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El debate del Senado: los observadores de España


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)
Intervención inicial del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / La Moncloa. Intervención inicial del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / La Moncloa.

En el Senado, ese espacio institucional reverdecido mediante el accidente de la efusión de Feijóo, vuelve a crecer la idea espiritual de España. En el escenario alternativo del Senado, donde se juegan unas cuantas bazas políticas entre el presidente y opositor de cara a la contienda del otoño del año próximo, con el Congreso vetado para el gallego emergente, como lo estuvo el estadio Bernabéu hasta que casaron las estructuras de cierre de la cubierta.

En el discurso de presentación del presidente Sánchez se trató naturalmente de los presupuestos generales del Estado, con sus cifras, el baile de las mismas para proteger o beneficiar a determinados segmentos sociales frente a otros de menos defensa temporal habida cuenta de lo que sucede en Ucrania y sus variaciones sísmicas en el mundo. Las materias primas, la transformación de sus precios en contacto con la realidad de la guerra, sus consecuencias en la cesta de la compra y sus efectos y desbarajustes en los saldos de familias y cuentas de resultados de empresas. La balanza de pagos y sus vibraciones en las cuentas públicas tampoco fueron ajenos al escrutinio de los principales representantes de gobierno y oposición.

Pero cuando el reloj del presidente del senado Ander Gil marcaba la normalidad reglamentaria de turnos y réplicas, reapareció la marca de más habitual socorro, la noción sobre la que se concita la unidad cuando todo parece indicar la necesidad de apretar el botón que garantiza la seguridad y su mantenimiento integral. Es decir, España. Feijóo, avanzada la hora del debate, entendió que debía decir con desafecto al contrincante Sánchez que “usted ya no cree en España”. Fraga, llegado el momento, cuando la transición y la transformación del país en un producto moderno de homologación occidental tomaban cuerpo en el parlamento con palabras que dignificaban la pertenencia a la clase política, entonces glosaba el coste de los garbanzos y rebajaba unos peldaños las ínfulas gravitatorias del Estado y sus representantes. Aquel intento del político ambivalente de la dictadura y la democracia por abrevar las ansias de gravedad en las aguas de la cesta de la compra eran encomiadas por Miquel Roca con ese humor de estilismo catalán.

Ahora no, Feijóo no se puede quitar de en medio la semilla de Aznar y saca a pasear el dóberman con la palabra que designa al país de todos, España, para desbocar el irrefrenable deseo de inmatriculación en el registro de la propiedad. Llegado el momento, entre las filas conservadoras se agota el manantial de las palabras que aglutinan el entramado del que viven los presupuestos generales, allí donde las necesidades y las urgencias del ciudadano encuentran una representación numérica. Esa cantidad presupuestaria muda su superficie para convertirse en ayuda, o en asignación que cubre un kilómetro de pavimentación de acera, o una ayuda a la instalación de placas solares. O permite un ingreso de cincuenta euros más en la cuenta corriente del jubilado.

Cuando todos esos supuestos declinan el entusiasmo de Feijóo, un suponer, entonces y de modo imparable llega el vocablo España para quedarse con vocación imperial. En la mañana del 14 al 15 de abril de 1931, desde el hotel de la plaza de Santa Ana, dice Josep Pla, en “El advenimiento de la República”, “cómo han envejecido los observadores de España!”. La observación de España, en el siglo XXI, sigue todavía unas pautas de entretenimiento interesado, entre el ethos y el pathos, credibilidad y emoción.

El exclusivismo es cosa de modas, de tendencias, de capacidad de elección y de adquisición en la compra. España no ocupa espacio en los lineales de mercaderías y artículos de ocasión. Diese la impresión que España tuviese que correr la banda conceptualmente cuando sea necesario, es decir cuando se agoten las categorías domésticas y el concepto del Estado y de la Historia tenga que abandonar el banquillo para ejercitar la actividad de las grandes palabras y su grandilocuencia. Dice Fernando Aramburu, en “Los vencejos” (Tusquets, 2021), que “España no es un país para filósofos, hace demasiado calor”.

 

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.


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