¿Quiénes son los colonos en Cisjordania hoy?
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
“Los colonos no son ya pioneros aislados: son más de 700.000 y marcan con su presencia diaria el mapa, la política y el futuro imposible de Palestina.”
Hoy en Cisjordania y Jerusalén Este viven más de setecientos mil colonos israelíes. Son ciudadanos de Israel que han establecido su residencia en asentamientos construidos en territorios ocupados desde 1967, comunidades que la ONU y la mayoría de la comunidad internacional consideran ilegales según el derecho internacional. Lo que comenzó siendo pequeños núcleos de carácter ideológico y pionero se ha transformado en auténticas ciudades con decenas de miles de habitantes, dotadas de autopistas, centros comerciales, parques industriales e incluso universidades, que funcionan como suburbios de Jerusalén o Tel Aviv.
El perfil de los colonos es muy variado. Una parte importante son judíos ultraortodoxos que se concentran en colonias como Modi’in Illit o Beitar Illit, fundadas en la década de 1990 y hoy con más de 70.000 habitantes cada una. Son familias numerosas que se trasladaron por el precio más asequible de la vivienda y que han hecho crecer de forma acelerada la población gracias a sus altas tasas de natalidad. Otro grupo fundamental son los colonos nacional-religiosos, para quienes vivir en Judea y Samaria —el nombre bíblico de Cisjordania— no es una opción económica sino un mandato religioso e histórico. Son los protagonistas de los llamados puestos avanzados, pequeños enclaves improvisados en lo alto de colinas que empiezan como un puñado de caravanas y que con frecuencia acaban siendo reconocidos y legalizados por el propio gobierno israelí. Un ejemplo es la zona de Shilo, donde jóvenes conocidos como “los de las colinas” instalan campamentos que luego se convierten en nuevas comunidades. Finalmente, existe un sector de colonos laicos y pragmáticos que buscan viviendas más baratas y mejor calidad de vida. Colonias como Ariel, con su universidad de más de 15.000 estudiantes, o Ma’ale Adumim, situada a pocos kilómetros de Jerusalén, funcionan como ciudades dormitorio y polos económicos plenamente integrados en la vida israelí. A este panorama se suman miles de inmigrantes procedentes de Estados Unidos y Europa que eligen instalarse directamente en asentamientos, atraídos por los incentivos estatales y el carácter ideológico de estas comunidades.
La vida de los colonos está estrechamente ligada a la protección militar. Cada asentamiento cuenta con vigilancia armada y el ejército despliega puestos de control y patrullas en las carreteras de acceso. Esa infraestructura ha dado lugar a un sistema de carreteras reservadas para colonos que divide el territorio palestino en múltiples fragmentos, lo que hace que trayectos de minutos para unos se conviertan en horas para otros. En Hebrón, por ejemplo, donde unos 800 colonos viven en el corazón de una ciudad de más de 200.000 palestinos, la presencia de colonos ha supuesto el cierre de calles enteras para la población local y una presencia permanente de soldados en cada esquina. Para los palestinos, la expansión de los asentamientos se traduce en pérdida de tierras agrícolas, limitación de movimientos y, en muchos casos, convivencia forzada con colonias situadas a escasos metros de sus pueblos.
En los últimos años se ha intensificado la violencia de algunos colonos contra comunidades palestinas vecinas. Se han documentado ataques contra viviendas, incendios de olivares y agresiones físicas que rara vez terminan en sanciones judiciales. En aldeas como Huwara, al sur de Nablus, se han producido verdaderos pogromos con decenas de casas quemadas tras atentados cometidos por palestinos contra colonos. Organizaciones de derechos humanos israelíes e internacionales denuncian que existe una cultura de impunidad y que, en muchos casos, las fuerzas de seguridad protegen a los colonos incluso cuando son ellos quienes inician la violencia. Para los palestinos, los colonos representan no solo la apropiación de la tierra sino una amenaza diaria que puede materializarse en hostigamientos, choques armados o ataques a sus cosechas.
Al mismo tiempo, los colonos han pasado de ser un grupo marginal a ocupar el centro de la política israelí. Varios ministros del actual gobierno viven en asentamientos y se presentan como defensores abiertos de su expansión. El Estado destina amplios recursos a estas comunidades, desde subvenciones para vivienda hasta infraestructuras de primer nivel. Los líderes colonos no ocultan que su objetivo es impedir la creación de un Estado palestino viable: consideran que su presencia consolida la soberanía israelí en toda la región y que los asentamientos son un muro de seguridad frente a cualquier amenaza. El ministro de Finanzas Bezalel Smotrich, él mismo colono, declaró recientemente que la colonización “mata de facto la idea de un Estado palestino”.
Más de medio siglo después de su aparición, los colonos en Cisjordania constituyen una sociedad heterogénea y a la vez poderosa. Para los israelíes que viven allí, son pioneros, familias que construyen su futuro en la tierra prometida o simplemente ciudadanos que aprovechan viviendas más accesibles. Para los palestinos, son el rostro visible de la ocupación, quienes marcan con su mera presencia el límite de sus movimientos y de sus esperanzas nacionales. Su peso demográfico y político convierte a los colonos en una pieza central del conflicto: cualquier solución futura tendrá que enfrentarse al hecho de que cientos de miles de personas viven hoy en colonias que reconfiguran día a día la geografía y la política de Cisjordania.
El colono entonces no es una figura marginal ni una nota a pie de página del conflicto. Es el protagonista silencioso que redibuja día a día el mapa. Para los palestinos, es el vecino que se instala en su tierra y que restringe su vida. Para la política israelí, es un actor central que marca la agenda. Y para el mundo, debería ser el recordatorio de que sin abordar la realidad de los asentamientos no habrá paz posible. Porque en el fondo, preguntarse quiénes son los colonos hoy es preguntarse también qué futuro queda para Palestina.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.