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Geopolítica y unidad sindical


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

Actuar – o escribir– sobre asuntos relacionados con la actividad sindical es tarea ardua. Eso lo conocen bien quienes han dedicado cuotas sustanciales de sus vidas laborales y particulares a defender los intereses de los demás trabajadores mediante la representación sindical. Lo hicieron y lo siguen haciendo determinados trabajadores y trabajadoras a costa de restar horas hogareñas, de disfrute o de ocio a sus vidas familiares, entre otras renuncias. Casi siempre, pagan la osadía de defender los intereses de todos a costa de ver estancadas sus aspiraciones profesionales, cuando no las ven premeditadamente degradadas por sus empleadores. Asimismo, la ingratitud de sus representados suele ser moneda común tras sus desvelos sin precio.

Gracias a su compromiso y a la lucha que despliegan en los centros de trabajo y en las instituciones donde comparecen, todos nos beneficiamos de las mejores condiciones de vida, económicas, también sociales y políticas por ellos conseguidas. Lo único que les distingue de cualquier otro trabajador es un superior grado de conciencia y compromiso al respecto de los problemas comunes y un mayor deseo por solucionarlos. Esa certeza es la que les lleva a saber que el trabajo es un proceso mediante el cual se genera colectivamente la riqueza. Lo malo es que esa riqueza colectivamente generada – también lo saben– , se distribuye desigualmente y su fruto es expropiado por manos privadas. Y ello pese a haberse satisfecho ya la cuota que sus empleadores, los que les contratan, invierten necesariamente en los procesos de trabajo mediante la maquinaria y las herramientas técnicas exigidas.

Si se retribuyera al trabajador o trabajadora el resultado pleno de su trabajo, derivando, claro está, una cuota de ese capital a la inversión destinada a reproducir el proceso generador de riqueza, las condiciones de vida de millones de seres humanos hubieran sido y serían aún hoy bien distintas y, con certeza, mejores a las vigentes. El acceso a una vivienda para cada familia o logros en la educación gratuita e igualitaria, por ejemplo, serían conquistas ya alcanzadas. Y no lo son, como se percibe claramente.

Ascenso social denegado

La lucha histórica del movimiento obrero y campesino organizado sindicalmente, ha logrado avances inimaginables en España no hace tantas décadas, cuando aún se asistía al trabajo adolescente incluso infantil no remunerado en los campos, los tajos, incluso en las minas; mientras aquello ocurría, los altos niveles de explotación salarial y semiesclavitud eran considerados como naturales; la clase social de origen, el lugar social de nacimiento, el distrito postal donde residía, determinaban la posición que habría de mantener a esa persona trabajadora de por vida en un estamento sin apenas posibilidades de ascenso o movilidad.

Se dirá que lo descrito formaba parte del pasado. Cierto. Las cosas han cambiado, aunque no tanto, si reparamos en algunos aspectos significativos. Si bien el Estado de Bienestar en Europa Occidental, consiguió niveles de vida insospechados para los trabajadores durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, –– el temor a que el continente entero se comunistizara alertó a los dueños del capital y se avinieron a realizar algunas concesiones– quienes creyeron que aquel estado de cosas se perpetuaría, sine die, estaban muy equivocados. No así lo creyeron los representantes del mundo del trabajo que conocían los movimientos cíclicos del dinero convertido en capital, tan desenfrenadamente embarcado en extraer hasta el último rescoldo de la tasa de ganancia que se consumía a pasos agigantados en distintas fuentes, a medida que se intensificaba la explotación de los recursos humanos y materiales desplegados para conseguirla.

Si la tan denostada Unión Soviética no hubiera existido, tampoco hubiera existido el estado de Bienestar. Curiosa paradoja. Y ello no por la textura política del sistema soviético, fruto de una trayectoria y de una cultura social y política diametralmente opuesta a la europea-occidental, sino más bien por el temor militar de los jerarcas de Occidente a la superpotencia eurooriental, anatemizada inmediatamente después de demostrar que, sin su presencia, los aliados estadounidenses, británicos y franceses, jamás hubieran conseguido derrotar al nazismo; nazismo con el que, precisamente, tantos lazos habían mantenido las élites europeas y estadounidenses – léase Henry Ford, Charles Lindbergh, el propio Francisco Franco o la Casa Real británica– copartícipes del mismo sistema económico basado en el capitalismo, el colonialismo y el imperialismo.

