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Cosimo II: un amigo y protector de Galileo que buscaba equilibrios en tiempos convulsos

Todas las verdades son fáciles de entender, una vez descubiertas. La cuestión es descubrirlas

Galileo Galilei

Cosimo II (1590-1621) gobernó como Gran Duque de Toscana desde 1609 a 1621. Su figura tiene un aire polémico. Nunca gozó de buena salud y tuvo un cuerpo débil pero un carácter fuerte. Murió a los 31 años de tuberculosis con esas promesas incumplidas que deja siempre, tras sí, un dirigente joven cuando desaparece.

Me gusta su templanza y su búsqueda de consensos y equilibrios. Casi todos los Medici estuvieron dotados para el arte político y tuvieron una sagacidad notable. Cosimo, en todo momento, quiso preservar el orden y la convivencia en Florencia… lo que no era, en absoluto, fácil.

Creía en la fuerza del conocimiento y tuvo la fortuna de recibir una educación completa, tanto humanística como científica. De hecho, fue discípulo de Galileo Galilei a quien más tarde protegió.

Supo desenvolverse con soltura y logró que Florencia esquivara los escollos evitando ser atrapada por una de las dos potencias del momento: España y Francia.

No es fácil encontrar un “hombre de estado” con amplios conocimientos de matemáticas, cultura clásica, cosmografía y que dominara varios idiomas: alemán, francés, castellano…

Uno de los pintores más afamado de ese momento histórico, Justus Sustermans, por espacio de varios años residió en Florencia, requerido por los Medici, realizó un magnífico retrato de Galileo Galilei, conservado en la Galería de los Uffici y, también, uno de Cosimo II pintado hacia 1625, que se custodia en el Kunsthistorisches Museum, de Viena.

Los rasgos de su rostro nos lo presentan como un personaje un tanto enigmático, dotado de energía pero con una tristeza desasosegante en la mirada. Todo su rostro parece expresar una duda ¿son las diversas hipótesis de la existencia capaces de dar una respuesta adecuada? o la flecha del tiempo apunta hacia el vacio como único blanco.

Por paradójico que resulte un viaje a la Florencia del pasado, tiene siempre un no sé qué iniciático. La memoria ata el tiempo con las alas plegadas de los ángeles muertos.

Desde distintas perspectivas, Florencia es una creación, un invento de los Medici. Es una pena que desconozcamos, casi por completo, la historia de los países de nuestro entorno. Entre otras cosas, porque tuvimos mucho que ver en el desarrollo de los hechos. Son especialmente intensas y duraderas las relaciones políticas y económicas con el reino de España.

De los Médici destacan unos cuantos nombres, hubo entre ellos Papas como Leon X, Clemente VII, gobernantes como Lorenzo el Magnífico, Cosimo I o Fernando I, también alguna reina como María de Medici o Anna María Ludovica, con la que se cierra la saga. Sin embargo, el resto de los gobernantes de la familia permanecen ocultos tras una cortina de olvido… y de desinterés. La voracidad del tiempo lo devora todo o casi todo… a veces, solo quedan en pie las piedras y el arte.

Y sin embargo… todos los Medici tienen algo interesante y atractivo. Todos merecen que el foco de la historia se pose alguna vez sobre ellos, sencillamente porque son imprescindibles para entender ese mosaico, ese puzle de Estados con que la futura Italia se asoma a la Edad Moderna.

Un hecho que no podemos pasar por alto, es que su influencia cultural y su habilidad política excedió en mucho, su precario poder militar. Conscientes de ello jugaron mediante alianzas un papel, a veces decisivo, en acontecimientos de relieve de la Europa de su tiempo. A diplomáticos no les ganó nadie.

He elegido a Cosimo II porque es uno de esos Medici, de aparente segunda fila, en los que nadie o casi nadie repara. Sin embargo, creo -y espero que el lector coincida conmigo- que no es ocioso dedicarle a él, a su “corte” y a su breve etapa de gobierno, un poco de atención.

El destino gusta disfrazarse con máscaras crueles. Quiero evocarlo en el palacio familiar, meditando sobre la fugacidad de la vida mientras se consume una vela. El salón está casi a obscuras y no existen testigos que puedan perturbar ni sus reflexiones ni sus angustias.

En sus pensamientos pugnan por abrirse paso lo caótico, lo prematuro, lo doloroso, lo certero. La tristeza y la melancolía acaban por consumir lentamente los corazones humanos… cuando son capaces de advertir que tras las cortinas y visillos, las tinieblas van ganando la partida a la luz.

