Nos movemos todo el año, pero en verano el fenómeno turístico, aquí y allá, resulta del todo insoportable. Viajar y hacer turismo son dos formas antitéticas de recorrer el mundo. Vagabundear y explorar era algo posible en el pasado, cuando el viaje aún no se había industrializado. Viajar no es hacer turismo; un turista no es un viajero. Es una diferencia que planteó Paul Bowles, que además de escritor fue un reputado viajero. Establecido durante años en Tánger, allí escribió El cielo protector, novela en la que el protagonista, justamente, no se considera turista, sino viajero. La diferencia residía en el tiempo: “mientras el turista suele apresurarse a volver a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza lentamente durante años de un punto a otro de la tierra”, escribió. Esta es una visión entre romántica y aristocrática del viaje. La sostiene alguien que dispone de tiempo y, por tanto, de rentas suficientes para vivir sin trabajar. Se asocia la autenticidad del viaje al elitismo económico y social, mientras que al turista solo le quedaría el movimiento fácil, superficial y falso. El viajero explora a fondo y consigue un nivel de experiencia vedado a los turistas. El turista, en cambio, solo está de paso durante sus vacaciones pagadas y limitadas. Según esta visión, el viajero “conoce”, mientras que el turista únicamente “reconoce” aquello que ya ha visto en los folletos de la agencia.