Decía Salvador Pániker que “no es que los griegos sean nuestros clásicos, es que, en cierto modo, esos griegos somos nosotros”. Y añadía que los griegos inventaron la manera más civilizada de “tenerse en pie”: trascenderse en el lenguaje y la polis, de modo que llegaron a vivir en una atmósfera de conversación y discusión oral que nosotros apenas podemos imaginar. Los griegos crearon todas las formas de gobierno que seguimos utilizando. La democracia era solamente una más, pero es la que ha llegado hasta nosotros con mejor cartel; en realidad, hoy por hoy, es el único sistema homologado, así que no encontraremos un gobierno que no reclame para sí la calificación de democrático. Hasta el franquismo se presentaba como una democracia orgánica, una democracia peculiar, sin sufragio universal ni partidos políticos. Como es natural, Erdogan, Maduro, Putin también consideran democráticos sus regímenes. El mundo es una constelación de sistemas democráticos, la estación término de la historia, Jauja. Pero Atenas, que nos ofreció el primer modelo democrático, nos dio también el contrapunto. Cuando la democracia se corrompe se transforma en demagogia: lo que ahora llamamos populismo. Una corrupción del sistema muy presente en nuestras sociedades.