El síndrome post pandemia de la sanidad pública
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Opinión
Con el final de los efectos más dramáticos de la pandemia, emerge con más fuerza el síndrome postcovid. Un conjunto de signos y síntomas entre los que han padecido la enfermedad, en particular en su forma más grave. 'Mutatis mutandis' también podríamos decir que los sistemas sanitarios han sufrido y sufren todavía ahora los efectos de la pandemia y su propio síndrome postcovid.
Porque la pandemia de la covid19 ha supuesto mucho más que el eufemismo del manido test de estrés para nuestro sistema sanitario público. Se trata de un verdadero shock traumático que por una parte ha mostrado nuestras fortalezas, que son muchas más de lo que se le han querido reconocer, pero también ha puesto en evidencia cada una de nuestras carencias, algunas ya conocidas, así como de las debilidades más o menos ocultas. Por eso intentaremos relatar aquí sus principales síntomas.
Al igual que la pandemia no ha sido igual para todos, sino que se ha cebado en especial con las personas mayores, los colectivos más frágiles y las clases sociales más vulnerables y con carencias sociales, que a la vez son los que tienen mayores factores de riesgo o padecen enfermedades previas, tampoco ha sido igual para los distintos sistemas sanitarios ni ha provocado en ellos iguales efectos ni las mismas secuelas que todavía se mantienen en pleno declive de la pandemia. Aparte de otros factores en estudio, como la movilidad o la densidad de población, la pandemia no solo ha afectado en mucha mayor medida a los ciudadanos de los países sin sanidad pública o con sistemas de salud más precarios, menos accesibles y por ello escasamente equitativos, sino que ha provocado desde el colapso de los sistemas con una sanidad pública al límite de lo básico y como consecuencia más débiles, así como, debido la enorme magnitud del shock pandémico, ha abierto incluso las fisuras que se ocultaban tras la pátina del alto nivel de desarrollo profesional y tecnológico y del teórico carácter universal de los modelos sanitarios de mayor fortaleza como el nuestro.
Por algo la agenda 2030 ha incluido entre sus prioridades de salud la universalización en el acceso gratuito a la atención sanitaria, a la investigación y comercialización de los fármacos y las vacunas, como también el carácter integral de la misma que incluye junto a atención clínica las medidas de prevención de la enfermedad y de promoción de la salud. Entre otros de entre sus objetivos se encuentran la reducción de la mortalidad materna e Infantil, el fin a las epidemias del SIDA y enfermedades transmisibles, el acceso efectivo a los servicios de salud sexual y reproductiva y la cobertura universal y de calidad del conjunto de los servicios de salud, entre otros.
En nuestro caso, en el trasfondo de nuestro carácter de sociedad desarrollada y tecnológica y tras nuestros buenos datos de esperanza de vida con buena salud se ocultaban, como vimos durante la pandemia, importantes carencias de recursos y de material sanitario de todo tipo, debido a causas profundas como: la dejación de una política industrial y de investigación de dimensión europea y sus efectos sobre la falta de reservas, de investigación, y de disponibilidad de fármacos y vacunas que culminó en el estrangulamiento de la cadena de suministros. También ha salido a la luz lo relacionado con una fiscalidad y una inversión sanitaria pública a todas luces insuficientes y unos recortes y privatizaciones de consecuencias fatales, incluso para responder a las demandas habituales del sistema en nuestro país y no tan solo para las excepcionales situaciones de emergencia. Pero, sobre todo, en la sanidad pública se ha ido consolidando un modelo laboral cada vez más temporal y precario que se ha convertido en el principal factor de desánimo y desafección de los trabajadores, cuando es en esencia vocacional, provocando por tanto lo que podemos considerar la mayor lacra del sistema. Nuestro talón de Aquiles es el deterioro de las condiciones laborales y profesionales del principal valor de la sanidad, su capital humano.
Todo ello con un déficit de personal en general en las profesiones sanitarias, y más en concreto entre las especialidades, debido a la deficiente planificación y la falta de coordinación casi crónicas de la oferta de plazas entre educación, sanidad y las CCAA, que a pesar del incremento de facultades y escuelas de formación sanitarias (mayoritariamente privadas) durante un largo periodo de tiempo no podrán ser ni siquiera paliadas con el fuerte incremento de plazas que se ha llevado a cabo en esta legislatura en el sistema de formación de enfermería y el MIR de las especialidades en medicina, farmacia y psicología clínica.
