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Madrid ante el cólera: la epidemia de 1865

En la España del siglo XIX, el cólera -llamado "el viajero del Ganges"- se convirtió en el heredero de las más temidas enfermedades de la Edad Moderna: la peste y la viruela. En 1865, se introdujo en la península por un puerto, concretamente el de Valencia, debido al tráfico comercial con las costas del Mediterráneo. La concentración de peregrinos musulmanes en La Merca convirtió la ciudad en un foco de infección y contagio. Al volver, los peregrinos del norte de África extendieron la enfermedad en sus puertos y, desde allí, viajó hacia Europa. En la ciudad de Valencia llegaron a morir casi 6.000 personas, y en la provincia 16.000. La región levantina, en su conjunto, fue la más afectada aunque el cólera llegó hasta Santiago de Compostela, León y Sevilla.

El primer caso mortal en Madrid se produjo el 15 de agosto de 1865, al que siguieron casos aislados. Las autoridades confiaron en que el frío otoñal, aunque intermitente, cortaría el desarrollo de la enfermedad. No era la primera vez que la capital sufría esa amenaza, pues ya se había enfrentado al cólera en 1834 y en 1855. Se adoptaron, por ello, medidas como la inspección de domicilios y alimentos, la programación de una limpieza de alcantarillas al terminar la epidemia, o la persecución de charlatanes peligrosos que vendían remedios "mágicos".

Sin embargo, las cifras de contagio y muerte explotaron en octubre. El día 8 el ayuntamiento de Madrid designó una comisión para pedir medidas extraordinarias: control de alientos en la puertas de la ciudad, fumigaciones, destinar 6.000 escudos para esta emergencia social, acuerdos para serenar a la población como evitar los dobles de campanas por difuntos en las iglesias y el ocultamiento al público de féretros en las tiendas del ramo, así como una rogativa pública.

Los días 7, 8, 9 y 10 fueron los más virulentos, descendiendo la curva de enfermos y muertos en la segunda quincena de octubre y comienzos de noviembre, en cuyo día 19 se celebró un Te Deum en la iglesia de Santa María de la Almudena que señaló el fin de la epidemia. Se calcula que, de agosto a noviembre, 9.000 sufrieron la enfermedad, murieron unas 3.000 personas, más otras 4.500 de enfermedades comunes.

Durante las semanas más críticas, la vida de la ciudad cambió: se cerraron las escuelas y la universidad; los estudiantes regresaron a sus hogares; el teatro real suspendió sus funciones pero, en cambio, permanecieron abiertos otros teatros (un error grave) al considerar que resultaba necesario entretener al pueblo con sainetes y obras amenas. Aquel que tuvo dinero huyó de Madrid: los más ricos a Francia, la clase media a pueblos de León, Burgos y Valladolid, otros a la sierra madrileña... extendiendo la peste. Las autoridades se vieron desbordadas, ante la crítica de una prensa que adoptó posturas polémicas.

Si bien ningún sector social y profesional se libró del cólera, la enfermedad se cebó en barrios humildes, entre familias de jornaleros y criados. Las repercusiones económicas fueron inmediatas, pero más dramáticas para los pobres: falta de trabajo, gastos extraordinarios, quema de ropa contaminada, escasez de algunos alimentos, hacinación en habitaciones que extiendió el cólera. Las juntas de socorro de los distritos madrileños, por ello, no sólo impulsan la asistencia sanitaria, sino que organizaron la donación de efectos de cama y alimento.

El diario La Iberia, dirigido por el liberal Sagasta, organizó una comisión de socorros que asistió en la semana negra de octubre a 150 personas. Isabel II, nuevamente embarazada, permaneció en La Granja, cerca de Segovia, ya que el gobierno consideró que para su seguridad física era mejor que no se trasladara a la capital. La soberana escribió una carta al presidente del gobierno, Leopoldo O´Donnell, el 23 de octubre, donde le recordó que había sido indicación de los ministros su permanencia, por lo que le enviaba un millón de reales de sus fondos para que lo distribuyera de la forma más conveniente: "entre los huérfanos y viudas pobres de los que han fallecido por el cólera, que al menos pueda remediar algún tanto la miseria de los que han perdido apoyo y su sostén en tal terrible calamidad".

Se recaudó todo el dinero que se pudo hasta finales de octubre, cuando los donativos alcanzaron los 3 millones de reales. Por iniciativa de sectores privados surgieron Asociaciones de Amigos de los Pobres; por iniciativa municipal, comisiones de distrito que funcionaron a través de juntas de barrio, donde siempre hubo un médico y un farmacéutico; se organizó una corrida de toros a beneficio de los afectados. La diputación provincial destinó 16.000 escudos y el gobierno de O´Donnell, que tuvo que distribuir dinero para todas las provincias, asignó a Madrid unos 40.000 reales. El historiador Antonio Fernández concluyó que 630.000 reales fueron fondos públicos para luchar contra la epidemia, mientras que el resto, hasta más de 3 millones provino de donativos particulares. A este dinero habría que añadir las generosas ayudas en especie: ropas, camas, mantas y comida.

La epidemia provocó un amargo debate político: los progresistas reprocharon el intento del gobierno centrista de O´Donnell de retrasar el reconocimiento de su existencia y el esfuerzo por aminorar su dimensión. Se criticó la construcción de barrios de ensanche en la capital sin haber mejorado antes la situación de los distritos pobres. Revistas médicas exigieron que el millón de reales sobrantes de los donativos se destinaran a la previsión de epidemias. Algunos neocatólicos criticaron el cierre del Congreso de los Diputados. Los moderados acusaron al presidente de buscar el descrédito de la reina, al no dejarla venir a Madrid y causar su destronamiento, para asumir personalmente la regencia. En mayo de 1866, una vez pasada la crisis, O´Donnell defendió en el Senado la respuesta de las autoridades municipales y de las juntas de barrio en la capital ante la epidemia. Frente al senador Pastor que enalteció la labor desinteresada de Los Amigos de los Pobres, el presidente le recordó que las juntas de distrito que actuaron desde las casas de socorro estaban compuestas de voluntarios y, por lo tanto, actuaron más por caridad que por retribución. Si se produjo cierta desorganización se debió a que esa sociedad filantrópica actuó por su cuenta, sin ofrecerse previamente a las autoridades.

La prensa -a la que O´Donnell había tratado de ampliar su libertad anteriormente- enardeció las tensiones políticas. Todo se discutió: la honradez y responsabilidad de las autoridades, la conveniencia o inconveniencia de convocar elecciones, el cierre de las Cortes, la forma de hacer las estadísticas, la ocultación de la enfermedad. A través de sus páginas, aún hoy podemos sentir la tensión, el miedo, la abnegación, la generosidad, el humor, el aliento y la virulencia entre partidos de cada semana de aquel trágico otoño de 1865.

El lector interesado puede acudir a:

-A. Fernández, Epidemias y sociedad en Madrid, Barcelona, Vicens-Vives, 1985.

-Hauser, Madrid bajo el punto de vista médico-social, 1902, reedición editora nacional, 1979.

-A. Moral Roncal, O´Donnell. En busca del centro político, Madrid, Gota a gota, 2018. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.