EDICIÓN EN DÍAS LABORABLES:    ESP    |   EUR    |   AME   |   CAT
⮕ APÓYANOS

Tensiones estratégicas y fragilización de mayorías


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

En la vida política hay núcleos estratégicos que de tanto practicar determinadas artes de la “política” (con p minúscula) a veces acaban liándose y confundiendo a algunos sectores de la opinión pública, con el riesgo de llegar a desenlaces que pueden encontrarse en las antípodas de lo que realmente pretendían. O debían pretender.

Secuencias divisorias

En los espacios políticos y sociológicos pro- gresistas de las sociedades de nuestra época la experiencia ha evidenciado que existe una secuencia constante de divisiones y debilitamientos.

Desde los años de la primigenia Internacional (“Asociación Internacional de Trabajadores”), que respondía a una lógica nítida, el movimiento obrero, entendido como fuerza emancipadora con capacidad para constituirse como polo político, pronto entró en una dinámica de divisiones que hasta el presente no ha sido parada ni con la flexibilización organizativa, ni con liderazgos inclusivos. Así ocurrió con las dos grandes corrientes que inicialmente nucleaban la Internacional, por un lado, los grupos de inspiración anarquista y, por otro, los seguidores de Carlos Marx y Federico Engels, con los que se encontraban alineados los grandes partidos socialdemócratas que conformaron la Segunda Internacional.

La tendencia de las organizaciones de izquierdas a dividirse continuamente, en busca de una mayor claridad y nitidez de los ideales, da lugar a que en sociedades donde una mayoría neta de la población tiene inclinaciones progresistas puedan formarse mayorías alternativas con gobiernos de cariz conservador. 

En la Segunda Internacional también surgieron diferencias entre los partidos “socialdemócratas” más moderados y los sectores más radicales y menos inclinados a respetar los procedimientos democráticos en su vida organizativa interna. Diferenciación –y consiguiente separación– que quedó formalizada con la fundación de una Tercera Internacional de orientación marxista-leninista, especialmente potenciada por el triunfo de la revolución comunista en Rusia.

Es decir, en poco tiempo el mundo del trabajo políticamente organizado pasó de estar nucleado en torno a una gran organización internacional con capacidad para desarrollar políticas transnacionales, a estar dividida en tres grandes bloques: el anarquista, el socialista y el comunista (supeditado a las famosas 21 condiciones de Lenin). A lo que pronto se unió una cuarta línea –la Cuarta Internacional– de orientación troskista.

Aquella cuádruple división de lo que inicialmente podía haber sido un movimiento único –plural y abierto– quedó reforzada por la propia dinámica internacional de las dos grandes y destructivas guerras mundiales. Guerras en las que, entre muchos otros destrozos, quedó volatilizada (en la práctica, primero, y en la teoría, después) cualquier perspectiva de internacionalismo solidario entre las clases trabajadoras de todo el mundo. Clases trabajadoras que acabaron acudiendo disciplinadamente a los frentes de batalla de sus respectivos países para enfrentarse a tiros y cañonazos con las clases trabajadoras de otros países.

Cabalgando la ola divisoria

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y tras el período de las tres décadas virtuosas del consenso keynesiano, las divisiones en las izquierdas volvieron a resurgir en múltiples dimensiones y manifestaciones, a veces en el propio ámbito concreto de los cuatro alineamientos anteriores, en una carrera constante en la que unos y otros se lanzaban en pos de matices y elementos divisorios que cada cual consideraba como una cuestión esencial –casi de vida o muerte–. El efecto práctico fue que las izquierdas dividían continuamente sus apoyos electorales. Todo lo cual ha venido ocurriendo en un contexto en el que cada vez resulta más difícil conformar mayorías electorales de izquierdas capaces de sustentar gobiernos y llevar a la práctica las propuestas programáticas que concitan suficiente grado de consenso entre los electorados.

La secuencia hacia una constante división ha venido ali- mentada por diversas causas, entre las que no han sido menores los enfrentamientos personales, los desplazamientos de los ámbitos de poder y hasta los celos recíprocos. Cuestiones que suelen ser justificadas y/o adornadas con afanes por mantener la máxima puridad de unos ideales “no contaminados” con los que podría lograrse –según sostienen los impulsores de divisiones– un reencuentro con los electorados perdidos, en virtud del mayor grado de pureza de aquellos ideales prístinos perdidos en medio de las confrontaciones propias de competencias electorales enconadas.

Si Sumar y Podemos acuden separados a las próximas elecciones generales pueden quedarse con 11 escaños menos que si acuden juntos, brindando más bazas y probabilidades a las derechas de poder formar un gobierno alternativo. 

Sean cuales sean las razones esgrimidas para explicar cada una de las nuevas escisiones, lo cierto es que el principal efecto práctico de cada una de ellas es una pérdida de peso electoral y de influencia política de los sectores progresistas y de izquierdas en su conjunto. Pérdidas que no son propiciadas solamente por la inclinación de determinados electores hacia la abstención en contextos de divisiones que no entienden bien, sino también por la lógica de los rendimientos decrecientes. Lógica que incide no solo en sociedades donde tiene lugar una pérdida de representación de los grupos que “se dividen”, sino también por los efectos indirectos de tales divisiones en los entornos más cercanos del espectro político. Entornos en los que los nuevos repartos de escaños se ven afectados por la diferente manera en la que se distribuyen los votos en general.

Lo que da lugar a que los costes de las divisiones los acaben pagando la práctica totalidad de los partidos políticos de orientación progresista y de izquierdas. Con las consecuencias que esto suele tener en los gobiernos alternativos resultantes de tales situaciones; sobre todo en forma de políticas económicas y sociales regresivas.

