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El París de las vanguardias a través del cine


La ciudad del Sena, capital de las vanguardias artísticas hasta la Segunda Guerra Mundial, ha sido el telón de fondo de numerosas películas que intentaron acercar la vida de los artistas que las conformaron al gran público.

Uno de los ejercicios fílmicos más sugestivos, al respecto, fue Los Modernos, dirigida por Alan Rudolph en 1987. Su argumento se centraba en la vida de un pintor, Nick Hart, interpretado por Keith Carradine, en la ciudad de la luz durante la década de los años treinta del siglo XX, el cual, teniendo dificultades para vender sus propios cuadros, cede a la tentación de realizar falsificaciones para una mujer sofisticada con altas relaciones sociales (Geraldine Chaplin), volviendo a encontrar a su esposa desaparecida (Linda Fiorentino) del brazo de un inquietante coleccionista y hombre de negocios (John Lone).

Evidentemente, el director intentó realizar una película sobre el mundillo artístico de las vanguardias con una mirada nostálgica, donde estaban reunidos el escritor norteamericano Ernest Hemingway, la pionera de la literatura modernista Gertrude Stein y los Montparnos, es decir, artistas de todo tipo que vivían en el barrio de Montparnasse. Sin embargo, Rudolph también otorgó a su obra un cierto toque de fábula moderna, a veces cruel, donde lo verdadero y lo falso de los sentimientos y de los cuadros se mezclaba continuamente.

Al girar la trama sobre la falsificación de tres cuadros de Cezanne, Modigliani y Matisse, el director realizaba un sentido homenaje a estos tres artistas, mientras paralelamente criticaba amargamente a los jueces del arte, que, en ocasiones, desestimaban una obra auténtica por otra falsa, demostrando su ignorancia y vacuidad, como así ocurre en la película. Lone, un colérico hombre de negocios, quema los originales y los falsos, saludados como auténticos por los críticos, finalmente van a parar a un museo norteamericano, siendo realmente obra de ese pintor de segunda, pero excelente copista, Nick Hart. Precisamente, uno de esos críticos, bastante limitado, fue interpretado por un falsificador auténtico de arte -David Stein- otro guiño cinematográfico al mundo del arte, esta vez, delictivo.

Aunque hubo ciertos problemas iniciales, la película pudo continuar su rodaje hasta el final gracias a la férrea voluntad de Caroline Pfeiffer de Alive Pictures. Algunos planos de archivo de época fueron utilizados para situar lugares fácilmente reconocibles al espectador: Montmartre, la Torre Eiffel, la iglesia católica de la Madelaine... desfilaban al son inconfundible del piano de Astor Piazzola. El director pudo contar con una actriz consagrada, Genevieve Bujold, que tras Elígeme (1984) e Inquietudes (1985), hizo su tercera aparición en una película de Rudolph, encarnando a la propietaria de una galería de arte, la única persona que cree en el talento creativo del protagonista.

Cabe destacar los personajes que, como suaves siluetas, intentaban trasladar al espectador al Paris de las vanguardias con suma delicadeza. Un joven Hemingway, marcado por su experiencia en la Primera Guerra Mundial, a punto de escribir una de su obras, El sol también sale, que vería la luz en 1926; Gertrude Stein y Alice Toklas -seguras de sí mismas- cuyo salón en la calle Fleurus, número 27, fue paso obligado para los norteamericanos que se dejaban caer en esos años por la ciudad. Y de esa manera, al ver las primera imágenes de Los Modernos, el director quiso que el público se acercara a la atmósfera que rodeaba la vida artística de esos años, la cual aún tenía aires de cierta resaca proveniente de los momentos, no muy lejanos, de la etapa loca de Dadá y el Surrealismo. Alan Rudolph trató de recrear un ambiente en donde “nunca hay un final en París”, como escribió merecidamente Hemingway. El director manifestó a la prensa, tras el estreno del film, su extrañeza sobre la falta de películas sobre este período, que calificaba de rico y excitante desde todos los puntos de vista, para un creador, fuera pintor, literato o cineasta.

La película fue bien recibida por la crítica europea, pese a cierto ritmo lento a mitad del film, al contrario que su homóloga norteamericana, la cual pasó indiferente por esta obra, de una delicada nostalgia por ese mundo perdido tras la Segunda Guerra Mundial. En España la película no fue doblada, exhibiéndose en las minoritarias salas de versión original subtitulada, por lo que su difusión entre el público fue menor. Un año más tarde, su emisión por la televisión privada y su comercialización en vídeo favoreció su doblaje y, por lo tanto, una mayor difusión ante un público, el español, acostumbrado al mismo desde los años cuarenta.

