EDICIÓN EN DÍAS LABORABLES:    ESP    |   EUR    |   AME   |   CAT
⮕ APÓYANOS

De yatrogenia y serendipia


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Yatrogenia es el efecto indeseado y adverso de una causa que se propone obtener otra cosa. Es un término clínico, pero puede emplearse en cualquier otro ámbito. Guarda cierta similitud con la serendipia, proceso según el cual tropezamos con algo inesperado, aunque mayormente positivo y no adverso, en una búsqueda que persigue hallar algo distinto. En términos castizos, la serendipia equivale a chiripa, según señalara un buen día el escritor y académico Francisco Ayala. Con este doblete de términos, yatrogenia y serendipia, vamos a intentar analizar la realidad española para lograr superar retadores desafíos que se barruntan en este Año Nuevo que comienza ahora.

Partamos de la pregunta siguiente: ¿en qué se ha equivocado la generación, hoy veterana, que presenció la llegada de la democracia a España para que una cuota notable de jóvenes se encuentre hoy tan lejos de los valores y logros de la democracia? ¿Dónde se halla el motivo de estos efectos indeseados, yatrogénicos, de algo tan esencial como consideramos que ha de ser la democracia? Esta pregunta fue planteada recientemente en un debate espontáneo surgido en la inauguración de una exposición artística. La primera y más contundente respuesta la propuso el viñetista José María Pérez, Peridis, para el cual, lo sucedido tiene una explicación sencilla: “Simplemente, nuestra generación ha envejecido”. No le falta razón, desde luego, al estupendo arquitecto, docente y novelista cántabro-palentino. Pero cabe argüir que hay ideas cuya vigencia se muestra transgeneracionalmente válida, trasciende las limitaciones epocales y permanece actual pese al discurrir del tiempo. Y la democracia es una de estas ideas-fuerza, pese a que también puede erosionarse. Su fundamento cabe situarlo en la Atenas de Pericles, casi 500 años antes del arranque de nuestra era.

Acudiendo a la pregunta, hemos de buscar, pues, otra respuesta. Y quizá, quizá, podamos hallarla si, como hipótesis, tenemos en cuenta que los españoles y españolas hemos politizado en exceso nuestra vida cotidiana. Pero la hemos politizado no en torno a las grandes ideas, opciones y valores, sino que lo hemos hecho en términos de “politique politicienne”, que dicen los franceses para referirse al menudeo, a lo mezquino, faltón, egoísta y, a veces, tan absurdo, de la política de corto alcance. Y ello, ¿a qué se ha debido? Probablemente, al menos, a tres causas. Una, la primera, se debe a nuestra propia incultura vital y cortedad de miras. No hacemos casi nada para entender un álgebra compleja como es la política. No nos formamos, tan solo nos plantamos frente al televisor, ante la Prensa escrita o, lo que es peor, ante las denominadas redes sociales, y esperamos que allí nos resuelven los problemas judiciales, policiales, sanitarios, educacionales, existenciales, que la vida social plantea y que proliferan por doquier. Abdicamos así de participar en la vida política, en el control de nuestros representantes -participar y controlar son verbos sustanciales en la vida democrática-, para limitarnos a arremeter por mera ignorancia e impotencia contra todo lo existente. En esto los jóvenes son, hemos sido en su día, expertos. Desaprovechamos el repertorio de derechos y libertades, personales, colectivas y sindicales que nos asisten y protegen gracias el sistema democrático que entre todos edificamos tras arrumbar una dictadura, y nos hundimos en la depresión y en el desánimo. Nuestras vidas pierden de esta manera colorido, intensidad y sentido.

La segunda causa se explica por la descualificación de las élites políticas, al haber desaparecido los filtros intelectuales y éticos que elevaban hasta los más altos rangos políticos a los mejores. La ejemplaridad de los líderes y de las directivas de importantes partidos parece haber desaparecido casi al completo. Unos y otras pierden autoridad porque no son autores de casi nada. Y soportamos, inermes hasta el momento, a determinados personajes que se han instalado en lugares preminentes donde se adueñan y polarizan el discurso público con insidias, insultos y falsedades sin cuento, nunca con acciones políticas ni soluciones de tipo alguno.

