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El pintor Ramón Gaya en el recuerdo

La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno e inmutable.

Charles Baudelaire

El próximo 15 de octubre hará quince años que se nos fue el pintor murciano Ramón Gaya. Merece la pena recordarlo por muchas y variadas razones. Intentaré, en este breve ensayo, resaltar las que me parecen de mayor calado y enjundia.

Comenzaré por poner de relieve que colaboró activamente con ese proyecto señero que fueron las Misiones Pedagógicas. Convendría, asimismo, hacer hincapié en qué consistió su participación. Hay que poner en valor lo que fue el “Museo del Pueblo” porque es una iniciativa tan poco conocida como hermosa. Junto con otros pintores reprodujo obras emblemáticas del Museo del Prado, para que recorrieran España, en una época en que las comunicaciones eran difíciles a fin de que pudieran ser conocidas y admiradas en tierras y rincones rurales de nuestra geografía.

Fue, desde luego, un excelente ensayista que supo plasmar su sensibilidad narrativa y sus conocimientos en libros como Velázquez pájaro solitario o, también El sentimiento de la pintura, que apareció primero en italiano con el título Il sentimento della pittura, donde juega con las numerosas correspondencias entre imágenes y palabras. Es fascinante la arquitectura creativa de sus lienzos que a veces, son espejos de la realidad y a veces, espejismos. Sabe mezclar los colores como muy pocos, dotándolos de formas y figuras que prestan al conjunto un lenguaje nuevo, impoluto…

En ocasiones acierta a fijar una mirada nueva sobre estíos maduros. La complicidad de los viejos relojes nos resalta, más y mejor, las manzanas de oro y plata y las hermosas sombras pálidas y pérdidas. A veces, se me ocurre pensar que tiene mucho de ascetismo pictórico, en una búsqueda incesante de exactitud.

El gusto por los detalles y por las aparentes minucias que reproducen la pluralidad de la vida en sus lienzos trasladando a la pintura impresiones propias de Pessoa o Stendhal. En otras ocasiones parece que los objetos se enredan con el paisaje como si las sombras huyeran de una luz mediterránea y cegadora.

Me gustaría indicar que para mí algunos de sus cuadros tienen un carácter hipnótico que exige una atenta mirada, sin asomo de condescendencia. Las piedras de Ramón Gaya tienen un no sé qué especial como lo tiene una barcaza a medio desguazar, arrumbada en una playa solitaria o esos lóbregos y perdidos campos cuya hierba huele a sepelio.

Ramón Gaya es un ejemplo permanente de fidelidad, a algunas ideas, convicciones y valores republicanos, pero también a un proyecto pictórico, sin dejase seducir por los cantos de sirena de las vanguardias. Sabe ser decadente como nenúfares en el estanque y sabe ser vitalista con una luz que insufla aliento a la materia, vivificándola.

Siempre me ha interesado conocer qué leía un creador en su periodo de formación. En la biblioteca de su padre, un obrero culto, se encontraban libros de Galdós, de León Tolstói o de F. Nietzsche, excelentes conocedores del alma humana y con una faceta de heterodoxos nada desdeñable. Estos autores le ayudaron a formar su carácter. Por eso, no es de extrañar que muchos años más tarde, el filosofo italiano Giorgio Agamben comentara: ”se puede afirmar en los escritos de Gaya, lo que se ha afirmado de los aforismos de Nietzsche: A saber, que aunque son asistemáticos y fragmentarios, contienen más rigor que muchos tratados de estética”.

Hay que incluir al pintor murciano como un ejemplo destacado de la Generación del 27. Quizás una de las revistas más entrañable y combativa de ese periodo fue Hora de España, que se editaba y distribuía en plena Guerra Civil, entre bombardeos. No es excesivamente conocido el hecho de que pertenecía a su Consejo de redacción y que fue su único viñetista. Es este uno más de sus muchos méritos.

En su exilio mejicano colaboró con revistas como El hijo pródigo. De esta época son, asimismo, sus conmovedores paisajes de Cuernavaca. Ser un trasterrado es una experiencia amarga. Tuvo, no obstante momentos muy emotivos, su reencuentro con Octavio Paz, al que había conocido en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, por no poner más que un significativo ejemplo.

Son, sin duda, un excelente complemento para ahondar en su mundo de vivencias, su correspondencia con Rosa Chacel, Tomás Segovia y sobre todo María Zambrano, con la que de vuelta a Europa coincidió en el Caffe Greco de Roma, en diversas ocasiones.

