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El cólera de 1885: transfondo político de una pandemia

Durante el siglo XIX, España sufrió -junto a otros países- sucesivas epidemias de cólera, el llamado "mal del Ganges". La primera invasión, en torno a los años 1833-1834 produjo 300.000 muertos; la segunda invasión, durante el bienio progresista en el reinado de Isabel II, en 1854-1855 provocó, según noticias reconocidas en La Gaceta Oficial unas 236.000 víctimas mortales; la tercera y la cuarta, en 1865 y 1885, fueron menos mortíferas, al cobrarse un tributo de 120.000 muertos en cada ocasión.

En el año que recordamos, la mayor parte de la prensa sostuvo que la epidemia provenía de Egipto desde donde llegó al puerto de Argel. Los barcos comerciales argelinos facilitaron el trasvase a Nápoles y a las ciudades francesas mediterráneas. En la primavera aparecieron brotes en el Levante, en la cuenca del Júcar y en las siguientes semanas se detectó su avance hacia las Castillas y sus vanguardias nefastas llegaron a Madrid en los últimos días de mayo de 1885.

Teruel fue de las provincias donde su 4,06% de mortalidad en relación con su población quedó muy por encima de Zaragoza (3,6%), Valencia (3,4%), Castellón (3%), Granada (2,8%) o Madrid (0,7%). El grado de agobio y alarma fue grave en Zaragoza con 95,2 fallecidos al día; Valencia con 87,3, Granada con 77,8, Murcia con 58 y Madrid con 24,7.

Al igual que las anteriores, aquellas familias que pudieron viajaron a provincias más saludables, dependiendo de sus posibilidades económicas. Se intensificó esa migración en aquel momento gracias al desarrollo de la red ferroviaria, haciendo accesibles puntos alejados de los focos principales. Por ejemplo, en el verano se notó el aumento de familias madrileñas en San Sebastián. En las ciudades, los barrios populares, con mayor hacinamiento y falta de higiene, sufrieron más el cólera que los de clases medias; los ayuntamientos fomentaron la desinfección, el reparto de comida, camas y ropa; activaron las defensas sanitarias públicas con ayuda de la medicina privada, se hicieron colectas y la solidaridad, en forma de red asistencial benéfica, de nuevo se activó al máximo nivel posible.

Pero, ¿qué definió a esta epidemia respecto a las anteriores? Sobre todo el mayor impacto que tuvo en la calle y más agrios debates en el Congreso, hasta el extremo de provocar una crisis política. Reinaba Alfonso XII, gobernaban de nuevo los conservadores con Cánovas, después de una etapa liberal. Cuando las autoridades declararon oficialmente que la epidemia había llegado a Madrid, el líder de la oposición liberal, Sagasta, consideró prematura la medida que provocaría, a su entender, el aumento del paro, la crisis económica, la falta de alimento, la pobreza y la miseria en la capital. Obsesionado por erosionar con su oratoria iracunda el gobierno conservador, Sagasta llevó al extremo sus críticas a Cánovas. Se publicaban en Madrid, entonces, 27 periódicos que enervaron todavía más el clima político con el debate de las responsabilidades.

La epidemia sorprendió a Madrid desabastecido de harina: los panaderos no podían cocer pan más allá de tres días, por lo que pronto apareció un mercado negro que aumentó su precio, mientras se esperaba la llegada de harina castellana. El pescado fue muy escaso por las dificultades en el transporte y comercio interior; la llegada de carne descendió, provocando trastornos de desabastecimiento que estallaron, el 18 de junio, en un motín en el mercado de San Ildefonso cuando funcionarios municipales fueron a fumigar, así como en otros lugares. La oposición y los comerciantes criticaron el reconocimiento oficial del cólera, el Congreso se convirtió en griterío, los diputados liberales golpearon los pupitres y parte abandonó el salón. Se acusó al gobierno de favorecer económicamente a Barcelona frente a Madrid, ya que en la ciudad catalana no se había declarado oficialmente la epidemia. El 20 de junio se organizó un cierre general del comercio en la capital como protesta, mientras grupos populares se concentraban en las calles del centro lo que motivó la alarma de las autoridades, aunque los reyes, al dirigirse a la basílica de Atocha para orar, no fueron molestados ni atacados. A las nueve de la noche, el gobernador Fernández Villaverde ordenó el retiro de esos grupos y, ante la negativa de algunos, la guardia civil actuó y las fuerzas militares salieron de los cuarteles para asegurar el control. El balance de los disturbios fue de tres muertos y varias docenas de heridos.

En los días siguientes, los conservadores culparon a los liberales de los tumultos, mientras la oposición fustigaba al gobierno y las autoridades provinciales. Se reprochó a Cánovas que no dejara al monarca viajar a otras provincias. Por ello, Alfonso XII comenzó a preparar su visita a la capital murciana, presa del cólera. No era la primera vez que la visitaría, pues había ya estado en 1879. Entonces, el rey había ido a la región para comprobar los efectos del desbordamiento del río Segura, realizando una campaña de concienciación a nivel nacional para ayudar a los afectados. La prensa inició recolectas de fondos secundadas por todas las provincias españolas. La publicación Paris-Murcie logró una recaudación de 43 millones de pesetas entre el pueblo francés bajo el impulso de la reina Isabel II, y el murciano José María Muñoz donó 500.000 pesetas para las víctimas de la riada y la reconstrucción del Malecón.

Pero en 1885, Cánovas amenazó con su dimisión al rey, pues su viaje a Murcia suponía poner la frágil salud del monarca en peligro. A cambio, el presidente se ofreció para ir con el ministro de Gobernación. Pero al divulgar la prensa que fueron un día a Murcia, en tren y con la comida del famoso y caro restaurante Lhardy, la oposición estalló en críticas.

El 2 de julio, sin consultar con nadie, Alfonso XII decidió visitar otro centro de coléricos: Aranjuez, donde pudo ir solo con un ayudante. La noticia llegó a Madrid y las autoridades políticas ordenaron enganchar trenes para emular el gesto del monarca pero el rey regresó por la tarde, siendo recibido con entusiasmo por el pueblo madrileño. Pero ese gesto hirió definitivamente su salud. La reina María Cristina acudió a la estación de Atocha a recibirlo y, al agarrarse del brazo del rey en el andén, tuvo que ser fumigada junto a él con vapor desinfectante de timol y ácido fénico.

El 13 de julio dimitió el ministro de Gobernación, Romero Robledo, pero ocupó su puesto el gobernador de Madrid, Fernández Villaverde, uno de los políticos más impopulares por la gestión de la crisis sanitaria. La oposición liberal ardió en críticas y el capital político del gobierno quedó herido. Sin embargo, esa crisis política no desanimó al cólera que mató a más madrileños en el mes de agosto que en los meses anteriores. Sólo en septiembre descendería hasta desaparecer.

El lector interesado puede acudir a

-Antonio Fernández, Epidemias y sociedad en Madrid, Barcelona, Vicens-Vives, 1985.

-Carlos Dardé, Alfonso XII, Madrid, Arlanza, 2001.

-Juan José Fernández Sanz, 1885: el año de la vacunación Ferrán, Madrid, Fundación Ramón Areces, 1990.