Años de oro

El caso fue que los años de oro del sindicalismo europeo coincidieron, en parte, con los de la Guerra Fría, no así en España, donde el sindicalismo debió luchar en la clandestinidad contra el régimen franquista, enemigo jurado de la clase obrera organizada, a cuyos dirigentes, cuando pudo, asesinó y, cuando no pudo, persiguió, reprimió y encarceló. Precisamente, se cumplen ahora 50 años de la ley de amnistía que en los albores de la democracia, excarceló a dirigentes sindicales, como Marcelino Camacho y sus compañeros del proceso 1001, y muchísimos otros líderes de fábricas y tajos que cumplían largas condenas de prisión. Fueron sentenciados por defender sindicalmente a sus compañeros y compañeras de las arbitrariedades políticas del régimen y de las salariales de los empleadores sin escrúpulos a la hora de explotar a los trabajadores.

Una vez homologada la lucha sindical en España con la europea –los sindicatos alemanes, franceses e italianos han gozado de fuerte presencia sociopolítica en sus respectivos países– la trayectoria de la representación laboral sindical ha discurrido aquí, al modo de un fluyente río, por meandros y desfiladeros, tortuosos unos, esperanzados otros, mas siempre en tensión. Y tal tensión obedece al propósito de impedir los abusos contra el mundo del trabajo a los que determinados exponentes del capital se muestran todavía muy proclives, avaros como son en cuestiones como los salarios y pródigos en torno a la extensión de los horarios laborales y a los ritmos de extracción de productividad.

El carácter permanente de la lucha sindical, de vigilancia perpetua de sus cuadros y dirigentes, ha impedido en numerosas ocasiones afrontar en tiempo y lugar reformas, enmiendas y cambios que cada día se revelan como más necesarios para poder blindar, mantener y ampliar la satisfacción de los intereses de trabajadoras y trabajadores. La inteligencia superficial, la robótica y la exacerbada informatización de los procesos de trabajo son algunos de los titánicos desafíos que habrán de superarse en la esfera del trabajo, de la representación y de la vida.

Los cambios exigidos vienen dados por las profundas modificaciones que ha experimentado el capitalismo: en su fase industrial, se había caracterizado por admitir cierto diálogo con las clases asalariadas, señaladamente la obrera, merced a principios fordistas entonces vigentes, que, por su estructura en cadenas de producción, otorgaban a los trabajadores una capacidad real de inmovilizar todo el proceso productivo mediante paros, huelgas y otros medidas de presión.

Capital financiero contra capital industrial

Abandonado el fordismo y a través de una serie muy compleja de mutaciones, el capitalismo financiero ha sepultado al capitalismo industrial de la posguerra mundial, vigente durante la Guerra Fría y coexistente con el Estado de Bienestar. Frente al capitalismo industrial, que se avenía, por fuerza mayor, pero se avenía, a aceptar ciertas reglas democráticas del juego entre el capital y el trabajo, el capitalismo financiero las desprecia abiertamente hoy y se ha erigido en el principal enemigo del progreso de los trabajadores. Ha conseguido reventar las normas reguladoras impuestas por los Estados parlamentarios y democráticos a los caprichos financieros privados y ha dado la vuelta al Estado de Bienestar, trocándolo en Estado del Malestar generalizado. Pese a los supuestos grados de desarrollo alcanzados, nunca ha habido tantas gentes que se sientan tan desgraciadas. Los Estados han ido cediendo poco a poco competencias estatales y entregado bienes públicos a los nuevos explotadores, que han importado hacia el mundo de las finanzas los procedimientos mafiosos más depurados. La Mafia ya no esgrime el bate de béisbol o la metralleta, como en tiempos de Capone. Ahora sus prácticas impregnan circuitos bursátiles y bufetes de compañías privadas, farmacéuticas, aseguradoras, auditorías y consultoras.

Como colofón, el capitalismo financiero ampara una alianza aparentemente antinatural entre círculos neoliberales y neoconservadores, que han dado alas, a su vez, a una extrema derecha altamente peligrosa, que se propone laminar a la derecha conservadora, dizque democrática y desplazarla de la escena, para buscar el enfrentamiento a cara descubierta contra el progreso, las leyes democráticas y los avances tan trabajosamente logrados en la lucha por la igualdad salarial y social entre hombres y mujeres; se opone al respeto a las diferencias de género, a la diversidad sexual y cultural y, señaladamente, está involucrada en la lucha contra los inmigrantes de toda condición.

