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El dilema del librero. ¿Divertimento?


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Y resumiendo, esto es lo que me ha traído a su consulta. Bueno, por mor a la precisión, más bien por lo que me han traído a su consulta. Reconozco que perdí los nervios, pero fue debido a mi formación en Biblioteconomía y Documentación. Como usted ya sabrá, es una disciplina que se encarga de la gestión, organización, conservación y difusión de la información y los documentos, tanto físicos como digitales, para que estén accesibles a los usuarios. En esa pregunta de desarrollo saqué un 10 en su momento.

Por eso mi trabajo en la librería era mi vida: un 80% vocación y el 20% restante estornudos. Alergia al polvo, sabe. Que se vino arriba con la crisis económica donde ¡adiós al aspirador! y ¡hola al plumero! “Ya que van y vienen por las estanterías todo el día, llévense el plumero y dos en una”, nos comentó el encargado. Sin que sea excusa, puede que la ansiedad fuese a peor por la falta de oxígeno. Ya lo dijo mi abogado en la corte con gran éxito de jurado y público. --Mi conflicto profesional comenzó cuando di en leer algunos libros de clasificación dudosa, como son las biografías. Por lo general, se ordenan en la sección de “no ficción”, apartado para muy cafeteros, como les llamamos entre nosotros a cierto tipo de lector que compra autor. Por curiosidad, a ratos muertos y pasando el plumero por algunas páginas para disimular (imagínense que imagen de dedicación pasar el plumero por cada página de un libro), un fatídico día me leí las memorias de Juan Carlos I. Esas donde dice que “la democracia no cayó del cielo” y que el dictador Franco le encargó un régimen más abierto. Es decir, que a la sociedad española encarcelada se le suavizaba la condena y pasaba a régimen abierto, donde solo debía volver a la jaula a dormir cuando al dinero y el poder atañía. Hoy, en 2040 parece historia antigua, pero estaban aún frescos en mi memoria los comentarios y relatos de padres y abuelos.

Y fue el principio del fin. Moví el libro a la sección de ficción. Hubiese pasado inadvertido de no condenarme mi exceso de pulcritud profesional. Y comencé a leer biografías. Me preguntaba, con tanto buen hacer de tanto gran hombre (literal) era para mí un misterio que nos encontráramos en tal estado. La ficción suele organizarse por autor, y así una tras otra fueron parando en la misma sección acompañado a la primera. Así con la “a” de Aznar y sucesivos. Todo se destapó con la B, de Bono. A la sazón con tantos tomos que compite con la enciclopedia Espasa. Imposible no ver un estante completo de Bono en ficción.

Por más que me intentara explicar, “léalos, léalos. Es que según la biblioteconomía…”, el encargado amenazó con el gerente. “Ni léalos, ni lolailos”. Viendo mi estado empecinado de brazos cruzados llamó a JuanFran y le encargó que devolviera las biografías al estante de “no ficción”. JuanFran, en su momento, llegó afirmando que la ocupación de librero era algo provisional y actuando en consecuencia. En las dos ideas lleva siete años. Un mes más tarde estaba consumada la infamia.

Todos mis años de formación se venían latiendo a mis sienes al pasar por delante de la doble ficción de biografías en “no ficción”. Di un tiempo en evitar el pasillo. El encargado, viendo que disminuía el rendimiento del plumero me traslado a la sección de documentación y hemeroteca.

Y ya fue Troya a caballo. Poco era lo de las biografías en “no ficción”. Para qué decir de tanto documental y bases de noticas en CDs. Ojeando tropecé en “Soy periodista y no notario que dé fe de los hechos”, cosa que me subió la bilirrubina. Si de biblioteconomía ya era crisis, como documentalista experimentaba la catástrofe. La opinión se publicaba como noticia y las fabulaciones como información. Al parecer fue una época de fanfarrias judiciales y mediáticas según las cuales, por ejemplificar una de ellas, un fiscal general debía haber dimitido para evitar la vergüenza y el daño que se hizo a la justicia en el juicio. No se concretó, incluso quince años más tarde, si la vergüenza era del fiscal, del juez, del juicio o de la justicia. Al parecer la falta de pruebas era prueba de la culpabilidad del acusado. Y aquello me trajo aquí. Dada la magnitud de la obra publicada en papel y digital, cambié el rotulo de la sección de “Documentación” a “Ficción contemporánea”. Injusto, lo sé, para periodistas de buena fe. Pero siendo minoría se impuso el principio de economía.

El cambio pasó inadvertido hasta que llegó un “lector de autor” que había leído las memorias de un tal PJ y quería ampliar el detalle de sus hazañas leyendo editoriales españolas y mundiales. En la que me reprochó el rótulo, le diagnostiqué su estupidez crónica. Desafortunadamente de viva voz. De ahí a las manos fue un paso corto. Sobre todo, por lo estrecho del pasillo. Nos separaron cuando intentaba meterle en la cabeza a golpes de CD que la documentación es cosa seria. Que yo estaba titulado con honores en la materia y sabía clasificar entre ficción, ficción fantástica y no ficción. Y todo aquello era claramente un culebrón de sobremesa.

Fue la crisis de ansiedad que me provocó forzarme a una clasificación errónea de las publicaciones la que tuvo tan nefandas consecuencias que me trajeron a terapia. Lo que me pregunto a diario es, ¿cree que soy recuperable y podré mezclar realidad con ficción o es una patología crónica autoinmune de los titulados en biblioteconomía y documentación? ¿Qué me pasa doctora?

Catedrático de Sociología Matemática.


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