Se trata, en suma, de un fenómeno sociopolítico complejo que viene avalado por una amplia evidencia empírica. Un fenómeno al que podíamos calificar como la paradoja de Agamenón1.

El caso español

Lo que está ocurriendo en España con la división entre Sumar y Podemos es algo que, si se mantiene hasta el momento de llegar a las urnas, puede acabar convirtiéndose en una nueva plasmación de la paradoja de Agamenón sobre los rendimientos decrecientes, o de cómo se puede acabar perdiendo –y haciendo perder– a las fuerzas de progreso en un país en el que sociológicamente los sectores progresistas y de izquierdas tienen mayor respaldo sociológico que los de derechas, en general.

Los datos de los cinco barómetros del CIS realizados en este año revelan que, en su conjunto, casi dos tercios de la población española en edad de votar se autoubica en los cinco espacios de izquierdas (incluyendo el centro-izquierda) (61,3%), en una escala de espacios político-ideológicos, en tanto que solo un tercio de la población lo hace en los cinco espacios de la derecha (incluyendo el cen- tro-derecha) (32,9%) (vid. gráfico 1).

Esto significa que actualmente una sociedad como la española en principio tiene una clara caracterización sociológica de izquierdas. En buena parte, de izquierdas moderadas, en la que aquellos que se sitúan en el centro-izquierda (el espacio del 5) oscilan en proporciones que están entre el 23,2% el 23,7% (vid. gráfico 2).

Es decir, España es un caso típico de sociedad con unas amplias nuevas clases medias y trabajadoras de orientación progresista, en la que los partidos de izquierdas tienen altas probabilidades de alcanzar mayorías electorales de izquierdas. Con una cierta tendencia reciente de aumento de los ciudadanos que se ubican en las posiciones más de izquierda (el 1 y el 2, que suma un 18,6%). Lo cual es un signo de radicalización (potencial) hacia la izquierda, que no tiene un correlato paralelo equivalente en la extrema derecha, donde el 9 y el 10 sumaba en mayo solo el 9,9%. Es decir, dos veces menos.

Por consiguiente, lo que está ocurriendo en los espacios más radicales de la izquierda es un exponente de las dificultades de los partidos y sectores de izquierdas para traducir en escaños sus potencialidades sociológicas de apoyo. Algo que puede empeorar si persisten las divisiones.

De hecho, cuando estas dos formaciones políticas decidieron caminar separadas, la organización de la que partían tenía un respaldo en intención directa de voto de al menos un 10,8%. Algo que ya quedó debilitado en el mes posterior a su ruptura con un voto agregado de 9,5% (un 7,3% de Sumar y un 2,2% de Podemos). Así hasta llegar al mes de mayo, en el que los datos atribuían a Sumar un 4,4% de los apoyos y a Podemos un 3,2%. Es decir, un 7,6% en su conjunto, casi tres puntos menos que en el último en el que caminaban juntos (vid. gráfico 3).

La traducción que esta división puede tener en términos de escaños es notable, cuantitativa y cualitativamente. En concreto, acudiendo unidas las dos formaciones –aun sin contar la capacidad de arrastre de la unión–, podrían tener al menos 26 escaños, en tanto que si van por separado se quedarían en 15 escaños, con una pérdida neta de 11 escaños; lo que no es una cantidad pequeña, tal como se reparten las fuerzas en el actual parlamento español. Al mismo tiempo, con Sumar y Podemos separados, el PP podría obtener 6 escaños más que si fueran unidos y Vox 2 más. Es decir, 8 escaños más (que sumados a los 11 perdidos serían 19), que podrían llevar a las fuerzas de derechas a una posición más cercana a la posibilidad de formar un gobierno alternativo al actual (vid. tabla 1).

La cuestión es que, con la actual correlación de fuerzas, en el supuesto de que no haya cambios de aquí al momento en el que tengan lugar las próximas elecciones generales, las posibilidades de conformar un gobierno de progreso se pueden ver significativamente mermadas, en términos comparativos (con una merma de al menos 19 escaños). Lo que implica que la decisión que puedan tomar en Podemos de acudir por su cuenta a las próximas elecciones generales va a tener efectos no solo para Podemos y el futuro de sus actuales dirigentes, sino también para el tipo de gobierno que pueda tener la sociedad española, en una coyuntura mundial especialmente delicada en la que la orientación de los gobiernos va a tener muchas consecuencias prácticas para la sociedad española en su conjunto, sobre todo, para los sectores más frágiles y necesitados.

 

1Agamenón fue el rey-general que lideró la victoria de los aqueos en la Guerra de Troya, habiendo pasado a la historia con una imagen bastante negativa –el de “la cara de perro”–, enemistándose con el héroe Aquiles, terminando su vida de forma trágica y negativa, en vez de hacerlo como un líder victorioso, apreciado y feliz. Es decir, fue la antítesis de lo que podía ser.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


EL TIEMPO

GUÍA TV

CARTELERA

CINE EN CASA

PASATIEMPOS

SORTEOS

Necesitamos tu apoyo económico para hacer
un periodismo fiable y con valores sociales

PERIODISMO DE DATOS

El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. Si compartes estas preocupaciones y si valoras la labor de un medio libre que se atreve a plantearlas, apóyanos ahora.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Por qué es importante tu aportación?

Tu contribución nos permitirá seguir publicando información esencial e independiente que podrás disfrutar de forma gratuita sin muros de ningún tipo.


¿Si tengo algún problema en mi transacción?

Escribe a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.