Donald Trump y el populismo que avanza de manera incontrolada se mueven en la lógica de generar el desorden y el caos. Venezuela y todo lo que vendrá son una buena muestra de ello. La amenaza y el belicismo son las formas que han adoptado las relaciones internacionales. Ha muerto la diplomacia y el uso de la fuerza y la brutalidad preceden a negociaciones a las que una de las partes llega de manera agónica. A pesar de las ínfulas norteamericanas, su declive es evidente y las maneras actuales no hacen sino poner de manifiesto sus debilidades. La dimensión geopolítica sobrevuela este mundo en crisis e inmerso en una gran confusión. La emergencia de China, su avance lento pero imparable hasta obtener primero la hegemonía económica y después la militar, es el contexto que da sentido a muchos conflictos actuales. Estados Unidos se siente desafiado y sus golpes de ciego en política internacional, especialmente evidentes con la actual presidencia, pueden entenderse por el desasosiego que provoca la inevitable hegemonía futura del gigante asiático. El dinamismo de su economía, la creciente influencia internacional no solo en Asia, sino también en África o América Latina, su desarrollo militar, su capacidad financiera que la convierte en poseedora de una parte importante de la deuda norteamericana, la capacidad tecnológica o el diseño de la Nueva Ruta de la Seda parecen señales claras tanto de su capacidad como de su voluntad de entrar en una nueva era. Están ganando la batalla de la tecnología.