huelgas de Asturias o los comentarios que oía sobre la vida clandestina contribuyeron, en no poca medida, a abrirle los ojos.

Si hubiera que elegir una anécdota que explicara fielmente ese lento camino a la maduración comentaría, sin duda, el abrazo que le dio Pablo Neruda en Moscú en un Congreso de Escritores. Comenta, con cierta sorna, que se emocionó tanto que syu compañero Julio Brocard le comentó que si no iba a lavar el abrigo nunca más.

Bueno es que dediquemos unos párrafos a hablar de su literatura. Junto a la trilogía ‘Los mercaderes’ una segunda trilogía la denominada ‘Medieval’ es, también, de un indiscutible interés. Sentía auténtica fascinación por el Medievo, una época para ella, mítica y mágica. No exenta de heroísmo, superstición y barbarie. Las tres novelas ‘Torre vigía’, ‘Olvidado rey Gudú’ –para algunos críticos su mejor novela- y ‘Aranmanoth’ donde se pone de manifiesto como la cruda realidad siempre amenaza los deseos y los sueños.

Quisiera mencionar, al menos, algunos de sus cuentos, sencillamente magistrales, citaré sólo dos: ‘El saltamontes verde’ y ‘El polizón del Ulises’, no logro entender bien por qué, entre nosotros el cuento es considerado un género menor. Sin embargo, en otras latitudes se eleva a los ‘altares’ a autores como los Hermanos Wilhelm y Jacob Grimm o Hans Christian Andersen.

De todo creador conviene rastrear con quien se relacionó y, también, cuáles fueron, las que podríamos denominar sus lecturas iniciáticas, es decir, las que sirvieron para encauzarla en el bosque de la creación literaria.

Sólo es posible mencionar algunos de los escritores e intelectuales con los que trabó amistad tanto en Madrid como en Barcelona. Iniciaré esta relación apresurada por Caballero Bonald para proseguir con Cortázar, que la visitó varias veces en la Ciudad Condal, Gil de Biedma, Carlos Barral o los hermanos Goytisolo. Debe recordarse, asimismo, su relación con los Aldecoa (Ignacio y Josefina) o con Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite y, por último, entre un numeroso elenco citaré a Miguel Delibes.

En cuanto a las lecturas que contribuyeron a formarla, a fortalecer su sentido narrativo, a incitarla, a ir más allá de un sentido meramente realista habría que citar a: Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato. Repárese en el hecho de que algunos de estos creadores tienen, entre sus fuentes de inspiración, relatos mágicos, míticos y caballerescos del Medievo. De ahí, que se les haya catalogado en más de una ocasión, como Realistas-Mágicos.

Sería injusto no mencionar entre sus iconos a Kafka, Marcel Proust o a los escritores rusos Dostoievski, Tolstoi o Chejov. Igualmente es obligado destacar a los representantes más cualificados de la ‘Lost generation’: William Faulkner, John Dos Passos, Truman Capote o John Steinbeck, así como a los franceses Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre o Albert Camus. La relación de estos autores muestra, por sí misma, la cultura literaria, amplia y variada de Ana María Matute.

Me hubiera gustado dedicar más espacio a su lucha contra una fortísima depresión que la mantuvo apartada, durante varios años, de la creación literaria y que en un auténtico ejercicio de voluntad, logró superar o lo que significó para ella la separación de su primer marido, que en plena dictadura, vino acompañada de la pérdida de la custodia de su hijo. Sería injusto no mencionar que su segundo marido Julio Brocard le proporcionó años de sosiego, compañerismo, complicidad intelectual y que compartieron viajes a lo largo de todo el mundo.

En este ensayo he pretendido poner de manifiesto la categoría y el lugar que debería ocupar en las letras españolas Ana María Matute. Espero que en 2025, cuando se cumpla el centenario de su nacimiento, se lleve a cabo la labor cultural de rescatar a esta escritora y de revalorizarla dándole el lugar que se merece en el panorama creativo del siglo XX y de comienzos del XXI.

Corresponde ahora una valoración de urgencia. Fue ante todo y sobre todo una creadora capaz de enfrentarse con éxito a las adversidades, a fuerza de tesón, de imaginación y de amor a la palabra. Es admirable que cuando tantos hombres y mujeres sucumbieron al intento de abandonar el laberinto, en el que todos estábamos atrapados, ella lo logró plenamente al aceptar estoicamente el infortunio… y transcenderlo.

Es admirable que en esas circunstancias tuviera fuerzas para levantar la cabeza con un gesto de resolución.

Quiero terminar este homenaje con un comentario suyo que me ha parecido siempre muy ilustrativo al respecto: ‘La palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva’.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.