Hay museos que obviamente lo marcaron. El de El Prado, por supuesto, pero, también, varios de Roma, Florencia, Venecia y París que le fascinó en su primer viaje, siendo casi adolescente y que frecuentaba siempre que le era posible.

Hemos hablado de los escritores que influyeron en su periodo de formación. Veamos ahora, sus pintores: Tiziano, Miguel Ángel, Rembrandt, Cézanne o Van Gogh. Es emocionante constatar que hay rasgos e influencias de estos maestros en sus lienzos más destacados.

A su regreso a España, también le aguardaban reencuentros emocionados como el que tuvo con Juan Gil-Albert.

En Murcia se encuentra el Museo Ramón Gaya. Tiene el mérito de disponer de una espléndida colección de la pintura de este autor pues, donó una parte considerable de su obra para que fuera expuesta. Tal vez sea conveniente poner de manifiesto que en sus años de exilio la pintura fue para él su verdadera patria. Quisiera completar estos trazos apresurados, señalando que es un pintor que escribe, pues su literatura ensayística es de un tono elevado y casi metafísico.

No olvidemos que Ramón Gaya se movió siempre entre tradición y modernidad. No se dejaba seducir por las vanguardias pero creía en una tradición viva que se renueva constantemente y que como esos versos del Romance al Duero de Gerardo Diego “Canta siempre el mismo verso / pero con distinta agua”. Recordemos una de sus expresiones favoritas, que repitió en varios lugares a lo largo de su dilatada vida: “El arte tiene que ser vencido y la realidad salvada”.

Podemos considerarlo un disidente de las vanguardias, que nunca corta amarras con el pasado. Para él, el fluir natural de los clásicos es una fuente de inspiración. Busca lo secreto, lo escondido, lo verdadero y la creación “ex nihilo” le tiene completamente sin cuidado.

¡Cuánta razón tienen ciertas paradojas! Ramón Gaya en sus cuadros, convierte a los clásicos, el pasado en un proyecto de futuro, descubriendo sugestivas potencialidades en lo que muchas veces, sin reflexión ni estudio, se ha dejado atrás. Para Ramón el arte no es un fin, es un medio y los contenidos pictóricos se nutren de una sustancia vital, permanentemente renovada. Su pintura es capaz de insuflar vida a las naturalezas muertas, pretendiendo que tenga, nada menos que una apertura significativa hacia horizontes aún inexplorados.

Es un ejemplo de cómo hay que dialogar con la tradición y como la pintura es un discurrir en un proceso de continuidad, sin refundaciones pasajeras y muchas veces baldías. No hay mayor innovación que encontrar la inspiración una y otra vez en los orígenes. En varios lienzos parece que nos dice que hay que vigorizar las aguas clásicas para hacerlas navegables.

En consonancia y correspondencia con páginas hermosas y poéticas de María Zambrano, Ramón Gaya tiene en su obra un profundo “sentimiento pictórico”, lo que da lugar a lienzos fecundos y estimulantes, haciendo buena la expresión de que no se puede pintar sin precursores.

Podría decirse que recordar es recuperar. Donde la sombra de Platón inspira desde la distancia.

Ramón se arroja ligero de equipaje a bucear los fundamentos ontológicos de la tradición.

Antes de finalizar quisiera poner de relieve que, tanto durante los años 30 como a su regreso del exilio, obtuvo reconocimientos como la Medalla de Oro al Merito de las Bellas Artes o el Premio Nacional de Artes Plásticas, siendo además, el primero en obtener el Premio Velázquez de Artes Plásticas. Se le han dedicado exposiciones antológicas como la del Museo Reina Sofía o la realizada en la Iglesia de San Esteban de Murcia, entre otras.

Antes de concluir esta aproximación somera a Ramón Gaya, quisiera señalar que la Editorial Pre-textos de Valencia, ha publicado la obra completa de este pintor en cuatro tomos. Hay un libro que me gusta especialmente, Cartas a sus amigos, publicado también en Pre-textos en una cuidada edición a cargo de Isabel Verdejo y de Nigel Dennis, con prólogo de AndrésTrapiello.

Tras largos años de exilio puede afirmarse como lo ha hecho Andrés Trapiello que Ramón Gaya nunca se fue del Museo del Prado, porque el Prado vivía en él. Sus pinturas estaban vivas en el recuerdo, más allá del espacio y el tiempo que consideraba meras convenciones epistemológicas.

Cuando pase por Murcia, yo como murciano voy varias veces cada año, procure reservar una hora para visitar el Museo Ramón Gaya. Tenga la seguridad de que no saldrá decepcionado.