Y tercera causa, al entender de este escribidor la más importante: haber olvidado que la política es una de las dimensiones de la democracia, pero no la única. La democracia es una manera de existir socialmente, con un repertorio de valores que abarca desde la benevolencia hacia el prójimo hasta la sensatez de criterio y la admisión de la otreidad, esa dimensión de la realidad teorizada esclarecedoramente por Sócrates cuando, en uno de sus Diálogos escritos por Platón, responde a la pregunta de qué es aquello que sin ser grande tampoco es pequeño; con una brillantez conmovedora, el pensador afirma: ello es lo otro. Como cabe comprobar, así sorteaba el maniqueo dilema entre galgos y podencos, entre el azul y el rojo, entre un partido y su oposición, que guiaba de cabeza cualquier debate hacia la inevitable confrontación. La propuesta socrática, enunciada hace ya 30 siglos, mediante el avance civilizatorio que implicaba, solventaba el conflicto entre tesis y antítesis y, mediante la admisión de la otreidad, que sorteaba dialécticamente el espinoso y mecánico dilema que reducía a una suma cero todo tipo de confrontación, es decir, la guerra, para transformarlo sin embargo en una fórmula superadora, capaz de hallar en el diálogo, el acomodo, la comprensión mutua y la paz.

Partiendo pues de que la democracia es una forma de vida, una manera de relacionarse con los demás, con los otros y con el mundo, nos cabe afirmar que esa malsana politización española de nuestras vidas, como malsano efecto yatrogénico de nuestra percepción de la democracia es, sin duda, causa de la tan extendida infelicidad política. ¿Cuál es pues la serendipia que la evitación de nuestros errores puede procurarnos, qué efecto feliz cabe deducir de esa deriva antidemocrática en que tantos españoles y españolas, tanto jóvenes como nosotros mismos, los mayores, hemos incurrido?

Quizá la serendipia resultante de lo hasta ahora descrito sea que nos permite tomar conciencia de la incompletud de lo que hemos entendido por democracia, ceñida al mero y, en tantas ocasiones, irreflexivo voto en las urnas. La democracia es en realidad una moral, una ética social, un comportamiento ciudadano basado sustancialmente en la libertad que la igualdad ante la ley y ante el poder garantiza, llave de las conductas solidarias, de apoyo mutuo, de hermanamiento social tan necesarios para la convivencia. Si la política es la ecuación entre un cratos, un poder, y un ethos, una ética, la democracia asegura la armonía entre ambas.

La sociedad está dividida por intereses contrapuestos. Las posiciones sociales son distintas, en cuanto al poder, los recursos, el “distrito postal”. Esto es un hecho evidente. Pero la democracia permite jugar cierto juego sobre un campo donde, en teoría, el Estado social puede cumplir el papel de árbitro entre intereses privados y públicos. No se puede jugar al fútbol con el reglamento taurino como código de conducta, como pretenden hacer quienes se sitúan fuera de la democracia. Ha de saberse que la democracia permite pedirle cuentas al Estado, constructo político supremo, y exigirle que en realidad, arbitre y no se ponga siempre del lado de los poderosos, como acostumbra. Emplear ese poder coercitivo a favor de la mayoría social que le caracteriza como Estado democrático puede y debe ser la garantía de que están asegurados los derechos y libertades democráticas que nos asisten a todos y todas, jóvenes, adultos y mayores. Y nos cabe también, mediante nuestra participación democrática, demandar equidad y justicia a los jueces, eficiencia a los políticos, y perspicacia a los legisladores, para que redacten leyes que garanticen nuestra felicidad colectiva e individual.

No se puede bajar la guardia. Si no participamos políticamente, todos los males son previsibles. El antídoto que desde la experiencia cabe ofrecer, humildemente, a los jóvenes es la defensa de sus intereses mediante la organización, organización del tipo que ellos mimos elijan, pero única fórmula que les va a garantizar, con certeza, que se les haga caso. Y, eso si, que no descuiden reflexionar sobre a quién se proponen dar el voto cuando sean llamados a las urnas. La previa participación política democrática les dará las claves para saber cuál ha de ser su opción política favorita. Feliz año realmente nuevo.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


EL TIEMPO

GUÍA TV

CARTELERA

CINE EN CASA

PASATIEMPOS

SORTEOS

Necesitamos tu apoyo económico para hacer
un periodismo fiable y con valores sociales

PERIODISMO DE DATOS

El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. Si compartes estas preocupaciones y si valoras la labor de un medio libre que se atreve a plantearlas, apóyanos ahora.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Por qué es importante tu aportación?

Tu contribución nos permitirá seguir publicando información esencial e independiente que podrás disfrutar de forma gratuita sin muros de ningún tipo.


¿Si tengo algún problema en mi transacción?

Escribe a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.