Gaza o el fracaso de la civilización
Una de las ideas que en mayor medida alienta la esperanza de la Humanidad en su propio futuro es la confianza en el progreso inexorable de la civilización.
- Publicado en Opinión
Una de las ideas que en mayor medida alienta la esperanza de la Humanidad en su propio futuro es la confianza en el progreso inexorable de la civilización.
Kissinger ha dejado el mundo de los vivos, que aspiró a controlar, modelar y proyectar para futuras generaciones. En realidad, estuvo a los mandos apenas una década: la de los setenta, en los mandatos de Nixon y la coda de Ford. Fragmento ominoso de la humanidad, incluso en un siglo fértil en desgracias inducidas desde la cúspide del poder. El diplomático/académico/ germano-norteamericano tuvo mucho que ver en las calamidades de la fase final de la Guerra fría: Bangladesh, Vietnam, Camboya, Chile… Se le atribuyen, en contraste, trabajos hercúleos en pos de la armonía internacional: control de las armas nucleares, reequilibrio de poderes, neutralización de las hostilidades en Oriente Medio y punto final a la guerra en Indochina, éste último de dudosa valoración (1).
Hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes. Es una frase que se atribuye falsamente a Einstein. Cualquier científico lo advierte en seguida. Demasiado incompleta para ser de un científico. Para ser tal, debería añadir “ceteris paribus”. Es decir, en igualdad de condiciones y circunstancias hacer lo mismo no cambiará los resultados. Es la esencia del experimento. En la realidad, lo habitual es que suceda lo contrario. Hay ejemplos sobrados. Recientes, el de Ciudadanos. Hicieron exactamente lo mismo antes de abril de 2019 y de noviembre de 2019, con resultados absolutamente diferentes. Lo mismo no lleva al mismo término cuando cambian las circunstancias. Las circunstancias mutan lo que parece lo mismo: ya es otra cosa por tener otra lectura de contexto. Hacer es polisémico: significa según aquello que le rodea. Podemos más de lo mismo: persistir en los mismos esquemas cuando ya todo ha cambiado. No es lo mismo un gobierno del PP (Rajoy) que uno progresista. Puedes hacer y decir lo mismo en los dos casos, pero los resultados serán diferentes.
“El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había
cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta
polémica sobre la ejecución de una novela en
primera persona, cuyo narrador omitiera o
desfigurara los hechos e incurriera en diversas
contradicciones, que permitieran a unos pocos
lectores —a muy pocos lectores— la adivinación
de una realidad atroz o banal.”
Jorge Luis Borges (Ficciones)
A veces, cuando flaquea la memoria, conviene recordar algunos hechos del pasado, pero no sólo los sucesos, por importantes que hayan sido, sino también los contextos en los que se produjeron, porque ayudan a establecer su verdadera dimensión.
De la mano de la derecha de siempre ahora radicalizada y de la nueva extrema derecha que se va consolidando (Eslovaquia, Argentina, Países Bajos...) reaparece sin tapujos la versión más brusca del individualismo capitalista, de la competencia más radical y la justificación y defensa de la desigualdad económica. Ésta se presenta, por parte de la ideología imperante, como un hecho inherente a la naturaleza humana y a su carácter intrínsecamente competitivo. La Ilustración y el liberalismo nos trajeron la noción de ciudadanía, de igualdad de oportunidades y de igualdad ante la ley, que sentaba las bases para el funcionamiento ordenado de la sociedad, el mantenimiento de estímulos al esfuerzo y al trabajo, así como el sostenimiento de cada uno como responsabilidad individual ineludible. Ciertamente, la igualdad formal, jurídica, distaba mucho de ser una igualdad real. El carácter acumulativo de la riqueza, las diferentes posibilidades de acceso a la salud o la educación condicionaban notablemente la posición de partida, hasta el punto de que algunos notorios liberales como Stuart Mill, hicieron notar que teniendo en cuenta el mantenimiento del sistema de herencias, la igualdad de oportunidades pasaba por que el Estado se hiciera cargo de garantizar salud y educación a todos los ciudadanos, en una suerte de noción de estado asistencial avant la lettre.
Esta expresión ha hecho fortuna, en estos momentos, aunque la usamos y la ejercitamos desde tiempos inmemoriales. Los que hemos tenido la fortuna de gobernar con mayorías absolutas, hemos podido decidir y actuar con una amplia libertad, pero quien necesita de pactos, debe ceder y acordar. Hay que olvidar el verbo, imponer.
La evolución política y sociológica de algunos partidos de la nueva derecha —a la que califiqué como “derecha rabiosa” en mi artículo del número anterior de TEMAS— está perfilando un nuevo paradigma de comportamiento que tiene bastantes peculiaridades. Peculiaridades que en ciertos casos presentan rasgos propios de las derechas fascistas que emergieron durante los años comprendidos entre la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. A estos rasgos en España se está añadiendo lo que podríamos calificar como el “síndrome de Von Papen”.
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