Este carácter errático del capital financiero es el que exige la presencia de erráticos personajes al frente de países como Estados Unidos o Argentina, entre otros, donde la despolitización y los fracasos también sindicales han facilitado el acceso al poder de individuos erráticos igualmente, atrabiliarios, cuando no seriamente perturbados como Donald Trump o Javier Milei, que son los títeres perfectos para desmontar cualquier conquista de los trabajadores en cuanto a salarios, derechos o condiciones de vida igualitarias. También en Europa occidental hay payasas locales de igual condición, que no dudan en apoyar Gobiernos como el del genocida Benjamín Nethayahu, aliado de los dos anteriores, enemigos jurados del movimiento obrero organizado a escala mundial y de toda reivindicación democrática y progresista.

Compromisos sociopolíticos

Por ello, cuando las condiciones políticas se degradan tan extremadamente como lo están en situaciones como las vividas a escala mundial, los sindicatos, las organizaciones de trabajadoras y trabajadores basadas en la representación democrática de los intereses colectivos, han de asumir comprometida y obligadamente funciones sociopolíticas. No son las propiamente sindicales, ceñidas a las contradicciones entre Capital y Trabajo, sino que vienen claramente determinadas a ampliarse por la endeblez manifiesta de otras organizaciones, como los partidos políticos y entidades representativas semejantes, que concitaron las iras y acosos de los poderes oligárquicos. Cuando la clase para sí, los partidos, no responde, la clase en sí, el sindicalismo, ha de asumir mayores cuotas de responsabilidad.

La unidad sindical de acción y autodefensa es pues hoy, por todo ello, más necesaria que nunca. Los peligros de involución económica, social e ideológica son ciertos. Pero no son menos gravemente ciertos los que amenazan a la Humanidad con una nueva guerra, de proporciones inusitadas, hoy en fase rampante y espoleada por la insaciable sed del capitalismo financiero occidental por ganar nuevos mercados y elevar sus tasas de ganancia a costa de lo que sea, mediante sus erráticos títeres. China, con sus victorias tecnológicas, económicas y sociales, será casi sin duda el enemigo a intentar abatir, pese al despliegue pacífico de su designio. Los amagos militares de Donald Trump hoy contra Venezuela replican los que antecedieron a las vísperas de dos guerras mundiales y de la de Corea por parte de Estados Unidos, que se propone allí pertrecharse y asegurar en su retaguardia iberoamericana, en la que considera inevitable víspera prebélica, los riquísimos recursos energéticos, minerales y de materias primas que el surcontinente americano atesora, de los cuales el subsuelo venezolano es expresión suprema. Venezuela se pretende, desde Washington, que sea el preludio de la que perpetra contra China.

Mantener la cultura de la negociación racional con el capital forma parte de la mejor historia sindical, nadie lo duda. Y luchar contra la precariedad y todas formas de sufrimiento existencial de los pueblos, también. Recordemos que determinada inacción e inmovilización sindical y política europea, previamente a las dos guerras mundiales, fue un factor decisivo para permitir a sus mentores perpetrarlas. Cuando los sindicatos han fortalecido su unidad, los logros colectivos han sido evidentes y se ha logrado parar los pies a los impulsos imperiales.

La falta de respuestas sindicales contundentes y coordinadas a escala europea frente a la agresión genocida israelí –las ha habido pero ceñidas a escenarios locales, puertos, transportes o eventos– ha sido recientemente lamentada en Madrid en un homenaje a Emilio Gabaglio, quien fuera renombrado presidente de la Confederación Europea de Sindicatos. Pasar a la acción solidaria, sensata y racional es, también en este terreno geopolítico, condición necesaria para hacer viable nuestro mundo en la construcción de cuyo futuro, los trabajadores han tenido en la Historia, tienen y tendrán, mucho que hacer, luchar y conseguir. Los jóvenes tienen la palabra en esta decisiva lid. O espabilan y deciden organizarse, sindicalmente o como ellos decidan para defender sus derechos democráticos e intereses, o serán laminados por el turbión de adversidades cuyo empuje la actual indolencia que muestran allana.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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