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Ecoblanqueo y ecocapitalismo o cuánto vale una ballena


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)
Fuente: https://childrenshealthdefense.org/defender/greenwashing-esg-wall-street-environmental-scam-cola/ Fuente: https://childrenshealthdefense.org/defender/greenwashing-esg-wall-street-environmental-scam-cola/

Entre las casi 3.700 páginas de conclusiones que contiene el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático sería fácil que se perdieran los puntos esenciales. Afortunadamente, el párrafo final es concluyente: «La evidencia científica acumulada es inequívoca […] Cualquier retraso adicional en la acción global concertada y anticipada sobre la adaptación y la mitigación [al calentamiento global] perderá una breve y rápida ventana de oportunidad para asegurar un futuro habitable y sostenible para todos».

Esta no es la única revelación que aparece en las páginas del informe. Por primera vez, el IPCC reconoce el papel del sector privado en el fomento no solo de la desinformación sobre la crisis climática, sino de otro fenómeno, que denomina eufemísticamente como “mala adaptación”, que describe aquellas acciones que parecen estar diseñadas para ayudar a mitigar o adaptarse a un clima cambiante, pero que al hacerlo «conducen a un mayor riesgo de resultados adversos relacionados con el clima, incluso a través de un aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, un aumento o cambio de la vulnerabilidad al cambio climático, resultados más desiguales o una disminución del bienestar, ahora o en el futuro».

Ya sea por comprometer los medios de vida o por acelerar la pérdida de biodiversidad, las respuestas de la “mala adaptación” «pueden crear bloqueos de la vulnerabilidad, la exposición y los riesgos que son difíciles y costosos de cambiar y exacerbar las desigualdades existentes». Involuntariamente o no, los autores estaban describiendo dos problemas relacionados: el ecoblanqueo y el ecocapitalismo o capitalismo verde.

«Es el mercado, amigo», que dijo Rato. Vivimos en una sociedad estructurada y definida por relaciones capitalistas y la idea de que las soluciones basadas en el mercado son las mejores para resolver cualquier problema está poderosamente arraigada. Los grandes grupos inversores, las empresas de gestión de activos y otros grandes intereses corporativos canalizados por grupos de presión sociopolítica (lobbies y medios) tienen un gran poder a la hora de condicionar las perspectivas de los gobiernos y las instituciones internacionales.

Ese poder hace que cualquier programa para enfrentarse a sus intereses sea una batalla cuesta arriba, que apenas avanza a un ritmo increíblemente lento, mientras que los informes científicos como el del IPCC reiteran que las crisis ecológicas avanzan a toda velocidad. El tiempo no es un lujo que podamos permitirnos. Pero, dada la urgencia del contexto y el peso de las políticas que respaldan los sistemas e ideas subyacentes al marco del ecocapitalismo, ¿debemos aceptar las soluciones que nos ofrece?

En El valor de una ballena: las ilusiones del capitalismo verde, Adrienne Buller establece unos criterios que debería cumplir cualquier solución a la ecocrisis que merezca la pena defender. El primero es que tendría que tener un resultado cuantificable: debe frenar o, al menos, invertir el flujo de emisiones a la atmósfera o el colapso de la biodiversidad. Un segundo, y quizás más importante, es que cualquiera de ambas tareas debe ejecutarse en un plazo que refleje la urgencia de la aceleración de la crisis ecológica.

El tercer criterio es que debe contribuir a cambios necesariamente disruptivos en la distribución de la riqueza, el consumo y el poder en la economía mundial. No se trata de una cuestión de igualdad o justicia en un sentido ético. Ambas cuestiones tienen un valor intrínseco. Sin embargo, incluso para quienes se interesen únicamente por la eficacia —es decir, si una solución reduce las emisiones o la degradación ecológica—, promover esos cambios es también una necesidad práctica.

El principal argumento que se esgrime a favor de las soluciones de mercado a la crisis climática y ecológica es la rentabilidad. Se tiende a prestar mucha menos atención a la cuestión urgente de si, en la práctica, estas soluciones han cumplido sus supuestos objetivos, desde la rápida reducción de las emisiones hasta la restauración de un ecosistema degradado. La resistencia a la percepción de una política climática antidemocrática de las «élites», que se percibe como una carga injusta para las clases desfavorecidas, está muy extendida desde los chalecos amarillos franceses hasta el Net Zero Scrutiny Group de los parlamentarios conservadores británicos.