Su altruismo, su voluntad de mecenazgo y su estoicismo capaz de soportar con entereza que las desgracias llegan con la regularidad de las aves migratorias, fueron proverbiales. La inteligencia llega a su plenitud… justo antes de empezar a marchitarse.

Tuvo que tomar decisiones que no han sido bien comprendidas por determinados historiadores. Cerró el banco de los Medici que había sido el origen de la riqueza de la familia, no renegó de los mercaderes que le habían precedido… más no quiso comportarse como un banquero porque fue mucho más.

Hacer política con astucia y sabiendo mover con habilidad las piezas en el tablero, no era sólo necesario sino imprescindible. Quizás por eso, confió a Belisario Vinta que fue en muchos momentos, uno de sus grandes apoyos, la administración de los asuntos públicos. También estuvo asistido, en otras ocasiones, por su tío Giovanni, hijo natural de Cosimo I y a la sombra, de su madre Cristina de Lorena, de naturaleza intrigante, procuraba intervenir en cuantas cuestiones de Estado tenía oportunidad.

Plenamente consciente de su salud quebradiza, dio instrucciones precisas para que el denominado “Tesoro Ducal” se conservara integro, aunque estos deseos no fueran después cumplidos.

No quisiera dejar de mencionar que bajo su batuta, Galileo Galilei fue nombrado filósofo y matemático de la Corte y obtuvo una cátedra en la cercana Universidad de Pisa, de donde era natural.

Su búsqueda de equilibrios fue especialmente notoria en política exterior, pretendiendo una equidistancia entre Francia y España aunque no siempre fue posible mantener esta posición. Asimismo, demostró sus aptitudes diplomáticas para abrir nuevas rutas comerciales.

Es preciso señalar que la Toscana atravesó, en los años en que la gobernó, un periodo de pujanza, bienestar y crecimiento económico. Cabe decir que la herencia que dejó a su hijo Fernando II de buen gobierno y de estabilidad política fue claramente positiva.

Hubo sombras inquietantes pero supo alejarlas. Su conocimiento de la condición humana le permitió actuar con decisión y, al mismo tiempo, con prudencia para evitar situaciones indeseadas. La vida a veces es un sueño que tiene despertares amargos. Amigo como fue de Galileo tuvo el privilegio de contemplar, día a día, los logros y ventajas de sus avances científicos.

Antes de proseguir en este acercamiento a la saga enigmática y brillante de los Medici, quisiera comentar un par de lecturas que permitirán hacerse una composición de lugar más amplia. Citaré en primer término The last Medici de Harold Acton, que analiza en profundidad e instalando el periodo en sus coordenadas económicas, políticas y culturales los últimos, miembros de esta importante saga… cuando su estrella comienza a declinar e inicia una lenta e inexorable agonía. Este libro no ha perdido actualidad, pese a que apareció hace casi un siglo (1932).

De mediados del siglo pasado es, asimismo, I Medici e i loro tempi de Umberto Dorini que resulta interesante y ameno para valorar lo que esta saga significó para Florencia… y en particular para la formación o asentamiento de algunos Estados Europeos. Resulta especialmente sugestivo por lo que respecta a sus análisis sociológicos y de índole cultural.

Quizás sea conveniente enfatizar que los Medici eran educados para la política y la diplomacia. Es cuando menos oportuno, exponer que en estas dos disciplinas destacaron con creces y que de forma “escurridiza” supieron desenvolverse magníficamente en medio de ese “avispero” que era la Europa de su tiempo. Buscaron la equidistancia, pero de una o de otra forma, siempre o casi siempre, acostumbraban a ser en el tablero un “inteligente alfil” de los Habsburgo.

En los años de gobierno de Cosimo II debe destacarse, de forma especial, sus inversiones en obras de arte y en el “prestigio” de la corte.

Lo que podríamos llamar sus coordenadas políticas tuvieron, como es lógico, luces y sombras. Fortaleció cuanto pudo Livorno, con el fin de potenciando este puerto, mejorar las rutas navales y el comercio. Fracasó estrepitosamente en su pretensión de que algunos centenares de moriscos expulsados de España, se instalaran y se integraran en sus dominios. Al no conseguirlo fueron forzosamente desplazados al norte de África.

