Desconexión democrática
Decía Séneca que "ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige". Quienes gobiernan en la cumbre administran muy útilmente esta reflexión: no hay nada como dirigir y apabullar a quienes han perdido el rumbo. La cuestión es saber hasta qué nivel llega la desorientación: no todo es poder; una cosa es detentarlo y otra muy distinta gestionarlo bajo las órdenes de otro. Es evidente que muchos de esos que creemos poderosos cada mañana han de tragar el sapo de la obediencia a lo que quizás no comparten. Seguramente conocen parte del plan, pero no su totalidad, lo que es no saber nada. No obstante, les basta para sortear su propio destino. Así, los dirigentes visibles que quedan carecen de una talla rememorable. La paradoja del esclavo de Hegel aquí no se da. Si pasan a la historia será por haber contribuido al desastre. Ojalá no quede memoria de ellos, por la cuenta que nos trae. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial la calidad de la cantera ha ido depauperándose. El poder de una nación anuló al de otras. Barcos dirigidos por un solo viento. De Gaulle, que no era nada modesto, dijo que con él acabaría la época de los grandes hombres.
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