Las exhumaciones y su digestión
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
Quince días de aposento de la ley de Memoria Democrática y ya hay munición con espoleta de aprovechamiento electoral. Los restos del general golpista Gonzalo Queipo de Llano han sido exhumados de la basílica de La Macarena y puede suceder otro tanto con los del ex general Miláns del Bosch, hasta el momento ubicados en la cripta del Alcázar de Toledo.
Los recintos católicos prestados para el descanso de los golpistas no caducan la responsabilidad de la organización católica en la intervención de su distintivo creyente para apadrinar el final de su presencia en el mundo terrenal y su inclusión en el futuro presumiblemente inmortal. las distancias tomadas por las nuevas generaciones respecto de la Iglesia bien pudieran tener respaldo, entre otras razones, en estas actitudes tan poco agradables con el sentido histórico.
El texto legislativo de la Memoria Democrática no obtuvo el apoyo del Partido Popular, lo que viene a dibujar de nuevo la dificultad del principal partido de la oposición para romper la relación sentimental con los vencedores de la contienda civil. De aquello hace ya más de ochenta años, lo que representa aproximadamente tres generaciones, lo que hace hilo con las lamentaciones en el sentido que expresa Feijóo cuando dice que “se deje en paz a los muertos”.
Contrariamente, esa paz no tiene continuidad con la vida de estas personas , cuando precisamente su actividad en el desempeño de sus profesiones comprometía seriamente la convivencia de cuantos habitaban la nación española. El verano de 1936, según la tercera generación que cuenta como origen del hito la fecha del inicio de la guerra civil, dio para muchos acontecimientos y muy pocos de aquellos eran ignorados por Queipo, cuyas decisiones en el Sur de España culminaron con desapariciones, ejecuciones y exterminios.
Ríos Carratalá, en “Nos vemos en Chicote” (Renacimiento, 2015), cuenta que el general evacuado ahora de la basílica decía en aquel verano que “las palabras perdón y amnistía deben ser eliminadas del diccionario”. Esa tercera generación, los nietos, abomina emocionalmente del trato dispensado a un familiar pero sin aplicar la cirugía de la separación de lo sensitivo de lo público y político.
Miláns tomó participación históricamente en un intento de secuestro de la soberanía popular con sus parlamentarios recluidos materialmente en sus escaños con la ayuda de los fusiles de asalto. Dieciséis años después le sorprende la providencia en la que creía con el decreto final de su vida ya de ex militar y le inhuman en el año 1997 en un recinto militar, el Alcázar de Toledo, adscrito al Ministerio de Defensa, cartera de un ejecutivo presidido por José María Aznar.
Pudo más que el sentido común la antigua pertenencia de Miláns al grupo de defensa de la fortificación toledana durante dos meses, en el verano glorioso de 1936, precursor de la victoria festejada en 1939. Miláns contaba en el momento de la defensa de la plaza de El Alcázar con 21 años. Naturalmente, la cripta que aloja el cuerpo extinto del ex general tiene una significación católica, cuya dirección no debería ser ajena al envoltorio de toxicidad pública que encarna el personaje objeto de aplicación de la ley de Memoria Histórica.
Todas estas consideraciones que podrían fijar y aislar con los manuales de la historia en la mano no gozan, al parecer, del asentimiento del PP, que no es capaz de impedir el contagio de Vox en la interpretación de las exhumaciones. La objeción del Partido Popular no es temporalmente política, ni asertiva en la liza pre electoral, sino que es la objetivización de una imposibilidad de aceptar la realidad.
La misma que impide al partido de la calle Génova el alejamiento físico y sincero del imaginario ideológico que le liga con los vencedores de la contienda del 36. No son suficientes ochenta años para deslindar generacionalmente un acontecimiento profundamente anti democrático con un escenario de aplicación de la ley para la expulsión de las instituciones de la vida nacional de los fantasmas de realidades necesitadas de superación.
Hans Frank, abogado nazi condenado a muerte en Nuremberg, recordado por Philippe Sands, en “Calle Este-Oeste” (Anagrama, 2017, dice que “pasarán mil años y esta culpa de Alemania no se habrá borrado”.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.