El fallo de la Sentencia de la Sala Tercera del Tribunal Supremo de 30 de noviembre que declara la no idoneidad de la Presidenta del Consejo de Estado para ocupar su cargo es otro ejemplo de lo que ya se puede considerar la rebelión del Poder Judicial contra el Gobierno legítimo de la Nación. Si después de la muerte de Franco y hasta mediados de los años ochenta España conoció la rebelión abierta o soterrada de los militares, que querían actuar como un poder del Estado, desde hace algún tiempo estamos contemplando la ofensiva del Poder Judicial que, en alianza con el Partido Popular y con Vox, ha declarado la guerra a un Gobierno legítimo que no se presta a la vieja reivindicación de la derecha judicial que quiere controlar ella sola el Consejo General del Poder Judicial. Hace pocos días conocimos la Sentencia de 21 de noviembre de la misma Sala Tercera que anuló el nombramiento de Dolores Delgado como Fiscal de Sala del Tribunal Supremo (la categoría más elevada de la Carrera Fiscal), Sentencia que se funda en la doctrina de la desviación de poder que construyó el Consejo de Estado francés y asumió nuestra legislación contencioso-administrativa, pero que hoy, como se ve en esa Sentencia, abre demasiados intersticios para la apreciación judicial, incluida la desviación de poder en que pueden incurrir los propios Tribunales con fines políticos espurios. Llueve sobre mojado porque hace meses ya vimos demasiada intencionalidad política y demasiada imaginación jurídica en la Sentencia relativa al cese del Coronel Pérez de los Cobos en un puesto de libre designación donde la libertad que la Ley otorga a la Administración se ha visto constreñida por un interpretación judicial discutible, cuya intencionalidad política, de castigo al Gobierno, también estaba demasiado a la vista.