Quizás sea por una buena razón: las pruebas revisadas sobre el impacto material de las soluciones ecocapitalistas existentes ofrecen pocos motivos para el optimismo. Citaré algunos ejemplos.

Entre los mayores triunfos de los mecanismos de fijación de precios del carbono se encuentra el Sistema de Comercio de Emisiones de la UE que —aunque informa de reducciones de emisiones cercanas al 40% en los sectores que cubre— en quince años apenas ha dejado mella en las emisiones globales de la Unión, que no dejan de crecer después del desplome pandémico.

Los enormes proyectos de plantación de árboles al servicio de las demandas de compensación de carbono ya están impulsando importantes acaparamientos de tierras en muchas regiones del Sur, y su adopción generalizada —en combinación con otras supuestas soluciones como el aumento masivo de los cultivos para bioenergía— está poniendo en riesgo adicional la estabilidad del suministro mundial de alimentos.

Tampoco han aportado nada sustancial las «innovaciones» en materia de energía e industria descarbonizadas que suponen los defensores de la tarificación del carbono; en general, la mayoría de las ganancias hasta la fecha han sido el resultado de transiciones temporales del carbón al gas. Las finanzas sostenibles se presentan como una alineación perfecta entre beneficio y altruismo, pero por el momento parecen ser, en el mejor de los casos, un ejercicio inmaterial de ecopopulismo neoliberal, y en el peor, una excusa para la inacción de los responsables políticos.

La gobernanza bien entendida se basa en la interrelación equilibrada del Estado, la sociedad civil y el mercado para lograr un desarrollo económico, social e institucional sostenible. En la crisis ecológica, el capitalismo se enfrenta tanto a una amenaza sin precedentes para su lógica de funcionamiento fundamental, como a una oportunidad para convertir la mitigación de esa amenaza en un nuevo terreno para el beneficio.

El capitalismo verde conjuga el binomio amenaza-oportunidad y se centra en dos grandes estrategias para minimizar la primera y maximizar la segunda. La primera estrategia ecocapitalista consiste en mercantilizar y hacer compatible con el mercado, desde las emisiones de carbono hasta los «servicios» que prestan a la economía los ecosistemas y la biodiversidad. La segunda consiste en utilizar al Estado como facilitador de los nuevos ámbitos del mercado y como «prestigiador» del capital privado, en línea con el Consenso de Wall Street denunciado por Daniela Gabor.

En lugar de la inversión y la capacidad públicas, los enfoques del capitalismo verde abogan por el uso de la capacidad del Estado para salvaguardar y guiar el capital privado hacia áreas previamente descartados mediante una ensoñadora mezcla de creación de mercado, empleo, incentivos y garantías. En la práctica, estos enfoques desembocan en “es el mercado, amigo”, con el establecimiento, por ejemplo, de mercados para negociar permisos de emisión inmediatamente utilizados como activos subyacentes por el mercado de derivados y otros productos financieros basados en estos nuevos productos, con el riesgo financiero a menudo trasladado al Estado y al público.

Entre ambas estrategias hay un hilo conductor: el esfuerzo por privatizar la respuesta a la crisis ecológica. En otras palabras, las soluciones del capitalismo verde pretenden transferir las cuestiones complejas, ética y socialmente tensas e intrínsecamente políticas que plantea la crisis ecológica del terreno de la gobernanza democrática a la mano invisible de los mercados, con resultados impulsados en última instancia por el interés propio de actores impulsados por el beneficio inmediato.

Poner en primer plano las soluciones motivadas por el beneficio corre el riesgo de exacerbar las mismas desigualdades que impulsan la crisis ecológica desde su base. Por esta razón, las soluciones del capitalismo verde —ya sea la fijación de precios del carbono, la ESG o los bancos de hábitat— son contraproducentes.

Vuelvo al principio, ¿debemos aceptar las soluciones del capitalismo verde? Para mí, la respuesta es clara. Las soluciones basadas en el mercado no ofrecen un camino hacia la seguridad para la mayoría del mundo, y mucho menos un futuro definido por el bienestar colectivo. En el mejor de los casos, las soluciones del capitalismo verde son una distracción mortal de la tarea urgente de frenar, revertir y adaptarse realmente a la crisis climática y ecológica; en el peor, están socavando activamente nuestra capacidad de hacerlo.

 

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.