Una falta de profesionales que afecta en particular a la medicina familiar y comunitaria debido a las malas condiciones laborales para el desempeño de las profesiones sanitarias en este ámbito y en especial debido a que la comentada inercia tecnológica y hospitalaria, que lo ha sido también en detrimento del prestigio de la atención primaria en la comunidad entre los propios profesionales en formación de la atención primaria, la salud pública y la salud mental.
Entre las debilidades relacionadas con la estructura y organización del sistema se encuentra en particular la atención primaria y dentro de ella la atención continuada, paradójicamente el nivel más cercano a la comunidad. Se trata de puerta de entrada y la que debería ser el eje del sistema de salud, aunque hemos de reconocer, también aquí, que la inercia de la gestión sanitaria ha cambiado dicho eje del ámbito comunitario hacia el tecnohospitalario y el tratamiento reparador, con graves consecuencias como la imparable factura farmacéutica, las incontrolables listas de espera y la escasa atención a la prevención de los factores de riesgo y de los determinantes sociales de la salud.
El recurso límite al teletrabajo y a la telemedicina para paliar los efectos de la pandemia sobre los circuitos de atención y sobre la movilidad de los ciudadanos, si bien ha sido un hallazgo como instrumento complementario, en ningún caso puede sustituir la atención presencial. Hemos podido comprobar también, desde el mismo comienzo de la pandemia, la precariedad de nuestra salud pública y luego, ya con el confinamiento y las medidas de distanciamiento social, la fragilidad de la red de atención a la salud mental, en particular para la promoción de la salud mental y la rehabilitación de los trastornos mentales más graves. Algo que ha venido ocurriendo en silencio en lo relativo a la salud laboral, de la que, aunque hemos hablado y en su momento aplaudimos con emoción a los trabajadores esenciales, y en especial a las trabajadoras sanitarias, ni siquiera se la incluye habitualmente dentro de la mayor parte de los diagnósticos.
Por último, la pandemia ha supuesto quizá la primera experiencia efectiva de cogobierno del Sistema Nacional de Salud en el marco del Consejo Interterritorial del SNS. Una experiencia muy positiva, al nivel del elogiado federalismo alemán, a pesar del ruido de los maniqueos sociales del negacionismo y el dogmatismo y de la polarización partidista. Como conclusión: la dirección de la política sanitaria requiere cambios tanto en la dimensión actual del ministerio de sanidad, de su capacidad de planificación y de su presupuesto como en su enfoque integral e interministerial de la salud pública, en primer lugar con la puesta en marcha de la Agencia Estatal de Salud pública.
Por otra parte, la ley de equidad para evitar la subordinación al sector privado, la ley de la ciencia, el relanzamiento de la atención primaria y la estrategia de salud mental, junto al incremento de plazas del sistema MIR y la aplicación de los acuerdos de estabilización del personal interino marcan la orientación para superar los principales problemas a medio y largo plazo, pero no es suficiente.
Porque, entre tanto, el clima actual de malestar social y de agitación antipolítica populista corre el riesgo de dar al traste con el prestigio y el necesario apoyo de la población a la sanidad pública, en favor de la gestión y las pólizas privadas, sobre todo si se agrava la actual crisis de la atención primaria y de las listas de espera durante el tiempo que requiere la puesta en marcha y la maduración de las mencionadas reformas. Por eso, es urgente combinar estas reformas estructurales con la adopción de las medidas más urgentes, en particular la de garantizar una atención comunitaria de calidad como eje del sistema sanitario, con la mejora de las condiciones laborales y de promoción profesional de la plantilla, la dedicación exclusiva y si es necesario con la contratación de profesionales extranjeros, como hizo en su momento el servicio de salud británico, para cubrir la falta de profesionales, en tanto terminan la especialidad los que se encuentran en formación, añadiendo a todo ello la urgente descarga burocrática de la atención primaria, junto a la reorganización de las zonas y áreas de salud en base a la labor de equipo y la atención comunitaria. Las CCAA son las principales responsables de esta tarea.
En definitiva, un síndrome complejo que requiere de tratamiento de las causas pero también de los síntomas.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.