Otro éxito palpable en su afán por engrandecer la Toscana y, sobre todo, Florencia fue el incremento de población, que en aquellos momentos constituía un indicador de riqueza y prosperidad y más… cuando periódicamente Europa era azotada por plagas y pestes.

Llegados a este punto, permítaseme que haga una cala en la relación de Cosimo II con Galileo. Los vínculos del científico y filósofo con Florencia y con Cosimo II, fueron tantos que sin ser florentino, tuvo una presencia perdurable en la cultura y en que se emplearan en época temprana métodos experimentales en la ciudad del Arno.

Galileo era soberbio y, al mismo tiempo, tenía una enorme confianza en la ciencia y en sus posibilidades, por eso, lucho denodadamente por sortear las trabas inquisitoriales y medievalizantes que pretendían que los prejuicios religiosos impidieran su desarrollo. Un aserto del propio Galileo lo expresa perfectamente “mide lo que se pueda medir; y lo que no, hazlo medible”.

La influencia que ejerció sobre Cosimo II fue, desde luego, notable. Cosimo de Medici nunca olvidó que fue su profesor de matemáticas, que le descubrió algunos “secretos” del Universo y que lo inició en el interés por las ciencias experimentales.

Galileo correspondió a los favores que puntualmente iba recibiendo. Cuando publicó Siderus Nuncius, en el que daba cuenta del descubrimiento de los satélites que giran alrededor de Júpiter, les dio el nombre de “Estrellas Mediceas” con la finalidad evidente de halagar y de rendir un homenaje a quienes lo protegieron.

En esos años, Galileo gozó de libertad para exponer su heliocentrismo y sus ideas copernicanas. Esta situación duró mientras Cosimo II vivió. A su muerte, perdió buena parte de la protección medicea y comenzó su persecución que culminó con su proceso inquisitorial y su retractación pública.

Con todo, la prueba más palpable de su influjo, fue la fundación de la Accademia del Cimiento donde tenían lugar experiencias empíricas. Muchas de ellas se desarrollaban en la farmacia del Palacio Pitti. El lema de la Academia es sumamente expresivo a este respecto: “provando e riprovando”. Por precaución y para evitar problemas cerró sus puertas cuando Leopoldo, hermano de Cosimo II, fue nombrado cardenal.

En la caída en desgracia de Galileo tuvo que ver la inquina y, probablemente, envidia de Tommaso Caccini, fraile dominico, que hizo todos los esfuerzos por hundirlo e influyó en el cambio de postura de la madre de Cosimo, Cristina de Lorena. No es menos cierto que tuvo otros enemigos poderosos y que entre todos fueron encerrándolo en un círculo de odio, del que le fue imposible escapar.

1632 fue el año que marcó un giro decisivo. Todo fue aparecer en Florencia Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, en lengua moderna, para que pudiera ser entendido por todos y donde exponía, sin asomo de duda, su sistema copernicano para que quienes lo estaban esperando largo tiempo le asertaran sus “golpes envenenados”.

La persecución encarnizada. Comenzó por la prohibición de que el libro circulara, pese a contar con los permisos requeridos… Posteriormente la Inquisición tomó cartas en el asunto con los efectos consabidos.

Sin embargo, su legado siguió operando activamente en la ciudad del Arno, aunque adoptando las precauciones de rigor y de forma un tanto clandestina. La tensión dialéctica entre afecto y odio finalizó, doblándole el pulso, a los enemigos de Galileo.

En la Santa Croce yacen los restos de los hombres más notables de Florencia. Puede considerársele un Panteón de hombres ilustres. Es sin duda un reconocimiento que Galileo Galilei sin ser florentino ocupase allí un lugar destacado.

En 1737 se construye un espléndido mausoleo, obra del escultor Batista Foggini en el que actualmente reposa. Hay victorias póstumas que son una auténtica “vindicación histórica”.

La Galería de los Uficci es mucho más que un museo. Con ser una de las más importantes pinacotecas italianas. La historia de Florencia y la de la familia Medici están extraordinariamente vinculadas a esta Galería. Basta una ligera ojeada a su evolución para comprobarlo.

La próxima vez que visite Florencia, tenga en cuenta esta sugerencia. Deténgase, aunque sea unos minutos, ante el magnífico retrato de Galileo obra de Justus Sustermans.

Es, nada más y nada menos la imagen que ha quedado para la posteridad, su carácter, su inteligencia, su energía y su determinación están ahí plasmadas. 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.