Mayor éxito cinematográfico tuvo Sobrevivir a Picasso (1996), gracias, en buena parte, a la elección del actor Anthony Hopkins para el papel protagonista, muy conocido para el gran público desde su interpretación en El silencio de los corderos (1991) . El guión estaba basado en las memorias de una de las esposas del pintor, la también artista Françoise Gilot, que escribió y publicó en la década de los años sesenta, aunque oficialmente en el film -dirigido por James Ivory- se siguiera la obra de Arianna Stassinopoulos Huffington titulada Picasso: creator and destroyer (1988). Su ambientación giraba en torno a los últimos estertores de un París que cedería, poco a poco, su testigo de las vanguardias a la ciudad de Nueva York.

En la ciudad ocupada por los alemanes, Gilot (Natasha McElhorce) conoce a Picasso, por el que se queda admirada y enamorada rápidamente. Hija de un acaudalado hombre de negocios pero de carácter muy violento, encontrará en su abuela y en Picasso los apoyos esenciales para no renunciar a su carrera de pintora. Con la llegada del armisticio, a partir de 1945 se convirtió en el nuevo amor del pintor español, entre el escándalo de su familia, comenzando una severísima convivencia con aquel que fue tanto un genio admirado en todo el mundo como un hombre cuya convivencia destruía a muchas mujeres.

En su trayectoria vital junto a Picasso, Françoise conoce a sus anteriores romances que han quedado psicológicamente afectadas por él: su primera esposa, la bailarina rusa Olga, madre de su hijo Pablo; la pintora Dora Maar (interpretada por Julianne Moore) y María Teresa Walter, una mujer muy sencilla, con quien tiene una hija. A lo largo del film se aprecia el aumento de la tensión en la vida de la pareja hasta que Françoise no puede más y decide separarse de su marido, intentando sobrevivir a Picasso, siendo la única mujer en recuperarse psicológicamente de más de diez años de convivencia con el creador del cubismo.

A través de los fotogramas, el director muestra a Picasso trabajando en su taller, cuando es verdaderamente un maestro. Pero en sus relaciones con las personas de su alrededor más inmediato se muestra despótico y cruel. Tiene siempre una corte de empleados y admiradores que le adulan y dependen económicamente de su prestigio, como su mismo hijo, amantes y esposa. Tan sólo admira, en los años cuarenta, a Matisse. Evidentemente, se trata de un film crítico con el artista, cuya calidad humana dejaba mucho que desear, según numerosos investigadores. Se trata, en definitiva, de una película desmitificadora, que transmite, no obstante, un Picasso con fuerza, humanidad y alegría de vivir, que le hacen ser un personaje plenamente vital y creíble, gracias especialmente a la genial interpretación de Hopkins.

Finalmente, no se puede olvidar en este artículo el film de Woody Allen Medianoche en París (2011), que gira en torno a un fabuloso viaje en el tiempo que realiza el protagonista, Wilson, guionista de cine, que se encuentra de visita en París junto a su novia y suegros. Obsesionado con una obra que intenta escribir, se encuentra, a medianoche, mágicamente en medio de una vida paralela: en el París de la Belle Époque y también de las Vanguardias. La película se convierte en un acercamiento sensible a la época, donde aparecen el pianista Cole Porter, el escritor Francis Scott Fitzgerald y esposa Zelda Sayre, el inevitable Ernest Hemingway, el fotógrafo surrealista Man Ra, y los españoles Juan Belmonte, Salvador Dalí, Luis Buñuel y Pablo Picasso. Un acercamiento también imposible, pues, el protagonista descubre nostalgia dentro de su nostalgia, una añoranza dentro de su añoranza. Entonces, como advierte Peter Eubanks, reconoce su pensamiento erróneo detrás de su percepción casi mitificada del pasado, reflejando así la realización de un hombre cualquiera que "el pasado no es nada más que la expresión de nuestras necesidades en el presente".

El lector interesado puede profundizar en este tema en:

P. Eubanks, " Memoria y nostalgia en "Medianoche en París" de Woody Allen", Revista de Humanidades, UNED-Sevilla, nº 23 (2014).

B. Fer, D. Batchelor y P. Wood, Realismo, racionalismo y surrealismo. El arte de entreguerras (1914-1945), Madrid, 1999.

F. Gilot y C. Lake, Life with Picasso, Londres, 1964. Edición española, Vida con Picasso, Barcelona, 1996.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.