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‘Setiembre’

Setiembre llega siempre con un aire distinto. No importa si el calendario oficial insiste en escribirlo con “p” o con “s”: en la memoria colectiva, setiembre es ese mes bisagra que abre las ventanas al final del verano y nos empuja, a veces a regañadientes, a la normalidad.

  • Publicado en Opinión

La inconsistente indignación europea con Israel

Cada matanza indiscriminada en Gaza sólo es tapada por la siguiente. Cada crimen se ahoga en el que le sucede. La impunidad galopa sin freno. Conviene no prestar demasiada atención a las protestas, petición de responsabilidades, críticas e incluso airadas muestras de indignación de las últimas semanas. No cambiarán el curso de las cosas. No modificarán el libreto del gobierno y del Estado de Israel. Ni alterarán el comportamiento de Occidente. Las líneas rojas del escarnio de Gaza y del proyecto de aniquilación de los derechos palestinos no está determinado por el hipócrita humanismo de los dirigentes de esta parte del mundo. Serán los intereses económicos y geopolíticos los que marcarán un límite al designio del estado genocida.

Las buenas personas

En tiempos crispados, donde todo se mide en trincheras ideológicas, conviene recordar la existencia de las buenas personas. No son héroes ni mártires, no tienen detrás campañas publicitarias ni eslóganes electorales, y sin embargo sostienen, casi a escondidas, la vida común de un país.

El turismo como pulsión absurda

Nos movemos todo el año, pero en verano el fenómeno turístico, aquí y allá, resulta del todo insoportable. Viajar y hacer turismo son dos formas antitéticas de recorrer el mundo. Vagabundear y explorar era algo posible en el pasado, cuando el viaje aún no se había industrializado. Viajar no es hacer turismo; un turista no es un viajero. Es una diferencia que planteó Paul Bowles, que además de escritor fue un reputado viajero. Establecido durante años en Tánger, allí escribió El cielo protector, novela en la que el protagonista, justamente, no se considera turista, sino viajero. La diferencia residía en el tiempo: “mientras el turista suele apresurarse a volver a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza lentamente durante años de un punto a otro de la tierra”, escribió. Esta es una visión entre romántica y aristocrática del viaje. La sostiene alguien que dispone de tiempo y, por tanto, de rentas suficientes para vivir sin trabajar. Se asocia la autenticidad del viaje al elitismo económico y social, mientras que al turista solo le quedaría el movimiento fácil, superficial y falso. El viajero explora a fondo y consigue un nivel de experiencia vedado a los turistas. El turista, en cambio, solo está de paso durante sus vacaciones pagadas y limitadas. Según esta visión, el viajero “conoce”, mientras que el turista únicamente “reconoce” aquello que ya ha visto en los folletos de la agencia.

El precio del silencio

En España no se paga tanto por hablar como por callar. El verdadero negocio está en el silencio. Y no me refiero al silencio íntimo, ese que reconcilia a uno consigo mismo, sino al silencio público: el de los periodistas que suavizan titulares para no incomodar a un anunciante, el de los académicos que moderan ponencias para no perder la subvención, el de los intelectuales que prefieren no firmar un manifiesto porque aún aspiran a un cargo, una cátedra o una medalla.

La guerra de Ucrania entra en su fase teatral

El verano está siendo más que caliente. Mientras los incendios forestales asolan España y otras partes del Mediterráneo, el fuego de la guerra continúa vivo, como es bien patente en Gaza y, a pesar del escaso interés mediático, en Sudán, una tragedia tan grande como la que sufren los palestinos. Incluso en aquellos lugares en que las llamas parecen controladas el incendio puede rebrotar en cualquier momento (la frontera entre Tailandia y Camboya), sino lo ha hecho ya (el este del Congo). Por no mencionar la amenaza permanente de la conflagración indo-pakistaní en Cachemira.

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